1. SADIE
SADIE
La conversación con Austin la noche anterior todavía me perseguía.
—Ahora hablan de una película. Os están llevando a su terreno, Sadie, y vosotros les estáis dejando —me había dicho en la hamaca colgada entre dos árboles donde los dos estábamos tumbados en mi casa de Pacific Palisades.
El reencuentro no se produjo de inmediato cuando los dos aceptamos, cuando Dacre subió el post y a mí no me quedó más remedio que admitir que, por el bien de mi relación con Rose Plec, no me convenía alterar mi respuesta.
Pasaron semanas. Pocas, pero semanas. Y la opinión de mi novio al respecto no varió ni un poquito.
Trató de mostrarse más comprensivo, eso sí, de escuchar mis motivaciones mientras yo le contaba que seguía confiando en Shonda y en que había querido lo mejor para mí cuando al principio me había sugerido que aceptase.
Trató de fingir que lo tenía en cuenta. Sin embargo, cuando se presentaba la oportunidad, como esa noche mientras escuchaba ese pódcast para ver si decían algo de él, no podía reprimir que su verdadera opinión floreciese. Con espinas, siempre con espinas.
«Deberías despedir a Shonda, mira a dónde te está conduciendo» era su frase más habitual, o «Algo sabré del tema», y me plantaba delante algún artículo, como el último, que decía: «Austin Sparks, el hombre del momento».
La mayoría de las veces lo dejaba pasar, claudicaba, pero en las pocas en que le preguntaba por qué hacía que pareciese que todo iba de él cuando se trataba de mí respondía: «Porque me va bien.
Porque estoy triunfando. Porque te quiero».
Había empleado más paciencia de la que sabía que tenía en no contradecirle, en entender que la figura de Dacre de algún modo le envenenaba, aunque por una vez, y sin que sirviese de precedente, no era culpa del actor.
Por eso, por ejemplo, no le había dicho nunca que tenía criterio para resolver mis asuntos profesionales y que me dejase en paz, que no iba a echar a mi representante.
Por eso, por ejemplo, no le había recordado nunca que antes de los artículos de Vogue que enarbolaba frente a mi cara para cargarse de razón y que decían «Austin Sparks, el hombre del momento», existieron otros cuyos titulares eran muy distintos y que rezaban: «¿Quién es el misterioso actor que acompaña a Sadie Sanders? Todo lo que sabemos de él».
Pero es que para mí no se trataba de una competición de egos.
Tener más fama no hace que tengas más razón.
Mantener el equilibrio y acertar en los comentarios a veces me resultaba complicado, y el día anterior había fallado al estallar.
—¿Tan malo sería que sucediera? —habían sido mis palabras refiriéndome a la película.
El rostro de Austin había palidecido primero y se había oscurecido después, sus manos dejaron de acariciarme la espalda y se levantó sin apenas mirarme con el pretexto de que tenía sed.
—Respóndete tú misma. Voy a por agua.
La despedida antes de coger el vuelo también había sido fría, al igual que el mensaje al avisarle de que había llegado.
—¿Todo bien? —me preguntó Laura desde el asiento del conductor del coche con los cristales tintados.
—Sí —mentí.
Había pedido que fuese ella la que viniese a buscarme de Producción al aeropuerto y me lo habían concedido. Llevábamos un rato circulando por las calles de Brookings, Worship en la ficción, pero todavía no me había animado a contemplar el pueblo que tantos recuerdos pasados me traía.
—Puedes mirarlo. No muerde —bromeó mi amiga señalando las calles.
Supongo que sentía remordimientos por lo que estaba a punto de hacer, volver a algo relacionado con Averno cuando me prometí que eso no pasaría de nuevo, por haberme marchado así, y miedo, pero era el momento de superarlos.
Ladeé la cabeza y me topé con aquellas construcciones bajas, muchas de ellas revestidas de madera, vegetación y un manto de niebla que comenzaba a descender. Algo en mi interior se estremeció.
—Está idéntica —apunté.
—¿Decepcionada?
—Extrañada.
Siempre he pensado que los recuerdos guardan una versión más hermosa de lo que la realidad fue bajo la iluminación de la nostalgia, pero en este caso la realidad los superaba y, por un instante, temí que el efecto se repitiera en otras cosas. Otras personas.
—Cuéntame algo que me distraiga —dije.
Al otro lado divisé a los primeros pecadores que habían acudido en tropel por los rumores. Las manos me sudaron y me agaché, arrebullándome en mi asiento, a pesar de que la opacidad de los cristales y la sencillez del vehículo me protegiesen de sus miradas.
—Supongo que te avisarán en cuanto llegues, pero mañana van a haceros la foto del anuncio oficial. A todos. Os la van a hacer a todos juntos —dijo atenta a mis gestos, poniéndome sobre aviso.
Asentí. Contaba con que no podría librarme de Dacre más tiempo.
Se habían tomado muchas molestias en reunir al elenco al completo ese fin de semana para demostrar que se trataba de un reencuentro de nivel.
Sabía que no iban a prescindir de su gallina de los huevos de oro.
Es más, estaba convencida de que le pondrían a mi lado.
Presumiblemente mi posición sería entre él y Nate.
Y, presumiblemente también, esa proximidad dispararía mi instinto asesino, de modo que debía mentalizarme.
—Aunque antes os grabarán alguna entrevista por la mañana —me advirtió Laura.
—¿Por qué? —dudé.
Era un poco atropellado rodar tan pronto y con tan poco margen para reducir al mínimo las filtraciones de nuestra presencia cuando, además, Laura me había dicho que a esa hora varios de los actores todavía no habían llegado. Como respuesta, mi amiga se encogió de hombros.
—¿Abaratar costes? Algunos tenéis cachés desorbitados.
Por «algunos» se refería a mí. Shonda se había asegurado de que, si tenía que participar en algo que tanto me desestabilizaba, por lo menos cobrara por cada segundo de sufrimiento.
Dejamos atrás Brookings y nos sumergimos en una de sus carreteras secundarias.
No nos alojaríamos en el camping, que se había convertido en una especie de miniparque temático, el museo de Los nueve círculos por el que cada año pasaban miles de personas.
En lugar de eso, nos quedaríamos en un hotel balneario de nueva construcción que se había creado después de nuestro paso por allí y que asomó al girar una curva.
Sobre lo alto de la montaña parecía un castillo.
El de Jude, concretamente. Y me pregunté si era una casualidad o la forma de rentabilizar el rodaje que había puesto a esa localidad en el mapa, y si el interior sería igual que los decorados que recordaba y estaría plagado de alusiones a nuestros instantes.