Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 5. SADIE
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5. SADIE

SADIE

Nate aceptó porque seguía siendo mejor persona que nosotros.

Que Dacre y yo, quiero decir. Por su cabeza no pasó que estaba retirado y que se encontraba cómodo con su nueva vida de profesor de interpretación en el pueblo de su infancia.

Por su cabeza pasaron la cantidad de personas del equipo técnico a los que su participación daría trabajo y todos nuestros compañeros actores, del primero al último, a los que esa oportunidad podría poner de nuevo en el candelero, en marcha.

A veces solo hacía falta que te recordasen para que volvieses a pertenecer a Hollywood.

Dacre y yo lo sabíamos, pero no le dimos importancia.

Así, mientras nosotros nos debatíamos por motivos egoístas, él no tuvo ningún reparo en decir que sí. O eso creí.

Traspasamos la valla de seguridad de Pacific Palisades donde se encontraba mi casa y se cerró detrás de nosotras.

El complejo albergaba varias viviendas. Un barrio residencial de artistas, deportistas y millonarios.

Todas las casas eran grandes, privadas y con un buen terreno que separaba las unas de las otras.

La mía estaba frente al mar. No era de las construcciones más espaciosas, pero la arena llegaba hasta el porche.

Tenía jacuzzi, piscina y una habitación acristalada en la que podía quedarme dormida contemplando la puesta de sol.

Encontré a Austin sumergido en la bañera de burbujas al aire libre. Le había ofrecido a Laura que pasara, pero se había negado para dejarme descansar.

—Habla con él —habían sido su despedida y su consejo. Que me sincerase con Austin, solo que no era tan sencillo. Suspiré y me encaminé en su dirección sin hacer mucho ruido.

Conocí a Austin en la presentación de una película.

La serie en la que había participado y de la que él era el protagonista había fracasado y se encontraba un poco fuera de lugar.

Nadie le hacía caso. Ni los periodistas ni los asistentes.

La gente en nuestro mundo te rehúye cuando intuye que vas a desaparecer, como si conocerte no mereciera la pena.

Yo no era mejor que los demás, pero él estaba cerca de donde se encontraban los miniperritos y me moría de hambre, así que fui a su lado y cuando estaba comiéndome el tercero le vi sonreír.

—¿A ti no te gusta comer? —le pregunté un poco indignada por su reacción. A veces a las artistas, en femenino, se nos juzgaba por la comida que nos llevábamos a la boca.

No era su caso. Pronto me lo aclaró.

—Soy vegano. Pero te cedo los que me corresponden y puedo hacerte la cobertura si quieres robar los de los demás —fue la primera frase que me dedicó.

Austin Sparks siempre había sido guapo, aunque el universo se lo reconociese desde hacía solo unos meses.

Rubio, pelo rizado, con un rulo que casi siempre le caía en la frente, ojos azules y labios generosos.

Alto, con una desgarbada delgadez que me resultó sexy.

Me fijé en los aperitivos que había alrededor y le pasé uno de los cuencos pequeños de ensalada.

—Lleva pollo —apuntó.

—¿No puedes retirarlo?

—Preferiría que no la hubiese tocado. —Señaló la lechuga y nos miramos.

Nunca había tenido problemas con mi sexualidad.

Siempre había sido bastante libre en ese aspecto.

Pero de un tiempo a esa parte estaba cohibida, sobre todo porque cada vez que me acercaba a alguien el recuerdo de Dacre retumbaba en mi interior y los besos ajenos me sabían a poco después de haber probado los suyos.

No me quedaba saciada. Sin embargo, con Austin no ocurrió.

Le contemplé y ningún otro rostro se interpuso entre él y yo.

—Pues sí que eres exigente.

—No sabes cuánto...

Aquella noche no pasó nada entre nosotros.

Puedes estar tranquila con tu sexualidad pero no desear follarte a cualquiera.

No funciona así. Nos conocimos y me cayó bien.

Me hizo reír. Su tiempo en la actuación se terminaba y el mío estaba en su mejor momento, de manera que comenzamos a coincidir en cada evento al que yo acudía como la estrella y él se aferraba a sus últimos segundos como invitado.

No creo que se acercase a mí por interés, que fue lo que se sugirió después.

