2. SADIE
SADIE
Estaba contrariada. Normalmente, cuando algo sucedía mis emociones eran más claras. Me gustara o no. Estuviera de acuerdo o no lo estuviera. Por eso, odiaba la sensación de incertidumbre que se me había agarrado al pecho y me lo apretaba. Y, por una vez, no tenía que ver con Dacre.
La llamada de Austin se había producido al poco de llegar a los estudios.
Una vez en mi camerino, tras comprobar que pretendían convertirme en ella, en Libe, para la foto, con un vestido verde botella de tirantes demasiado similar al que habrían empleado para mi personaje, con la tonalidad de los ojos de Jude.
Había descolgado, porque disponía de algo de tiempo antes de ir a Maquillaje, y mi novio no se había hecho de rogar contándome el motivo de su llamada.
—Lo siento mucho, Sadie —habían sido sus primeras palabras, y eran tantos los motivos por los que tenía que pedirme perdón últimamente (por presionarme, por mostrarse enfadado de forma injustificada, por el silencio con el que me había castigado desde mi llegada a Brookings) que pensé que los había agrupado.
Mi intención era perdonarle. Olvidar su actitud, justificarla por todo lo que había sucedido y continuar con nuestra relación sin que Averno interfiriese, que era como tenía que ser.
De hecho, con la mano que no sujetaba el teléfono ya le estaba restando importancia y por mi garganta ascendía la frase: «No pasa nada.
Todo el mundo comete errores, pero, por favor, a partir de ahora apóyame».
Entonces él había añadido—: No tenía ni idea de que era el proyecto en el que querías participar...
Ahí mi cerebro se había disparado y debo admitir que fue rápido sacando conclusiones.
—¿El papel que te han ofrecido es en la misma producción en la que me han rechazado?
—Exacto.
Antes de ir a Brookings me había comentado que su agente estaba valorando un guion.
«Es bueno, Sadie, muy bueno». Por aquel entonces Austin Sparks podía elegir el papel que le viniese en gana.
Tenía talento, estaba de moda y su rostro aún no había sido explotado.
Las productoras se lo rifaban. Y maldita mi suerte de que su representante se hubiese decantado por ese proyecto, el que podría haberme salvado.
Shonda no entendía el porqué de su portazo e intuí, acertadamente, que al cogerle a él habían prescindido de mí, que era lo que a Austin le urgía contarme.
—No nos quieren juntos en pantalla. Desconozco la razón, yo habría creído que resultaría morboso.
Como ves no siempre lo sé todo —había bromeado con nerviosismo—.
Pero aún se puede solucionar. Puedo decirles que no me interesa si tú me lo pides.
Sadie, ¿sigues ahí? —Se le notaba alarmado por mi silencio.
La diferencia entre pensar y actuar es inmensa.
Puedes pensar algo malo, injusto y retorcido, pero no llegar a hacerlo.
Deseaba con toda mi alma que Austin hiciese cambiar de opinión a Aisha, su agente, que el papel fuese mío y que la esperanza que Shonda y yo creíamos que se había esfumado regresase, pero no valía el precio de perjudicarle en su carrera. Austin Sparks era más valioso para mí.
—Tienes que hacerlo. Te quieren a ti.
—¿Estás segura?
—Completamente.
De esta manera, horas después, mientras caminaba con el periodista por los escenarios de Averno , no me arrepentía de mi respuesta, pero me confundía que hacer lo correcto no me reconfortara.
La ansiedad y el nerviosismo me asediaban.
Conocer la verdad no siempre significaba que te gustase.
Lo sabía. Por eso había dejado de buscar algunas verdades como, por ejemplo, la de mi madre, con quien mantenía un trato cordial reducido a las festividades más importantes.
Habría preferido que no me hubiesen sacado del proyecto por Austin, pero ahora sabía que ese era el motivo, y me hizo sentir insignificante, como si mi papel poco a poco se estuviese relegando más al de novia que al de artista, aunque él no tuviese culpa de ello.
El periodista entornó los ojos junto a los tarros en los que descansaban los corazones de los seres demoníacos que Jude había arrancado.
—Joder. Es espeluznante.
