5. SADIE
SADIE
Subí la cremallera de mi chaqueta acolchada, hundí las manos en los bolsillos y salí. Había ido a mi habitación después de la cena, pero no había logrado quedarme dormida, a pesar de haberme puesto el pijama, que en ese momento asomaba por debajo de la chaqueta.
Salí tarde, de madrugada, cuando las luces de las habitaciones del castillo resort estaban apagadas, la niebla se derramaba por la montaña y la quietud era tan extrema que podía seguir el sonido de mis propios pasos perdiéndose en el eco.
Suspiré. Desconocía en qué medida mi insomnio se debía a la excitación de lo que estaba aconteciendo, a la información que Shonda me acababa de dar o a la revelación de que Candice y Dacre habían tenido una hija.
«Una niña muy dulce», apuntó Gascón, que se había encontrado con la madre y la hija de camino al baño.
Dacre era padre y estaba con Candice. No me lo podía sacar de la cabeza.
Decidí que se trataba de la segunda opción, la información de mi agente; la primera y la tercera no eran tan impactantes.
Shonda se había mostrado recelosa con respecto a un casting en el que me habían rechazado sin llegar a verme.
El proyecto nos interesaba porque no se rodaría de inmediato, y mi agente no esperaba ese rechazo tan frontal; algo no le cuadraba, hasta el punto de que me preguntó si yo había hecho alguna cosa.
—No, ¿qué podría haber hecho?
—Oh, querida, te sorprendería la cantidad de estupideces por segundo que puede protagonizar un actor. —Me había palmeado el brazo—. Tranquila, voy a enterarme. Esta no es su manera de proceder y no pararé hasta que no me quite el chicle de la sospecha del zapato.
Continué caminando. Me había costado entender de qué me sonaba el complejo hotelero más allá de que la fachada era casi un calco, pero Gascón me había dado la clave.
«¿No os suena? Todo esto, digo. Lo han rentabilizado.
Son las ruinas en las que veníamos a grabar.
Bueno, sobre todo Dacre», había soltado como si nada.
Estaba segura de que no se trataba de un comentario malintencionado, aunque me había desestabilizado.
Descendí las angostas escaleras laterales y por un instante todo se sumió en la oscuridad.
En una majestuosa sombra. El personaje de Dacre, Jude, tenía muchos matices en la novela y desde Guion le añadieron todavía más.
Le hicieron complejo. Devastadoramente interesante.
Por ejemplo, le fascinaba el caos, la destrucción más absoluta, y la amaba como si no fuese horrenda.
Si cerraba los ojos todavía podía distinguir en aquellas ruinas las escenas que había grabado allí con él: existía un balcón, una especie de mirador de piedra que era parte del castillo, desde el cual la vista se le perdía en el infinito y se podían contemplar sus dominios, la tormenta, los rayos, el fuego y la belleza de la destrucción que Traición tanto apreciaba.
Para él los finales también eran inicios.
Recordé una escena. No supe por qué. Quizá porque era de las pocas en las que Jude había bajado las barreras, y eso era tan improbable como que un rayo aterrizase a un centímetro de ti y olieses su humo.
Emocionante, terrorífico, y te llenaba de adrenalina.
Su personaje se había retirado a pensar.
Estaba haciendo cosas impropias en él y necesitaba poner sus prioridades en orden.
Mi personaje, al verle, le siguió. Se decía a sí misma que para recriminarle cualquier cosa, motivos jamás le faltaban.
Pero la verdadera razón era que quería comprobar cómo se encontraba, aunque jamás lo admitiría ante él.
Libe caminó sigilosa y creyó que el crujido producido al pisar una pequeña piedra había revelado su posición al pecado, cuando en realidad Jude percibía su presencia todos los segundos de su vida y deseaba que ella hiciese precisamente lo que estaba haciendo.
Que le siguiese y tenerla a su lado. Si hubiese podido habría contenido el aliento, pero los pecados no respiraban.
—Si te tiro, además de un espectáculo grotesco de vísceras, sesos esparcidos y huesos partidos, ¿acabaré contigo? —preguntaba mi personaje.
En su cara se formó una sonrisa y en mi pecho un cosquilleo que nos pertenecía a Libe y a mí.
—Me recompondría bastante rápido. Ni siquiera tendrías el placer de verme así.
Mi personaje chasqueaba la lengua teatralmente.
—Vaya. Tenía que intentarlo.
—Por supuesto.
—¿Cómo...? —Libe vacilaba hasta que recordaba que estaba con Jude y que a él podía plantearle cualquier pregunta sin que le hiciese sentir idiota, igual que me pasaba a mí con Dacre.
Podía pensar que era una tontería, pero le gustaba que dudase.
Le gustaba mi cerebro, y no lo menospreciaba—.
¿Qué te pasa? —preguntaba finalmente Libe.
—Tú. Me pasas tú .
Me pareció oír la frase entre el movimiento de las ramas de los árboles.
El mirador de piedra ya no era un montón de rocas apiladas como resultado de una batalla, pero conservaba su estructura, imagino que para deleite de los fans y sufrimiento de sus carteras.
Inspiré hondo, y en el momento en el que puse un pie allí, lo vi.
Dacre estaba al fondo del mirador, sentado sobre el muro de poco más de un metro, en la misma posición en que Jude se sentaba: con una pierna doblada, otra estirada y la vista perdida en el mar de violencia (en aquel momento, el valle de Brookings).
El arco de piedra que le enmarcaba hacía que la escena pareciera el plano perfecto de una película.
Dudé sobre qué hacer. Irme parecía lo más inteligente.
Pero una parte de mí no quería huir y era más fuerte que mi yo cobarde.
Enfilé en su dirección e, ironías de la vida, el crujido de una de mis pisadas en la hojarasca le reveló mi presencia.
Supe que se había dado cuenta porque se irguió, aun sin girarse enderezó la espalda, y las manos se aferraron al borde del muro.
Reconozco que aquello me gustó. Podía lidiar con su enfado, con el ligero resquemor que había demostrado durante nuestra llamada de teléfono, pero no con su indiferencia.
Que fingiera que todo estaba bien me habría parecido cruel.
Al menos, su maldad no llegaba a tanto. Me situé detrás con un tambor por pecho mientras el veneno me recorría las venas, y controlando la voz le dije:
—Tranquilo, no voy a lanzarte abajo.
—Tenemos que hablar —me interrumpió, y se me escapó una carcajada.
—Creía que coincidíamos en que nuestras conversaciones son poco útiles. La mayoría están llenas de mentiras.
—Esta lo será.
—¿Por qué?
—Porque tenemos que hallar la fórmula para salir de aquí lo más ilesos posible. Y rápido.
Entonces sí se giró, y al encontrarme con la tonalidad verde fluorescente de su mirada me arrepentí de no haberme quedado en mi habitación dando vueltas en la cama.