Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 3. SADIE
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3. SADIE

SADIE

Laura me pilló leyendo un artículo sobre mí.

Uno de los destructivos. De los que meten el dedo en la herida y se recrean haciéndola supurar.

Le había dejado una de las tarjetas de mi habitación para que viniese a cambiarse, ya que su hotel estaba en Brookings, y no la oí entrar hasta que la tuve encima, detrás, leyendo el titular de aquel devastador texto.

Bloqueé la pantalla del teléfono un tanto avergonzada por aquel gesto, que últimamente realizaba muy a menudo. Cuando me volví hacia ella me dijo:

—«Me ayuda o me hunde», esa es la pregunta que deberías hacerte antes de leer esta basura. —Luego se encogió de hombros como si tampoco fuese una experta y esa, la máxima aportación que podía hacer.

Mi amiga no estaba invitada a la cena, pero le había pedido que viniese conmigo, que fuese mi acompañante, y ella había accedido a pesar de que estaba cansada después de trasladar a todos los actores al complejo.

Me observó y sonrió con perspicacia.

—Sabes que es una cena sin importancia, ¿verdad?

Le devolví el gesto y bromeé.

—Sabes que no eres mi estilista, ¿cierto?

Era muy consciente de que el vestido ceñido de tirantes, corto y rojo rompía todo protocolo y resultaba exagerado.

No obstante, me dije, servía para trazar una línea entre Libe y yo.

Años atrás mi manera de vestir, similar a la de aquel personaje, había complicado la tarea de que la gente nos diferenciase, y no quería cargarme todo el trabajo que había hecho para mostrarnos distintas después de aquel proyecto.

Nada que ver con que el reencuentro con Dacre fuese inminente y con que anhelaba, a pesar de saber que no debería, que me hallase absolutamente deslumbrante y fuera de su alcance.

—¿Vamos? —pregunté.

—Vamos.

El complejo del hotel era grande. Sabía que Nate se alojaba en mi planta porque me había encontrado con sus maletas al subir.

Inspiré hondo y su olor no llegó. El de Dacre.

Sospechaba que muy a mi pesar todavía podía identificarlo.

Aquello me tranquilizó. Si desde Producción eran mínimamente considerados nos habrían alojado lo más lejos posible al uno del otro.

Habrían reducido nuestros encuentros al mínimo.

Habrían pensado en nosotros. Pero no era tan ingenua para confiar en que nuestro bienestar era su prioridad.

Por eso al llegar al ascensor me sorprendió que Laura, que se había dado cuenta de que yo estaba tensa, dijera:

—Está en el otro extremo y ni siquiera vais a coincidir durante la cena. Coméis en salones distintos.

Aquello debería calmarme, pero no lo hizo. Separar nuestras habitaciones era una cosa, organizar dos cenas simultáneas era otra. Se tomaban demasiadas molestias para mantenernos alejados. Me pregunté cuál sería el plan de la mente maestra de Rose Plec y me frustró no hallar la respuesta.

—¿Sabes el motivo? —le consulté una vez dentro, conforme pulsaba el botón de la planta a la que nos dirigíamos.

—No, pero no creo que sea nada bueno. Ve con cuidado.

Ser mi amiga le complicaba la tarea de obtener información sobre lo que pensaban hacernos.

En aquel momento la puerta se abrió en un nivel inferior. Por esa razón no pude indagar. Por esa y porque un Gascón irreconocible se lanzó a abrazarme de un modo que en el pasado hubiese sido impensable en él.

—¿Qué hay, tías? —dijo mientras repetía el gesto con Laura.

La puerta se cerró, me miró y silbó—. Joder, Sadie, estás impresionante.

Si ahora no estuviese en una etapa más de tíos —hacía tiempo que había hecho pública su bisexualidad, igual que su personaje—, y no fueses del todo imposible viendo el historial de a quién te follas —dudé de si hablaba de Austin o de Dacre—, intentaría tirarte los trastos. Es más, puede que lo haga.

Me guiñó un ojo para indicar que estaba de broma y Laura y yo nos miramos.

Desde luego, aquel no era el chico al que recordábamos, aunque pronto demostró que le quedaba algo dentro, y ante mi silencio y el profundo estado de shock en el que me encontraba añadió con otro tono, con una voz que era más suya, más suave y áspera:

—Espero no haberte ofendido con mi comentario de mierda. A veces creo que debería graparme la boca.

—No lo has hecho —le tranquilicé.

Gascón continuó hablando más relajado, y mientras lo hacía no pude evitar preguntarme si el cambio en otras personas sería también tan radical, si las tendría enfrente y me resultarían extrañas, y si aquello sería bueno o triste.

Mis pensamientos me alejaron de allí y dejé de prestar atención a mis acompañantes.

Tanto que me mantuve absorta el resto del breve trayecto.

Pero cuando el ascensor se detuvo todo cambió.

Porque percibí su olor, el vello de la nuca se me erizó y, misteriosamente, cuando las puertas se abrieron, los puños de Laura se cerraron a ambos lados de su cuerpo.

La carcajada entre divertida y herida de Gascón me sacó de mi ensoñación.

—El jodido Dacre Stewart siempre dando la nota para ganar protagonismo —dijo, y acto seguido añadió—: ¿Vosotras sabíais que había tenido una hija con Candice Evans? Es delirante.

El pecho se me hundió y me giré justo a tiempo de ver cómo la puerta por la que acababan de entrar en su salón se cerraba.

Tan solo distinguí su espalda y fue suficiente para que las piernas me fallasen.

Ahí tenía el motivo de que nos hubiesen separado.

No era por nosotros, era porque Candice y Dacre estaban juntos.