4. DACRE
DACRE
Si mi vida fuese una película tendría muchos plot twists de los que descolocan al protagonista.
El primero, cuando Shonda me encontró en aquel casino de Las Vegas.
De verdad, no me lo creería. Pensaría que se trataba de la ida de pinza de un guionista fumado.
Le seguiría toda la producción de Los nueve círculos , mi encuentro con Sadie y el modo en el que me moldeó con las manos, sin pretenderlo, como si yo fuese arcilla.
Sadie, Sadie, Sadie.
Años después continuaba siendo el giro más importante de todos.
Las obras de la casa de Chippewa Falls habían comenzado.
Tuvieron que tirar paredes, llenándolo todo de escombros y dejando la vivienda temporalmente inservible, así que cuatro días después de la visita de Freddie, regresé a Nueva Orleans, aunque antes me despedí de Logan echando unas últimas canastas con él, y se quedó con una expresión compungida. «Volveré, te lo prometo», le dije.
Cuando años atrás terminó el rodaje de Averno y me mudé a Nueva Orleans, no me fui a vivir con los Stanley. Al principio porque era muy pronto para volver a compartir techo con ellos, y más adelante por otro de los giros del guion de mi vida. Uno que, de nuevo, no vi venir.
Candice Evans se presentó en la puerta de mi apartamento una tarde de diciembre.
Vestía un jersey ancho a juego con un gorro rosa cubierto de purpurina violeta y me ofrecía una caja con galletitas de jengibre que sostenía entre las manos enguantadas.
Alcé las cejas sorprendido al reconocerla.
Nuestra relación no había sido lo suficientemente íntima durante el rodaje como para que se presentase allí, de forma que mi pecho me jugó una mala pasada envalentonándose.
Efectivamente, imaginé que se trataba de Sadie.
Que Candice estaba allí por ella.
Que en un arranque de caprichosa actitud infantil la había enviado para que hablase conmigo en su nombre, para que me sacase información, para que comprobase de primera mano cómo de dolido estaba después de lo que sucedió meses atrás, la noche en Pacific Palisades, cuando me trituró sin piedad el alma.
No sabía qué expresión quería mostrarle, no sabía cómo me sentía, así que fui directo a cerrarle la puerta en las narices sin remordimientos si su respuesta, como suponía, era sí.
—¿Te envía Sadie?
El problema vino porque en vez de ratificar mis sospechas se rio, una risa demasiado ronca y sarcástica que no recordaba haberle oído cuando coincidimos en las grabaciones.
—Si Sadie supiese que estoy aquí y el motivo, me sugeriría que huyera en dirección contraria. Probablemente tendría razón.
Me hice a un lado, confundido, y Candice entró. Recorrió mi piso con sus ojos oscuros entornados y dibujó una media sonrisa demasiado triste para estar limitándose a apreciar la decoración funcional con poco mobiliario por la que me había decantado.
—Podría ser peor —apuntó analizando mi gusto, más para sí misma que para mí—.
Es impersonal y frío, pero a eso sé ponerle remedio.
—Depositó los dulces en la mesa y se giró.
A esas alturas de la conversación yo estaba completamente desubicado—.
Vengo a proponerte que seamos compañeros de piso. Estoy embarazada.
Admito que, tras las palabras de Candice, me quedé paralizado. Descendí con la vista hacia su vientre y ella me contuvo.
—Lo que estás a punto de hacer es de muy mal gusto, Dacre. A ninguna embarazada le apetece que le evalúen el diámetro de la barriga.
Intercambié de nuevo mi mirada con la suya y supe lo que debía decirle:
«No».
«Búscate otra persona».
«Adiós».
Sin embargo, lo que salió despedido de mi boca fue otra cosa.
—Tienes dos meses. Voy a por la ropa de cama para la habitación de invitados.
Candice asintió con los temblorosos labios apretados.
No accedí por compasión. Accedí porque conocía la soledad y no quería desterrar a nadie a ella.
Si Candice hubiese tenido otra opción, no se había presentado en mi casa.
De existir una lista, mi nombre estaría en último lugar, y eso demostraba el grado de desesperación con la que, intuí, había venido.
—Toma. —Le tendí el juego de sábanas blancas y beis que había comprado al mudarme y todavía no había estrenado.
La imité—. Son impersonales, pero calientan.
