1. DACRE
DACRE
—Hacemos una pausa y seguimos —anunció la entrevistadora.
Me levanté y me quité el micrófono de solapa que llevaba para que no recogiese ninguna conversación que yo no quisiera.
No sabía cuándo se produciría el momento para el que estaban allanando el camino, pero dudaba que fuese allí.
En la aburrida sala en que mi personaje debatía con los consejeros sobre la guerra de mala gana para después hacer lo que le apeteciese.
Yo en su lugar, y podía pensar igual que ellos, utilizaría algún escenario más significativo para el plano.
Alguna de las celdas donde primero estuvo ella y más tarde él, o la habitación de Jude.
Sitios que dijeran algo. Importantes. Grandiosos.
Aquel en el que estaba ahora, desgraciadamente, no hablaba.
No acabaría con la maldita incertidumbre que me estaba matando.
No obstante, merecía la pena tener cuidado por si las moscas, por si eran tan imprevisibles y molestos como ellas.
Me avisaron de que el descanso se prolongaría los veinte minutos que el equipo emplearía en tomar un café y me dirigí a mi camerino.
Me habían citado a media mañana en aquellos decorados perfectamente conservados para que pasase por Maquillaje, Peluquería y Vestuario de cara a prepararme para el anuncio de lo que todo el mundo sabía, el reencuentro, para tristeza de los que pedían película y se aferraban a esa esperanza como quien agarra un clavo ardiendo.
Una vez allí, cuando ya estaba listo con los pantalones negros, la camiseta del mismo color y las botas, me habían pedido si podían tomarme algunos planos recurso recorriendo las instalaciones mientras hacía pequeñas declaraciones, cosa que había coincidido convenientemente con la recepción de la orden de rodaje de ese día que confirmaba mis sospechas de la noche anterior.
En lugar de molestarme, había sonreído. Ellos jugaban conmigo mientras yo jugaba con ellos. Me resultaba emocionante.
—Dentro de veinte minutos estaré de vuelta aquí —le dije a la entrevistadora.
—No, dentro de veinte minutos ve a... —Desveló el lugar donde estuve seguro de que me encontraría con Sadie y reconozco que me sorprendió—. Y evita la zona de los laboratorios. —«Vale, ahí está ella», pensé a la vez que escuchaba cómo mentía—: Ha habido una fuga de agua y es peligrosa.
El único peligro medía metro sesenta y poco, tenía los ojos ámbar y a esas alturas estaría muy nerviosa, aunque no se habría salido de su papel.
Antes de ir, la había desbloqueado y le había escrito: «¿Todavía sigues de mi lado?
». Ella me había contestado: «Nunca estoy de tu lado, pero si llevabas razón me ceñiré al plan».
—De acuerdo —respondí a la chica que tenía delante, y retomé mi camino.
Volver a ver a Sadie me había tenido toda la noche en un duermevela constante, pero a esas horas creía haberlo superado.
Me desplacé por los decorados. Si bien era cierto que cuando llegamos para rodar la primera temporada de Los nueve círculos ya existían naves con decorados fijos —de hecho, fuimos allí por ello—, estas se fueron multiplicando y ampliando durante la grabación de las distintas temporadas a medida que el universo de la serie también se expandía.
Las reagruparon temáticamente. De esta manera, el infierno estaba a un lado y el mundo de los humanos a otro.
Para nuestro momento habían elegido el primero, el que daba nombre a la trilogía de Tracy Montgomery en la que se basaba la ficción, el Averno .
Por aquel entonces los decorados formaban parte de un museo que la gente pagaba por conocer.
Caminé por el pasillo delimitado para visitantes.
Habían tenido que adaptarlo a nuestra llegada.
Normalmente había cintas protectoras y vitrinas para evitar que los pecadores y demás turistas tocasen las cosas, se las llevaran o las deterioraran al hacerse fotos.
No obstante, mientras me movía comprobé que, a pesar de conservar alguna cristalera, sobre todo en la zona con nuestro vestuario original y las armas, lo habían preparado para simular que regresábamos al pasado y el rodaje estaba vivo.
Aquello me puso los pelos de punta precisamente porque lo que recorría era el castillo de Jude, el mío.
Pensé que nuestro reencuentro iba a ser en el cuarto de Jude.
Tenía lógica. Dejarme en el balcón con las ondulantes cortinas desvelándonos, junto a la cama en la que tantas veces la tensión había dominado a mi personaje cuando tenía a Libe cerca y cerraba los puños para que ella no percibiera lo mucho que la deseaba.
Pero se habían decantado por otro escenario. Al principio, no lo había entendido. No tenía sentido. Entonces lo comprendí todo y me parecieron unos genios. Manipuladores pero genios. El mensaje calaría en la audiencia.
Anduve entre cables, focos y cámaras que no deberían estar allí y sin embargo estaban para lograr el efecto deseado y algo más. Sobre todo, algo más.
Cambié de opinión y en lugar de en mi camerino me metí en el cuarto de Jude.
Las luces se encendieron cuando rocé el pulsador y la respiración se me atrancó.
Buena parte del castillo de mi personaje estaba recreada por efectos especiales.
No existía, era falsa, un truco de magia.
Pero otra no. Otra era real. Siempre me había gustado trabajar en ese lugar.
Quizá porque en todos los demás mi personaje no pasaba de ser un asesino sanguinolento y despiadado con un sentido del humor bastante macabro y del que, llegado un punto, me había aburrido.