Creo que a veces dos personas conectan, se atraen y no puedes huir de su fuerza.

Que eso es el amor. Una energía gravitacional o la llamada de dos imanes.

Porque yo le quise. Le quería cuando me descalcé en esa terraza donde la agradable temperatura te abrazaba y me deslicé con suavidad hacia el jacuzzi donde él permanecía de espaldas con la cabeza inclinada hacia atrás, presumiblemente con los párpados cerrados.

La primera vez que nos besamos fue en un taxi y la primera vez que nos acostamos fue esa noche, en su habitación de hotel.

Por aquel entonces Austin no vivía en Los Ángeles, no podía permitírselo, y yo no le quería llevar a mi casa.

No quería fabricar recuerdos allí con una persona que no sabía si permanecería en mi vida o sería solo un encuentro puntual.

Así, pasaron varios meses hasta que le invité, hasta que puso el primer pie en el interior de mi refugio, y reconozco que sufrí porque seguía enamorada de Dacre y sentí que le estaba traicionando.

Pero poco a poco esa presión aflojó (el hecho de no interactuar con mi antiguo compañero ayudó) y antes de que quisiera darme cuenta era natural ver a Austin en mi cama.

Nuestra relación avanzó y con ello llegó el problema.

A los rumores de que estaba conmigo porque yo era más famosa se sumaron las comparaciones.

Las dichosas comparaciones. Cuando eres actriz, cuando formas parte de una serie romántica juvenil en la que la pareja principal tiene la repercusión que tuvimos nosotros, parte de la audiencia se siente con poder sobre tu vida privada, y ese poder no se acaba nunca.

Quieren que termines con él, con Jude, con Dacre, da igual el tiempo que haya pasado, da igual lo que haya sucedido; vosotros sois su endgame y no aceptan a nadie más.

La audiencia es cruel.

Le hicieron bullying a Austin. Le ridiculizaron, le insultaron y llenaron las redes de vídeos míos con ambos en los que resaltaban las diferencias en mis expresiones que ellos (que no me conocían) veían (manipulaban).

Austin sufrió muchísimo por todo eso y yo llegué a odiar mi participación en Los nueve círculos y a todo su fandom .

Él lo pasaba mal en las alfombras rojas a las que me acompañaba, a pesar de que yo le apretaba la mano entonces y después, cuando venían los comentarios.

«Es que estamos hablando de que la chica estuvo con Dacre Stewart, nadie se le puede equiparar», mencionaron un día en un pódcast que, como siempre, pensaron que nosotros no escucharíamos, sin saber que el actor rubio era adicto a esos formatos.

Fueron meses complicados. Él nunca dudó de mí, pero sí dudó de sí mismo, y verle mal, a pesar de lo que se esforzaba por no estarlo y aparentar lo contrario, me quemó en las venas.

Por eso, cuando consiguió un papel protagonista en la película romántica de pocas pretensiones que terminó convirtiéndose en el inesperado bombazo de la temporada, me sentí entusiasmada por Austin, porque verle feliz, realizado y recompensado me alegraba los días, porque ser testigo de su triunfo para mí era como un éxito.

Así, los papeles se habían invertido cuando llegué aquella noche a Pacific Palisades y, aunque quería recuperar lo perdido, mi lugar, nunca tuve celos de lo que mi novio había logrado.

Le observé tan relajado en el jacuzzi que ni siquiera dudé en sumergirme en él con la ropa puesta.

Debía contarle que había aceptado, a eso se refería Laura con sus palabras durante nuestra despedida.

Pero no era tan sencillo. Austin se sentía inseguro frente a Dacre y perdía la objetividad.

Se había negado en rotundo desde que le había hablado de la posibilidad de participar, y había tratado de convencerme alegando motivos laborales.

«En tus circunstancias, que accedas a un reencuentro de ese tipo se vería como la confirmación de que estás desesperada, y una actriz desesperada es una actriz acabada».

Dudaba que mi participación fuese a provocar conclusiones tan extremas, pero no podía corregirle y utilizar los argumentos que Shonda me daba porque su relación con ella no era buena.

«Te está dejando caer», decía él de ella.

«Te está condicionando», decía ella de él.

