3. SADIE
SADIE
Laura me recibió en el aeropuerto de Los Ángeles cuando la gira americana, y con ella toda la promoción de Libélula , terminó.
Al fin . Vino a buscarme para llevarme a casa.
Lo habría hecho Austin, mi novio, pero el revuelo que causaría ver a dos actores juntos y lo que implicaba (autógrafos, fotos, declaraciones) no nos merecía la pena.
O al menos eso dijo él. Y le creí. Se suponía que los dos estábamos de acuerdo, aunque cuando mi amiga me dio el abrazo que necesitaba de mi pareja comencé a dudar de mi conformidad.
Dudé de muchas cosas esa tarde, y también esa noche.
—Bienvenida —dijo Laura.
Los peores presagios no solo se habían confirmado, sino que habían superado nuestros escenarios más pesimistas.
Mala taquilla, malas críticas; ¿no suelen pinchar últimamente todas las producciones en las que participa Sadie Sanders?
Llegados a ese punto, ni el aparente colegueo con Rose Plec me consolaba.
Me quedé mirando a Laura al separarnos y le formulé la pregunta que me escocía en la punta de la lengua y palpitaba en mis sienes.
—¿La has visto?
Sabía que sería sincera y, al mismo tiempo, no me heriría.
—Sabes que sí. —Sonrió, y le planteé la duda que realmente me quemaba.
—¿Qué opinas?
Aunque tardó poco, fui consciente de cómo equilibraba la balanza haciendo malabares para decirme la verdad sin tapujos, pero evitando que el daño me anulara.
—Es presuntuosa como lo son todas las películas en las que sus directores se empeñan en demostrar que son genios y lo suyo, una obra maestra. Lo siento, Sadie, no creo que despegue. Ese director inútil ha hecho que fracase.
Asimilé sus palabras. No podría haberme ofrecido un resumen más perfecto de la situación. Sin más que añadir al respecto, las dos emprendimos el camino a su coche.
Al fiasco laboral había que sumarle un nuevo mazazo en mi amor propio.
Aquel fracaso empeoraría el problema que a esas alturas ya había asumido que sufría.
Ojeé a las personas que me dedicaban miradas más o menos disimuladas y me pregunté si mi paso por el baño para adecentarme habría resultado efectivo.
Tres años antes me había operado las orejas y me había adentrado en el universo del ejercicio y las dietas estrictas, y no lo hice por salud.
Quería estar bien. Lucir como una estrella.
Y el resultado de todos mis esfuerzos se redujo al titular que había leído esa mañana sobre mi asistencia a un desfile de moda en Nueva York: «Sadie Sanders, la única capaz de hacer que la alta costura parezca trapos de mercadillos».
Experimenté un escalofrío y ratifiqué una teoría.
Definitivamente, sí que necesitaba a Austin allí.
—¿Te importa que vayamos directas a Pacific Palisades? Estoy cansada.
Laura accedió mientras pagaba el ticket en la máquina.
Compuse una sonrisa a la par que la miraba.
Lo habitual era que nos tomáramos algo juntas antes de que me dejara en casa.
Teníamos una amistad sana. Bonita. La mejor de mi vida actual.
Habíamos conservado la relación después de Los nueve círculos y eso que nuestras obligaciones a veces complicaban que coincidiésemos.
Laura continuaba trabajando para Sky Blue.
Había aceptado el reencuentro desde el primer momento.
Por lo general grababa en los estudios que la productora tenía allí.
Yo rodaba casi siempre alejada de Los Ángeles.
De esta manera, aprovechábamos para vernos cuando nuestro tiempo libre coincidía, cosa infrecuente.
Sin embargo, al volver a verla nunca la sentía como una extraña.
Era más como regresar a casa, porque a su lado me atrevía a exteriorizar las inquietudes que se me atragantaban, igual que las personas hacen en su hogar cuando se quitan la ropa y las corazas.
—He aceptado participar en la reunión de Averno —le confesé en voz baja. Reconozco que podría habérselo contado por teléfono, pero una parte de mí anhelaba ver su reacción.
Habíamos hablado del tema una vez. Solo una.
Cuando me lo ofrecieron. Yo me desestabilicé un poco, a Austin se le frunció demasiado el ceño; conocía la opinión de Shonda y necesitaba la visión de alguien imparcial, aunque ella fuese de todo menos eso.
Laura quería que el reencuentro se celebrase, por el contrato que tenía con Sky Blue, y para volver a ver a Candice, la actriz con la que había estado tonteando de forma descarada durante el rodaje en el que nos conocimos y de la que llevábamos sin saber nada prácticamente desde el final de Averno .
Había tenido sus parejas después, pero la añoraba.
Me examinó con los ojos entornados y me apresuré a explicarle la situación. Una vez que hube acabado, se tomó su tiempo para encajarlo y luego solo dijo:
—¿Confías en Dacre?
Ni siquiera tuve que plantearme esa pregunta.
—Desde luego que no.
Su gesto suspicaz hizo que fuese consciente de algo que yo ya sabía. No confiaba en él, sabía que podía mentirme y, aun así, había depositado mi futuro en sus manos. ¿Por qué?
Si él me dejaba sin opciones me vería obligada a cumplir mi compromiso con Rose Plec.
Le había dado muchas vueltas. Demasiadas.
El hecho de que el actor hubiese confirmado a Shonda que se negaría no significaba nada.
Podía hacer lo contrario por placer, porque tenía la oportunidad o porque sí.
Por sentirse obligado, presionado o manipulado, aunque a esto último no le ganaba nadie.
Para evitar que se le considerase una marioneta.
Para vengarse por aquella última noche que pasamos juntos en Pacific Palisades...
Por un instante, recordé su mirada, los ojos verdes y el dolor que los cruzó.
Me estremecí. Tal y como llegó el sentimiento lo exterminé de mi mente.
Decidí que aquella noche no había sucedido, era ficción, un espejismo, como toda nuestra historia, porque lo que él y yo compartimos era fruto de sus engaños y su manipulación.
Los momentos falsos se desvanecen en la memoria de una persona, no existen, son mentiras que deben ser borradas.
Dacre y yo estábamos hechos de esos instantes que nunca fueron reales; estábamos hechos de la nada.
—No quiero que me traicione, pero si me la vuelve a jugar haré que se arrepienta.
Él era el mismo, pero yo no. Ya no se me aceleraría el pulso si coincidíamos en una sala repleta de cámaras a no ser que fuese alentado por el odio. A una parte de mí le atraía la idea de demostrárselo. Otra me pedía que rezara porque Dacre Stewart cumpliese su palabra.