2. DACRE
DACRE
Siempre es estimulante regresar al sitio del que te echaron como un paria transformado en el amo y señor de aquella producción.
Puede que sobre el papel no tuviera ninguna autoridad, pero me necesitaban hasta tal punto que harían cualquier cosa que les pidiera.
Sabían por experiencia que no me lo pensaría dos veces antes de marcharme y dejarlos tirados, que no se me podía convencer y las amenazas de multas no me asustaban.
Aterrizamos a mitad de la tarde y me mantuvieron escondido en una zona de la sala vip donde no había nadie, intuí que para que no me cruzase con Sadie Sanders.
No conocía sus motivaciones, pero desde el principio sospeché que no se trataba de hacernos sentir cómodos, más bien de algo que les interesaba, y más tarde lo confirmé.
Nos trasladaron al hotel resort y la mismísima Rose Plec salió a recibirnos.
—Sabe mi nombre —se sorprendió Candice cuando le dio un pequeño abrazo.
—Más le vale no olvidarlo. Disfruta de tu suite.
Sonreí. Era gratificante comprobar que continuaba teniendo ese poder tras varios años creyendo que lo había perdido.
Entre mi última tanda de exigencias se encontraba que la alojasen en una suite y que se asegurasen de la manera que fuese de que la actriz no se quisiera ir de Brookings, porque si ella se marchaba yo también lo haría detrás.
La amenaza surtió efecto. Nos despedimos en el hall y me fui a mi habitación mientras Candice y la pequeña Agnes se marchaban a la suya.
Tardé poco en deshacer la maleta y menos aún en elegir la ropa que me pondría para la cena.
Vaqueros oscuros, camiseta negra. Mi gusto para vestir no había cambiado desde la última vez que había estado en aquel lugar.
Luego salí a dar una vuelta. Mi cuarto era como cualquier otra habitación de hotel, pero despertaba mi curiosidad cómo sería el resto del resort.
La fachada me había impactado. Visto desde lejos parecía un castillo demasiado similar a los de la serie, aunque desde cerca se apreciaban diferencias estratégicas para no pagar derechos de autor.
Dentro reinaba el lujo. Era rupestre y majestuoso.
El enclave ideal para que la gente rica fuese de retiro.
Apartado, pero con vistas al pueblo. Debía de costar una pasta y, después de nuestro paso, costaría todavía más.
No me encontré con nadie durante mi excursión por las últimas plantas.
Estaba reservado para los actores principales y los directores de equipo, y reinaba una quietud absoluta.
Aun así, reconozco que tenía el pulso más acelerado de lo que me habría gustado admitir para un acto tan mundano como ese.
Una parte de mí temía o ansiaba que la puerta de alguna de las habitaciones se abriera y de ella saliera Sadie.
Supongo que esa era la posibilidad que me había sacado de mi cuarto.
Pero no sucedió. Y terminé en el spa.
A esas horas debería haber estado cerrado, pero habían alterado los horarios para nosotros, por si la noche anterior al tenso reencuentro necesitábamos relajarnos.
Estuve tentado de deshacerme de la ropa allí mismo y meterme desnudo en la piscina de chorros de la que manaba humo.
En realidad, casi lo hice. Casi. Pero la imagen de Shonda con un bañador negro y un gorro azul, que le daba forma de cono a su cabeza, me detuvo.
Mi exrepresentante estaba en el agua, recostada sobre uno de los respaldos.
Llevaba las gafas puestas, y empañadas, y a pesar de que sus ojos cerrados y su profunda respiración me hicieron creer que se encontraba en un estado de duermevela, se percató de mi presencia y el ceño se le arrugó cuando, en lugar de irme, me apoyé en la pared con los brazos cruzados y una exasperante sensación de alegría por encontrarla naciéndome en el pecho.
—No voy a fingir que me alegro de verte después de lo que has hecho —dijo, y mi gesto se amplificó.
—No voy a fingir que no piensas que en el fondo es lo mejor.
No me contestó. La película de Sadie había ido todavía peor de lo que pensaban, y a esas alturas un retiro «obligado» era lo mejor que le podía suceder.
Participar en otra cosa y desviar la atención de sus demoledoras cifras.
Claro que mi exagente no lo reconocería delante de mí, igual que no admitiría que, en lo más profundo de su ser, con su llamada me había pedido una cosa mientras deseaba la contraria.
Salió y se limpió las gafas para después secarse con la toalla del hotel que descansaba en la tumbona.
—Está muy enfadada contigo —pronunció, y no hizo falta que dijera su nombre.
—Sé lidiar con ella.
Shonda se acercó y me dedicó una mirada suspicaz al tiempo que decía:
—Pero, y ella, ¿sabe lidiar con ella misma?
Dicho esto, se dirigió a la salida.
—Te veo en la cena. Ah, no, que estamos en salones distintos.
Pronto averigüé a qué se estaba refiriendo con su pregunta. A su modo me pedía ayuda y, por extraño que pareciera, no dudó de que iba a dársela.