Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. DACRE
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4. DACRE

DACRE

La gente dio por hecho que Agnes era mía y no los corregí.

Tampoco lo confirmé. No mentí. Simplemente los dejé que hiciesen el ridículo con sus falsas interpretaciones de nuestra relación durante toda la cena, como cuando Rose Plec, sentada a mi mesa y con una encantadora sonrisa enlatada, afirmó con camaradería:

—Nadie puede dudar de que tiene tu expresión, Dacre. Es absolutamente encantadora, y muy lista. Debes de estar orgulloso de ella.

—Lo estoy.

Se sentiría estúpida cuando averiguase la verdad, pero sus sentimientos me interesaban tanto como le habían interesado a ella los míos, puede que menos. La única que no estaba del todo conforme con el desarrollo de los acontecimientos era Candice, sentada también a la mesa.

—¿No deberíamos decírselo? Está metiendo la pata hasta el fondo —apuntó cuando la productora hizo alusión a que nuestro pelo, el mío negro y el de Agnes castaño claro, tenía sus semejanzas. Las comisuras de mis labios treparon hasta formar una sonrisa.

—Su reputación me importa una mierda, pero si a ti te hace sentir mal, cuéntaselo. Será un placer ver en directo la cara que se le queda.

Al final no lo hizo, no se lo contó. Imagino que porque estaba demasiado ocupada vigilando la puerta por la que los camareros entraban esperando que fueran otras personas, dos chicas concretamente, las que lo hicieran.

Desconocía la razón por la que su relación con Sadie y Laura se había enfriado, pero Candice quería verlas, aunque le diese vértigo.

Y yo también. En especial a una de ellas.

A pesar de los puñetazos que el corazón me daría en las costillas si tal hecho se producía.

Sabía que estaba allí. Cerca. Lo que desconocía era la razón por la que no cenaba con nosotros, y no le encontraba sentido, así que se lo pregunté a una Rose Plec que no se lo vio venir.

Ladeé el cuerpo en su dirección, y en voz alta para que todos los presentes se enterasen le dije:

—¿Por qué nos habéis separado a Sadie y a mí en la cena?

Había algunos actores allí, no muchos. Nate, como era habitual, cenaba en su suite.

Pero no tenía ningún sentido que la productora y los directores de los diferentes departamentos compartieran mesa con nosotros y la excluyesen a ella.

Supongo que todo el mundo se había dado cuenta, aunque nadie se atrevía a verbalizarlo.

Hasta que lo hice yo. La persona que Rose Plec menos esperaba.

Mi pregunta la pilló desprevenida y por eso se removió molesta; no le gustaba sentirse expuesta y mucho menos perder el control.

Habló sin que su máscara se alterase ni por un instante, acumulando tensión en la boca para apuntalar la sonrisa que se negaba a borrar porque ella odiaba vacilar, pero no podía decir la verdad.

No podía pedirme que me ciñese a su plan.

No podía pedirme que evitase a la actriz, pero no le preocupaba porque había dado por hecho que no querría verla.

—Queríamos garantizar la comodidad de dos de nuestros actores principales.

Mintió y yo sonreí porque entonces lo supe. Adiviné a qué se refería Shonda con «Pero, y ella, ¿sabe lidiar con ella misma?». Descubrí su jugarreta y decidí que iba a fastidiársela.

—Gracias por ser tan considerados. —Llegó mi turno de interpretar, y la mirada de Rose no pudo camuflar lo mucho que me despreciaba.

—Para eso he venido. Estaré eternamente agradecida de que en el último momento te hayas unido a nosotros en este proyecto.

Clavarnos puñales con una sonrisa, ese era el juego que yo estaba dispuesto a ganar.