Mi vestido flotó en la humeante agua y estuve segura de que Austin se había percatado de mi presencia, aunque no se inmutó.

Ronroneante, acudí a su encuentro. Quería besarle, deshacerme en él, abrazarle, quitarme la ropa interior y que nos fusionásemos hasta que el exterior y lo que me estaba ocurriendo en la vida dejasen de tener importancia.

Repito. Estaba enamorada. Le quería. Por eso cuando le besé, cuando mis labios encontraron los suyos, sentí que eran agua, que me hidrataban y aplacaban todos los males.

Los atrapé buscando su réplica, pero esta no llegó, o al menos no como esperaba.

Austin Sparks no movió la boca para corresponderme, la movió al tiempo que abría los ojos con una frialdad que no le reconocía para soltarme una frase lapidaria.

—Te han convencido.

Sin necesidad de que añadiera nada más supe que se había enterado de mi respuesta positiva.

«¿Cómo...? ¿Quién...?». Parpadeé y él lo vio.

Vio que era cierto y, lo que era todavía peor, que a lo mejor no se lo había dicho porque confiaba en que no tuviese que enterarse, en que el juego de Shonda que creía que ambas manejábamos se quedase para nosotras. Vacilé y fue mi perdición.

—Austin...

¿Qué le dices a alguien cuando está en lo cierto?

¿Cuando te demuestra que no eres mejor que tu ex porque tú también tramas cosas y se las ocultas?

Se levantó completamente desnudo y decepcionado, y antes de marcharse apuntó con la barbilla al móvil que descansaba desbloqueado en el borde del jacuzzi.

—Enhorabuena. Vas a intentar reflotar tu carrera de la forma más sencilla y mediocre que existe, gracias al fanservice .

Aquello estuvo fuera de lugar. Ahora lo sé.

Que se sintiese frágil ante Dacre no le otorgaba ningún derecho a juzgar de ese modo mi trabajo.

A juzgarme a mí. Nunca le había dado motivos para que creyese que el actor era una amenaza.

Durante todo el tiempo que llevábamos juntos jamás había intentado contactar con Dacre y le saqué de todos nuestros momentos para que solo le perteneciesen a él, a Austin.

La posibilidad de que entre nosotros ocurriese algo era irrisoria en comparación con la inmensidad con la que me había entregado a esa relación.

Sin embargo, Austin solo vio mi parpadeo, porque parpadeé, y sacó sus propias conclusiones, que a mí me hicieron sentir culpable al ser consciente de que no iba del todo desencaminado. Ver de nuevo a Dacre en la pantalla del teléfono que me había señalado no me dejó indiferente.

—Anda, recréate con su imagen —fueron las últimas palabras de Austin antes de irse.

Había dejado de seguir a Dacre en todas las redes sociales, aunque me constaba que llevaba años sin subir nada.

Incluso después de tanto tiempo, todo el mundo hablaba de su desaparición mediática.

Por eso ver su imagen renovada me sorprendió del mismo modo que me sorprendió que las manos me temblaran al coger el móvil.

Me dije que lo cogía para comprobar qué era lo que había alterado tanto a Austin de esa foto y no para reencontrarme con sus ojos verdes de serpiente.

De hecho, los pasé de largo. Pasé de largo la mirada, los labios y el recuerdo de su voz rota la última vez.

«Sadie...». Me concentré en el texto. Tomé una bocanada de aire y lo leí.

«Hola de nuevo, pecadores».

Dacre sabía lo que hacía. Siempre lo supo.

Aquella frase era una provocación, una insinuación, y él, lo suficientemente inteligente para conocer las conclusiones que el público febril ya había sacado.

El número desorbitado de likes de la publicación casi hizo que me marease y los comentarios entusiasmados me dieron ganas de vomitar.

Dacre lo había hecho. Nos había engañado.

Me había arrinconado en un callejón con pocas alternativas porque Rose Plec era una de las primeras personas que habían respondido al post con aplausos.

Muchos aplausos. Aun así, tuve que cerciorarme. Llamé a mi agente.

—Lo he visto, Sadie. Lo siento, nos la ha jugado.

Mis peores temores se confirmaron.

En ese jacuzzi supe que iba a participar en el reencuentro de Averno.