—Esbocé lo que pretendía ser un gesto medio amable, pero mi hospitalidad acababa ahí.
En aquella época también yo estaba muy resentido con Sadie Sanders y cualquier cosa que me la recordase me producía rechazo.
Candice no me habló del padre de su futuro bebé esa noche cuando, después de hacerse la cama y dejar las maletas, cenó pollo asado y patatas fritas bañadas en un manantial de kétchup.
Tampoco mencionó lo mal que había ido la conversación con su conservadora familia o el hecho de que se moría de vergüenza ante la idea de que Sadie y Laura lo averiguaran, sobre todo la segunda, aunque vergüenza no era la palabra que definía sus motivaciones para no acudir a sus amigas.
Todo eso me lo contó pasado un tiempo, cuando compró las primeras cortinas estampadas porque aseguraba que necesitábamos intimidad.
«¿Por qué? En este piso no folla nadie», me burlé.
«Por ahora», me respondió ella, aunque su tono carecía de cualquier connotación sexual.
Entonces me contó que el padre no quería hacerse cargo, que la primera reacción de su familia había sido echarla de casa y que había encontrado trabajo en la ciudad como camarera en un restaurante temático de dibujos animados al que podría llevar a comer a Agnes cuando naciese y fuese algo mayor.
Cuando Candice soñaba lo hacía a largo plazo.
«Algunos fines de semana y festivos representan escenas de películas.
Podré seguir sintiéndome actriz». En lugar de soltarle «Ajá» y continuar leyendo el libro que tenía a mi lado o recordarle que le quedaban cinco días para que el plazo que le había dado venciera y todavía no la había visto buscar piso, le dije «Bien por ti», la niña se movió y en un arrebato Candice me cogió la mano para que le tocase la tripa.
—Lo está celebrando. —Se rio, y supe que nuestra convivencia iba a alargarse.
Con lo que no contaba era con que los dos meses se convertirían en cuatro años.
Con lo que no contaba fue con que me haría tan feliz.
Subí las escaleras del tercero sin ascensor y la alegría me invadió tan pronto como llegué al rellano.
Agnes sabía que yo no era su padre. Tampoco pretendía ocupar ese lugar.
Me llamaba «tío Dacre» y siempre, cuando yo volvía tarde, su madre la dejaba esperarme y, en cuanto oía que la puerta se abría, salía corriendo, arrastrando por el pasillo las enormes orejas del conejito de peluche que le regalé y al que también llamaba Dacre.
—¡Tío Dacre! ¡Tío Dacre! —comenzó a gritar con aquella lengua de trapo que poco a poco se iba afinando, y a mí algo me explotó en el pecho.
Dejé la maleta que había llevado desde Chippewa Falls y la esperé agachado con los brazos abiertos. Impactó contra mi cuerpo y quiso decir tantas cosas que no le entendí nada.
—Yo también te he echado de menos, peque.
Querer a Agnes fue lo más fácil que hice en mi vida, porque la quise desde el inicio, desde que Candice se puso de parto, la acompañé al hospital y me di cuenta de que las películas mienten y los bebés no nacen a los quince minutos de romper aguas tras cinco empujones.
En aquella habitación en la que aseguré que no me quedaría y en la que al final pasé varias horas, escuché a Candice gritar, deshacerse, insultarme y llorar, pero cuando la vio y lloró, cuando, después de un largo tiempo en el que se había olvidado de mi presencia, me la mostró, supe que iba a amar a aquella niña toda la vida, y que aquel amor era incondicional y siempre le pertenecería.
—¡Las zapatillas! —me recordó Candice desde la cocina, y me deshice de ellas.
A lo largo de los años habíamos adquirido normas, rutinas, y desprendernos del calzado cuando entrábamos en el piso era una de ellas.
Al principio mis zapatillas de andar por casa eran negras.
Sobrias. Cuatro años más tarde eran un par de unicornios violetas.
Candice y Agnes me las habían regalado por mi último cumpleaños.
Me las puse y acudí a la cocina, donde la actriz sacaba un delicioso pescado del horno, aunque también vi sobresaliendo por la basura los envoltorios del restaurante donde lo había comprado.
—No me juzgues —me pidió con una sonrisa.
—Ya lo he hecho —le respondí devolviéndole el gesto.