—Pues espera a llegar a la zona de las cabezas clavadas en picas. Son muy realistas. —Volví al presente. A mi increíble pero cierta alianza con Dacre. En aquel momento, no me quedaba ninguna duda de que el actor había acertado de pleno en sus sospechas.
Después de pasarme por Maquillaje, Peluquería y Vestuario no me habían devuelto a mi camerino a la espera de que la fotografía se tomase, sino que me habían guiado hasta la nave del infierno para que recorriese los diferentes escenarios y tomar planos recurso.
«No hay tiempo que perder»; todavía recordaba la sonrisa de Rose Plec al decírmelo con aparente inocencia mientras me acariciaba el brazo.
Quedaba, pues, conocer dónde se produciría nuestro encuentro, y cada vez que se abría una puerta, aunque fuese falsa y de cartón, en el estómago se me instalaba la sensación de vértigo propia del descenso en una montaña rusa.
No por verle, sino por tocarle. Por activar la memoria de la piel, que fue lo último que se marchó.
Tardé en olvidar que Dacre Stewart no tocaba como el resto de los mortales.
Tenía algo en las yemas, en la presión justa que ejercía, que se te colaba transmitiendo energía.
Los primeros besos, las primeras caricias, todos los demás después de él fueron una gran decepción.
Hasta que apareció Austin.
Su piel era más suave —no se había frotado tanto las manos por teñirse la ropa como Dacre— y su tacto más ligero, más de cosquillas, tan diferente que consiguió adueñarse de mí.
Hacía años que no anhelaba sentir el tacto de mi antiguo compañero de rodaje, pero, aun así, la perspectiva de que nos volviéramos a rozar me preocupaba.
—¿Rodaste mucho aquí?
Alcanzamos la zona que le había mencionado. El pasillo de las mazmorras con las cabezas en picas. Me pareció un buen sitio. Forzar que nos reencontrásemos en la celda donde Traición había secuestrado a Libe o en aquella en la que se habían despedido.
—Bastante. Mi personaje se pasó la primera temporada recorriendo este pasillo mientras trataba de escapar o acudiendo a fiestas que siempre terminaban en matanza con elegantes vestidos porque se negaba a que Jude le pusiese su propia habitación.
—Vaya. —El chico no pudo evitar poner cara de asco ante el realismo de una de las cabezas, la del demonio con cuernos y los ojos salidos.
—Teníamos el mejor equipo de Arte.
Tras pasar por las celdas que me preocupaban nos dirigimos a otro ambiente, al del salón, y me relajé un poco.
No sería allí. Si querían tocar la fibra de los pecadores con nosotros buscarían un lugar más emblemático.
Su habitación quizá. Algo más tranquila, me dediqué a observar lo que me rodeaba.
El pasillo que conducía a la sala era majestuoso.
Paredes de piedra que en realidad era cartón, las antorchas encendidas, una elegante y alargada alfombra burdeos bajo nuestros pies.
Cortaba el aliento. Acaricié la falsa llama y me resultó increíble cómo algo que no existía pudiera parecer tan auténtico.
—¿Fue difícil? —me preguntó el chico, y me giré en su dirección.
—¿El qué?
Miró a una de las cámaras (nos acompañaban dos). Se le notó que no estaba cómodo con la pregunta que le habían ordenado formular, pero igualmente iba a hacerla.
—Rodar con tantos chicos guapos.
Sonreí. No era la primera vez que me lo preguntaban. De hecho, era algo que se repetía en numerosas entrevistas. Nunca al revés. Jamás les preguntaban a ellos si se sentían intimidados por rodar conmigo. Pero estaba preparada.
—Más que por su belleza, lo que me generaba verdadero conflicto era que mi personaje se enamorara de esos dos monstruos después de las atrocidades que habían cometido. Por mucho que la amaran, no era capaz de justificarlo —le di la vuelta a la cuestión.
Si Rose Plec pretendía enardecer el espíritu de los pecadores con preguntas cutres como esa, no lo emitiría porque la respuesta no dejaba la trama en buen lugar. Al periodista pareció satisfacerle mi argumentación, aunque no lo dijo, y continuó con el guion establecido reprimiendo una sonrisa.
—¿Mantenéis el contacto entre los actores? Ya sabes, un chat grupal, quedadas anuales... Lo cierto es que este rodaje tuvo muchas particularidades, como que los personajes recurrentes os vinieseis a vivir al camping o que grabaseis la serie del tirón. Eso debió de uniros.