Quizá porque allí la armadura caía, se tornaba complejo, y mi personaje sentía al ritmo de una humana que a veces provocaba que Jude sonriese de lado cuando Libe intentaba matarle, y otras, cuando ella no se encontraba presente, era quien le venía a la cabeza en el momento en que el pecado observaba sus manos manchadas de muerte y sangre.
Quizá porque los rodajes con Sadie allí eran más íntimos, de proximidad.
Fuera como fuese, me gustó reencontrarme con la habitación.
Estaba cuidada. Las paredes de robusta piedra falsa, limpias; la enorme cama con dosel de cortinas negras incrustada, impoluta; y la tétrica lámpara de araña que caía del techo, sin una mota de polvo.
Me planteé cruzar la estancia y tumbarme en la cama.
En su lugar, cerré los ojos y por un segundo regresé al frenesí del rodaje.
Las comisuras de mis labios se alzaron como si un hilo invisible tirase de ellas. Luego, saqué mi móvil.
Aplicando la lógica, las primeras entrevistas, si ignorábamos las trampas que pensaban plantarnos, irían sobre el pasado, sobre el camino que nos condujo a Averno .
Individuales. Para calentar. Hacerlo de forma lineal era la mejor manera de meternos el veneno dentro y que recordásemos, que sintiésemos.
Un primer golpe de efecto para después abrazarnos como serpientes.
No sería la primera vez que me preguntaban acerca del tema.
Durante las promociones había concedido muchas entrevistas, y esa era de las preguntas que más se repetían: «¿Cómo fue tu camino hasta aquí?
». Tenía una respuesta tipo para resumir mi pasado.
Mis padres biológicos habían muerto en un accidente, me habían criado dos personas maravillosas y Shonda me había descubierto en Las Vegas.
A mi representante le había gustado. La dejaba en buen lugar, y las posibilidades de que el entrevistador quisiese escarbar más allá del momento en la ciudad del pecado, para el que entre los dos habíamos inventado una anécdota, eran pocas.
Nadie quiere hundir el dedo en el fallecimiento de tus padres si intuye que lo que puede sacar no es jugoso porque no hay historia detrás y tú no te vas a venir abajo y a regalarle algunas lágrimas.
Por esa razón, que decidiese saber más de mi padre biológico fue más por conocer la respuesta que porque pensase darla.
Fue una idea que me vino en mi momento de más éxito, cuando dudé de si la familia que nunca se había preocupado por mí querría sacarle provecho a la situación.
Sin embargo, aquello no ocurrió y se me acabó olvidando. Hasta entonces. No sé muy bien por qué.
Desbloqueé el teléfono y busqué el contacto de Juliette.
Le había pedido que indagara. Sabía muchas cosas de mi madre, como que se llamaba Haley, que un tal Leonard era su mejor amigo y que vivía con la cabeza enterrada en los libros.
A mi abuela le encantaba hablar de ella.
Decía que teníamos el mismo color de ojos.
La información de mi padre era más escasa.
Se llamaba Nathan, iban al mismo instituto y jugaba al baloncesto.
Fin. Su familia no había querido hacerse cargo de mí ni mantener ningún tipo de contacto.
Con esos datos, le había buscado en la orla de graduación del año de mi madre, pero no había rastro de él, así que le había pedido a Juliette que investigase en otros cursos.
A fin de cuentas, la única vez que me atreví a preguntarle a mi abuela por aquel hombre ya era demasiado tarde y su enfermedad estaba avanzada.
—¿Cómo era Nathan?
—¿Nathan?
—El amigo de mamá.
—Nunca he conocido a nadie con ese nombre, hijo.
Pulsé el contacto de mi madre adoptiva y aguardé a que me respondiese.
—¿Cómo va por Brookings? —contestó, y sonreí.
—Le estoy haciendo una visita al infierno. ¿Alguna novedad?
Antes de entrar en la nave de los decorados me había escrito para decirme que no encontraba a ningún Nathan en los años anteriores o posteriores del curso de Haley y que iba a llamar al instituto. Esperé, y su respuesta me desubicó.
—No conocen a ningún Nathan que estudiase durante esos años. Les he preguntado si es posible que se marchase, que abandonase el instituto a mitad de curso o algo así, pero me dicen que no hubo nadie con ese nombre en las promociones de aquella época. ¿Estás seguro de que...?
—Sí, era su nombre —la interrumpí—. No te preocupes, yo me ocupo.
Colgamos al rato después de que le diera las gracias.
Comprobé las fotografías de distintos cursos del anuario que le habían enviado y ella a su vez me había remitido a mí.
Efectivamente, no existía ningún Nathan entre el alumnado.
Pero tenía un plan B. Siempre lo tenía. Desplegué la fotografía del curso anterior al suyo y amplié la cara de Cameron, el hombre de la casa de acogida que durante un tiempo me había cuidado.
Él tenía que saber algo. Nunca me había ocultado que conoció a mi madre, y sus ojos se llenaban de un dolor mal disimulado cuando alguien le hablaba de ella.
Decidí que le llamaría o le haría una visita en Chippewa Falls.
Luego comprobé el reloj y me di cuenta del tiempo que había pasado.
Tenía que acudir a mi cita forzada con Sadie en el escenario que ella jamás imaginaría.
Pensé en escribirle, pero adiviné que la tendrían ocupada y no llegaría a leerme.
No me preocupé. Hubo muchas cosas en las que no mentí a Sadie; la principal, lo excelente actriz que era.
Supe que representaría bien su papel y recé por hacer lo mismo cuando por fin tocara su piel.