7. NATE
NATE
Regresar a la granja de mi abuela en Wakita, Oklahoma, fue lo mejor que hice después de que Freddie me dejase. Allí, en mitad de los maizales que bien podrían haber servido de escenario para la película Twisters , recobré la calma, me encontré a mí mismo y comencé a mensajearme con Troy McQueen.
¿Has terminado la maleta? Llevas como desde tu anterior vida haciéndola.
Su comentario provocó que me riese. Me senté, aún con el pelo rubio húmedo, en el escritorio de mi antiguo cuarto, donde tenía el portátil abierto. El viento de la tormenta que se avecinaba arreciaba contra la ventana, arrancándole crujidos. Le contesté:
Más o menos. Ahora me preocupan más las siete horas de avión.
Jugueteé con el aro de mi oreja.
¿No te gusta volar?
Casi tanto como perder el control y los tornados.
Okey, lo detestas. ¿No puedes ir de otro modo?
La alternativa son dos días en bus o treinta horas en coche. Y mido casi dos metros. El bienestar de mis piernas te responde.
Vale, tendrás que soportar el paseo por las nubes. ¿Existe algo que te relaje?
Dudé sobre si decirlo o no, sobre si sería demasiado evidente.
Al final, decidí dar el paso, acercarme a él.
La fotografía.
Troy no me contestó. Al menos, no con la rapidez con la que solía hacerlo. Comencé a ponerme nervioso. ¿Habría ido demasiado lejos? ¿Sospecharía que lo sabía? Contuve el aliento y al final el texto apareció para tranquilizarme. «No, no lo sabe».
Puedo enviarte alguna de mis exposiciones favoritas. Después de la pandemia muchas galerías las subieron para su visionado online. Podrías echarles un ojo con el wifi, si es que quieres pagarlo. ¿Te gustaría?
Sonreí.
Me encantaría.
A punto estuve de escribir «Freddie», pero lo corregí a tiempo de enviarlo. Desde el primer instante, había sabido que se trataba de él.
Troy.
No entendía su juego. Por qué años después había vuelto a contactar conmigo desde un perfil falso fingiendo que se llamaba Troy McQueen.
Me envió un email que supuestamente iba a otro destinatario desde una dirección nueva, me dijo que se había equivocado y a raíz de ese fingido malentendido empezamos a hablar como si fuéramos dos extraños que se conocen por un feliz error.
Por mi parte, le seguí el rollo fingiendo que era posible no reconocer al amor de mi vida en el primero de sus correos.
«¿A dónde me quieres llevar, Freddie?», pensé, y él cambió de conversación.
¿Estás ilusionado por reencontrarte con tus antiguos compañeros de trabajo?
El reencuentro de Averno . Ese era el destino que marcaba y permitía que fuese mi brújula.
No sé si ilusionado es la palabra. Mientras estaba allí sucedieron cosas y no sé cómo me va a afectar volver.
De nuevo, tenté a la suerte y le llevé al límite.
Va a ir bien, Nate.
Le creí. Si grabar una especie de documental me acercaba a él, merecería la pena.
Siempre y cuando el peso de tu maleta no provoque que el avión se venga abajo.
Eres mala persona.
Y tú la mejor que he conocido, pero mi círculo social es escaso.
«¿Hasta cuándo vamos a jugar a esto, Freddie?».