Debería, pero no lo hizo. Supe que se trataba de una insinuación dirigida especialmente a mi relación con Dacre. Sin embargo, a mí me llevó a reparar en lo triste que era que algunas amistades que nacieron allí terminasen diluyéndose en el tiempo.
Mentí metida en mi papel para que nadie pensase que la pregunta me revolvía.
—Sí. Una experiencia como la que vivimos deja huella.
Seguimos andando y alguien llamó al entrevistador.
No sospeché nada raro porque no era la primera vez que tal cosa sucedía.
Le hablaban constantemente por el pinganillo.
Me indicó con la mano que continuase andando, que luego nos alcanzaría, y fue lo que hice.
Avancé tranquila, segura de mí misma, hasta que abrí la puerta que se encontraba al final.
Daba al salón de banquetes, bailes y asesinatos.
Un escenario inofensivo. Al menos eso pensaba hasta que me di cuenta de que estaba sumido en una penumbra perfectamente medida; alcé la vista y en el trono, sentado de manera despreocupada con las piernas encima de uno de los reposabrazos, localicé a Dacre.
Tiempo después me explicó que le habían hecho sentarse allí con el pretexto de tomarle unas fotos.
Que lo habían vestido con la corona de espinas que en la serie le ceñían tras entregarme y le habían pedido que se pusiera en esa postura, en lo alto de la escalinata negra, como si fuese un verdadero rey.
En aquel momento parecía que lo estaba disfrutando, así que lo que pensé es que a lo mejor me había traicionado.
Apreté los puños a ambos lados de mi cuerpo a la vez que él me observaba y dibujaba la sonrisa exacta que habíamos acordado en el mirador de piedra.
Burlona al pillar que se trataba de una encerrona, agradable para mí sin resultar excesiva.
Imité su gesto.
Ordené a mis piernas que avanzasen y él bajó las suyas.
En aquel instante también, el periodista entró y pronunció unas disculpas falsas («No sabía que estabais aquí, perdón si os he interrumpido») que formaban parte de la escenografía.
Pero nadie le prestó mucha atención porque Dacre dijo en ese momento con la tonalidad perfecta para lo que pretendíamos:
—Sadie.
Y yo hice lo mismo.
—Dacre.
Pronto comprendí qué intención tenía el montaje.
Qué había en la mente de Rose Plec. Los pecadores conocían de memoria todas las escenas de Jude y Libe, y les estaba dando una nueva en un escenario distinto ataviados de manera elegante y sexy, porque mi vestido tenía una raja en el muslo y durante un segundo me pareció que las pupilas de Dacre la distinguían y tragaba saliva.
Querían traer de vuelta al príncipe de las tinieblas más amado y lo hacían por todo lo alto.
Envolviéndolo en un aura en la que parecía más peligroso, más letal.
Con más poder. Aquella era la clave. Por mi cabeza cruzó la idea de si no lo usarían como cebo para que las voces que clamaban por la película se alzasen más altas hasta dejarnos sin opción.
Un teaser . El adelanto del documental. Me preocupó porque funcionaría.
Mi mirada se topó con la de Dacre, que estaba cada vez más cerca, y por su brillo y la manera de observarme adiviné que se trataba exactamente de eso: nos habían tendido una trampa para forzarnos a participar en la posible película. Pero él no lo iba a permitir.
Se aproximó hasta que solo nos separaba una bocanada de aliento, y sin apartar los ojos de los míos se dejó caer con una rodilla clavada, jodiéndoles todo el plano.
Fue un tropiezo intencionado, fingido. En realidad, estaba muy calculado, con ese gesto me cedía el poder en la escena.
Era muy buen actor. Dibujó la sonrisa medio apurada, medio entretenida que se le suponía, y me tendió la mano desde su posición.
Yo la cogí en el acto para ayudarle a levantarse y un millón de sensaciones me atravesaron.
—Cuánto tiempo —dijo distanciándose un palmo; ya sabía que habíamos ganado.
—Mucho —le respondí guardando disimuladamente en la espalda la palma de la mano a la que mi corazón había bajado y donde palpitaba frenético.