Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 6. DACRE
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6. DACRE

DACRE

Todavía recordaba la lluvia cayendo sobre Pacific Palisades la última noche que pasamos juntos y sus palabras como dagas .

Si mi interior tenía grietas, ella las llenó de un apestoso moho podrido en ese preciso instante.

Aparté el recuerdo de mi memoria y me concentré en lo que tenía enfrente.

No en Sadie ataviada con un plumífero encima del pijama y con el pelo suelto, no; en el plan.

Ser práctico me ayudaba a centrarme cuando estaba desajustado.

Fui consciente de que necesitaba sacar a relucir mi pragmatismo cuando sus ojos ambarinos del color de la miel me atravesaron.

Me aclaré la garganta con disimulo para deshacer el nudo que se me había formado y fui directo al grano. A lo controlable.

—¿Qué te han contado de mañana?

Pareció dudar sobre si tratar de entenderme o irse, pero finalmente la curiosidad la venció.

—¿Qué deberían haberme contado, según tú?

—replicó con una voz perlada que me puso alerta, consciente de que me detestaba mientras me observaba con los ojos entrecerrados, suspicaz, para desentrañar mis pensamientos, manteniendo la distancia justa para que percibiera su presencia sin poder rozarla, aunque estirase la mano, como las cosas inaccesibles que están ahí solo para que comprendas que existen y nunca las podrás tocar.

Me gustaría decir que había acudido al mirador de piedra para esperarla, que la conocía lo suficiente para saber que terminaría en ese punto, que era tan listo que preveía cualquier posibilidad, que la nostalgia jamás me dominaba.

Pero no era el caso. Nuestro encuentro fue del todo inesperado.

No estaba planificado. No sabía si me alegraba o no de verla, por los efectos nocivos que estaba teniendo para mi corazón, pero sí que era conveniente.

Recapitulé mis sospechas y se las trasladé conforme las luces exteriores de algunas zonas del resort se apagaban. Las nuestras todavía no.

—Por ejemplo, deberían haberte contado que mañana nos van a hacer la foto del anuncio oficial y que desde luego vamos a estar pegados el uno al otro —comencé, y Sadie respondió con fría indiferencia.

—Y yo les habría contestado que lo soportaré les lleve el tiempo que les lleve, porque la proximidad contigo no me afecta.

Es más, la disfruto —añadió con sarcasmo, y yo me tragué el «Mentirosa» que me bailaba en la punta de la lengua.

Podía no quererme, sus sentimientos no los ponía en duda, pero la impasibilidad no existía entre nosotros.

Para prueba ese espacio que terminaba de inundarse de la electricidad que desde Efectos Especiales tenían que añadir a las escenas cuando rodábamos allí. Continué.

—También te habrán comentado que tomarán algunos planos, que harán algunas entrevistas.

—Porque el caché de los actores es alto.

Se encogió de hombros sin comprender a dónde pretendía conducirla y me cabreó lo estimulante que era verla pensar, armar las piezas del puzle.

—Pero todavía no te han enviado la orden del rodaje, a pesar de las horas que son.

Una ceja se alzó en su máscara.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—A que nos la van a liar. —Sonreí como si nada, a pesar de lo mucho que eso me costaba en su presencia.

Sadie vaciló, unió todos los puntos y su mirada se encendió de golpe.

Jodida mirada de oro.

—¿Insinúas que nos van a hacer una encerrona?

—No lo insinúo, lo afirmo.

—¿Qué pruebas tienes?

Fue adorable verla aferrarse a la mentira que se quería creer, la de la integridad de la productora, aunque en el fondo sabía que no era cierta.

—¿Qué hay más morboso que recoger nuestras reacciones más primitivas, más sinceras? Les dejamos sin Jude y Libe, pero todavía pueden tener a Sadie y Dacre. Nuestras miserias, nuestras emociones, a nosotros. Conocer la verdad en un documental. Al público le fascinará.

—Eso es demencial.

—Eso es audiencia.

Nos quedamos en silencio. Lo supe desde que Rose Plec había tenido aquel instante de duda en la cena y por el modo en el que los ojos le habían brillado al verse atrapada.

El argumento de este reencuentro no era dar paseos por los decorados, ponernos escenas pasadas y entrevistarnos sobre ellas.

Al menos, no solo eso. El argumento de este reencuentro éramos nosotros.

Despiezarnos en riguroso directo con una cámara grabando y que los pecadores averiguasen qué pasó, quiénes fuimos y lo que hicimos.

Teníamos por delante nuestro propio reality .

Nosotros éramos lo que los diferenciaba de cualquier programa similar y Averno siempre pretendía ir un paso por delante del resto.

Doble formato. La ficción y la realidad.

—Si queremos manejar la situación, y lo queremos, debemos tener una estrategia.

