6. DACRE
DACRE
Sabía que me llamaría desde el preciso instante en el que subí aquella ridiculez de post que lo disparó todo; lo que no sabía era cómo me sentiría.
Ver de nuevo el número de Sadie en la pantalla de mi móvil me afectó más de lo que debería.
Lo había borrado años antes, cuando la posibilidad de que ella y yo hablásemos se esfumó.
Pero ahí estaba. Otra vez. El sonido de jazz de una banda callejera de fondo anuló el de mis propias palpitaciones y me planteé qué hacer.
Reconozco que por mi cabeza pasó la posibilidad de no responder.
Apagar el sonido, contabilizar todos los intentos fallidos que realizaba e irme a dormir satisfecho.
Obsequiarla con el mismo regalo que me otorgó durante tanto tiempo, cuando el papel de príncipe encantador sacrificado me vino grande y era yo el que estaba al otro lado.
Finalmente deseché tal idea porque me consideraba cualquier cosa menos cobarde y porque quería oírla.
Era un deseo profundo, de los que no quieres tener.
A lo largo de los años su voz había estado presente a través de las producciones en las que participaba y yo veía, pero nunca iba dirigida a mí.
Nunca pronunciaba mi nombre, aunque fuese con desdén.
Y exactamente era eso lo que echaba de menos.
Existir para ella. Me mentalicé, a pesar de que a esas alturas ya debería haberlo hecho, y al quinto tono descolgué.
El silencio reinaba al otro lado.
—Sadie, cuánto tiempo... —Tomé la iniciativa.
Lo hice forzando una amplia sonrisa, para que no notara lo que me afectaba su llamada, camuflando el abanico de sensaciones que me despertó.
Ella no contestó de inmediato. Me pregunté si se lo estaba pensando.
Si una parte de la actriz ya se arrepentía del escenario al que su impulso la había llevado y si me colgaría.
A fin de cuentas, Shonda podía batallar esa guerra por ella sin problemas.
Pero Sadie no era así. Al menos, la versión que yo conocía.
Sadie era combativa. Se valía por sí misma. Me alegré de que estuviera de vuelta.
—Di que te han hackeado la cuenta, que el post es un error, soluciónalo —ordenó.
En mi rostro se formó una sonrisa sarcástica. Cuatro años. Cuatro putos años. Y ni un hola. Me preparé para devolverle el pellizco que me acababa de dar en el pecho.
—No.
—¿Cómo que no?
—Como que no.
Imagino que le sorprendió.
Imagino que en el fondo no lo hizo.
—Tú nos has metido en este lío, Dacre.
Mi nombre en su boca desató una tormenta. Me guarecí en el refugio que tenía preparado para ella y cogí aire.
—Y tú eres mayorcita para tomar tus propias decisiones. —Tragué saliva cuidándome de que no se oyese y siseé—: Sadie.
Era un nombre. Solo un nombre. Pero el suyo. Y eso lo complicaba todo, porque lo asociaba a ella y la manera en la que nunca me fue indiferente, incluso cuando nos conocimos y me pareció insoportable. Llegó su turno de réplica.
—No sé a qué crees que estás jugando.
Y el mío.
—No sé cuál piensas que va a ser el resultado de esta llamada, pero ya te adelanto que te has equivocado.
—Deja de imitarme.
—Deja de intentar controlarme.
Se hizo el silencio, otra vez, y la oí refunfuñar.
—Nunca vas a ser alguien de fiar.
—Nunca voy a aceptar que me llamen a altas horas de la noche para tratarme como un títere, lobita —escupí.
Utilizar su apodo me salió solo y lo lamenté en el preciso momento en que lo hice, porque trajo recuerdos.
El último muy desagradable. «Sadie...», borré el eco de mi voz en aquella escena del pasado.
—No me llames así.
—No me obligues a hacerlo. Te recuerdo que durante años me has tenido bloqueado, y eso no tiene por qué cambiar con ningún reencuentro —articulé poniendo en la frase más emociones de las que pretendía.
Sadie me había bloqueado. Un buen día lo hizo. Se aseguró de tapiar cualquier vía de acceso entre nosotros. Apreté la mandíbula rememorando la impotencia que me asedió entonces y ella apuntó intentándolo por última vez:
—Pero es que el reencuentro no tiene por qué celebrarse.
Quise ser claro.
—Entonces encárgate tú misma de que no se haga. No sé el poder que te crees que tienes sobre mí, Sadie Sanders, pero ya te digo yo que es menos. Si no te gusta mi decisión, ponle remedio.
Dicho esto, le colgué con la respiración envalentonada. Puede que yo la hubiese jodido mucho durante el rodaje de Averno , pero lo que ella hizo después no estuvo mejor.
Miré al frente y me convencí de que podíamos coincidir en las grabaciones y cerrar de una vez una maldita etapa.
Me convencí de muchas mentiras.
Como que ese proyecto no me entusiasmaba, en parte por los motivos equivocados, y que solo quería retomar la profesión. Aguardé y ella escribió.
Te odio.
Yo le respondí.
Voy a bloquearte.
Y lo hice. Esa vez yo cerré la puerta. Continué un rato en la misma posición degustando la certeza de que la claqueta había bajado, y en mi interior sonó: «Acción».