La cocina era mi territorio, nunca fue el suyo. Nos repartíamos las tareas.
Cené con Candice, le leí un cuento a la niña y me quedé tumbado a su lado hasta que su respiración se tornó regular y la fuerza con la que me agarraba la mano disminuyó.
Deposité un beso suave en su frente y salí de una habitación en la que la fuerza de Spiderman se mezclaba con la determinación de Anna de Frozen , sus dos personajes favoritos.
Luego fui al lugar en el que se encontraba Candice.
El piso que compartíamos en Nueva Orleans no era excesivamente amplio, pero tenía una terraza en la que entraban una mesa y dos sillas y a donde a veces salíamos a desayunar, comer o cenar. La hallé allí mirando el infinito.
Si alguien me hubiese pedido que definiese a Candice Evans, le habría dicho que era lo opuesto a mí.
Que, si yo era el color negro, ella era rosa chicle.
Que casi nunca se quejaba. Que me superaba en entereza.
Que en ocasiones la maternidad la asfixiaba y se preguntaba cómo habría sido su vida de no haber tenido a Agnes, y otras estaba convencida de que aquella niña era lo mejor que le había pasado.
Que solo sabía querer a los demás a rabiar.
Caminé hasta su lado y me senté en la silla vacía. Ella habló sin mirarme.
—¿Has encontrado la excusa?
Fruncí el ceño. Como respuesta, con la vista todavía clavada en el firmamento, me dedicó una sonrisa sin la que ya no sabría vivir.
—Desde que te ofrecieron el reencuentro andas buscando una para acceder a participar sin que parezca que traicionas tus principios y, por cómo me has mirado durante toda la cena y la manera sigilosa con la que has venido a hablar ahora conmigo, deduzco que por fin la tienes.
No me sorprendió que me conociera tan bien, lo que me sorprendió fue que no me importara y que incluso lo agradeciera.
—Freddie vino a hacerme una visita a Wisconsin. Amenaza con contarle a Sadie otra de mis miserias si no accedo a participar en el reencuentro y consigo que lo haga ella.
Candice asintió. Para los productores, su presencia en Averno había sido tan poco significativa que ni siquiera la habían contactado.
Por supuesto, que ella tuviera presencia y relevancia en el reencuentro sería mi primera condición en serio si accedía.
Ella lo sabía y, aunque quería participar en el rodaje, no deseaba que esa fuera mi motivación principal.
Permaneció un rato reflexionando y al final sentenció:
—Hazlo.
Arqueé las cejas.
—¿Traicionarla?
Rio y por fin me miró.
—No. Es más, se trate de lo que se trate deberías contárselo antes de que sea demasiado tarde, Dacre.
Aprender de tus errores, que fueron muchos y cada cual más grande.
Pero si quieres participar no tienes por qué negártelo.
Te has ganado el derecho a cumplir tus deseos.
Además, ya has jodido lo suficiente a Rose Plec para resarcirte.
Ahora lo mejor sería escucharte a ti mismo, a ver qué es lo que te apetece.
—Me palmeó un par de veces el hombro cuando se puso de pie y me dejó a solas con mis pensamientos.
Candice tenía razón. Más allá de la venganza y del placer que me producía molestar a Rose Plec, existía un motivo por el que me alegraba de que no claudicase y siguiera llamándome.
Y no era Sadie. Por una vez no se trataba de nuestra relación.
Se trataba de mí, de mis deseos profundos.
De que después de años probando diferentes alternativas extrañaba la interpretación.
Y tenía una oportunidad para recuperarla. Una . Para hacerla mía y hacerlo bien.
Saqué el móvil y me tomé un selfi ahí mismo, en aquella terraza, asegurándome de que ningún detalle pudiese revelar su ubicación.
Luego escribí un pequeño texto y después subí la foto.
Ya estaba hecho. Acababa de prender la mecha de la bomba.
Dejé el móvil encima de la mesa mientras ardía con las notificaciones y me relajé.
Puede que la motivación no fuese tan loable como me habría gustado, pero era válida.
Se trataba de mí, de lo que yo quería, de lo que necesitaba.
Concederme un deseo tras muchos años negándomelos.
Ahora solo restaba esperar la llamada que sabía que se produciría y soportar esa conversación sin anhelar arrancarme el puto corazón de cuajo.