—¿Propones manipular el rodaje? —preguntó como si fuera una locura, y al instante se dio cuenta de que era exactamente lo que le estaba diciendo—. En realidad, no sé de qué me extraño. La situación me resulta un tanto familiar. La historia se repite.

—Propongo que los manipulemos a ellos antes de que nos manipulen a nosotros —maticé—, y ya de paso evitar soltarnos pullitas de mierda como esta cuando nos estén grabando y hacer feliz a Rose Plec.

—¿Por qué nuestras pullitas deberían influir en su estado de ánimo?

—Porque que Jude y Libe no terminasen juntos fue una mala decisión creativa para la que ya no hay solución, pero que nosotros no lo hiciéramos, comprobar nuestro estado actual años después, podría darles mucho dinero.

A fin de cuentas, somos reales. Una historia inconclusa.

Lo que no se vio. Lo que se puede imaginar.

Y los espectadores siempre quieren estar al tanto de todo.

No les gustan los finales abiertos. Por cierto, sí hay una novedad con respecto al pasado.

—¿Cuál?

—En esta ocasión te estoy haciendo partícipe. Es una variación importante en el formato.

La boca de Sadie se abrió, pero no dijo nada. La estaba poniendo al corriente de lo que iba a suceder y de que deseaba conocer su opinión. Aunque quisiera, no podía negar que estaba formando equipo con ella en lugar de ir por libre y utilizarla como una pieza más del tablero.

—¿Cómo? —fue lo único que dijo, y esbocé una sonrisa. El engaño me entretenía, pero que ella me acompañase era lo que lo hacía interesante.

—Vamos a ser guionistas. Inventar lo que fuimos, lo que ocurrió y cuál es nuestra relación actual.

—¿Por qué la verdad no te beneficia?

—Porque la verdad abre heridas y a ninguno de los dos nos gusta sangrar.

—Aguardé un segundo y le expliqué—: Mañana van a propiciar que me encuentre contigo.

Estoy seguro. Antes de la sesión de fotografía.

Quieren nuestra primera interacción en primicia, y que sea —entrecomillé porque habría como mínimo varios cámaras— «privada».

Lo harán parecer un accidente, en algún decorado significativo, y durante el montaje lo vestirán con la banda sonora de Jude y Libe de fondo como un guiño para la audiencia.

Manejar ese instante es vital. Se trata de nuestra sinopsis.

El tono. Ahora viene la pregunta: ¿cómo queremos nosotros que sea?

—¿A qué te refieres?

—Ignorarme o lanzarme un objeto afilado, como te apetece, no entra dentro de las posibilidades. De las que sí... Llevamos años sin hablarnos. Es público. Levantarnos y darnos un abrazo sería exagerado.

—Gracias a Dios —apuntó, y se le escapó una sonrisa. A pesar de durar un parpadeo, la vi y tuve que desoír el burbujeo efervescente de mi pecho. Seguí con mi exposición.

—Por el contrario, actuar serios, mohínos, tampoco nos convendría. Se visualizaría que hay conflicto, y el conflicto genera interés. Drama. Querrían arreglar lo nuestro .

Descartamos la idea en el acto.

—Entonces, ¿qué propones? Porque seguro que a la indiferencia también le sacas un fallo...

—La indiferencia en nuestro caso es resentimiento y emoción contenida. Créeme, es la que menos queremos mostrar.

—Porque la que nos gustaría interpretar es...

—La que más decepcionará a los pecadores: la normalidad.

Actuaremos como deberían haber sido las cosas de ser unos compañeros de reparto que descubren que se gustan, tienen una relación y rompen.

Así de sencillo. Cuando nos veamos podemos dibujar una media sonrisa medida en la que se intuya que nos hemos dado cuenta de que es una encerrona, pero a la vez no nos importa.

No nos molesta. No solo hay que engañar a los espectadores, también a Rose Plec.

Levantarnos o acudir hasta el otro si estamos de pie y darnos unas palmaditas en el brazo no demasiado emotivas o exageradas, tampoco frías.

El gesto previo de un abrazo de dos personas que ya han pasado página y tras ese reencuentro incluso pueden ser amigos. ¿Te ves capaz?

—¿De interpretar y no asesinar a la persona de Dirección que propicie ese plano? Sí —respondió con contundencia. Nos quedamos mirándonos, y justo cuando iba a decirle que era mejor que nos marchásemos y ya iríamos tramando estrategias futuras, ella me preguntó—: ¿Por qué estás tan seguro?

—¿De qué?

—De que una versión nuestra adulta y educada decepcionará a los pecadores.

Me pareció increíble que no se diese cuenta.

—Porque lo que ellos quieren es un «Después de tanto tiempo» —emulé la mítica frase de Snape.

—¿Después de tanto tiempo?

—Después de tanto tiempo sigo pensando en ti cada maldito segundo.

La luz a nuestro alrededor se apagó y agradecí no ver el gesto que su rostro dibujaba.