2. DACRE
DACRE
No tomé una decisión de inmediato.
A pesar de que el discurso de Freddie me golpeó en ese momento, al día siguiente minimicé su impacto.
«¿Quiere contárselo? Que se lo diga», fue mi primer pensamiento al levantarme, pero a lo largo de la mañana lo fui moldeando.
Desayuné, salí a correr y a la vuelta tuve tiempo para echar unas canastas con Logan.
Hasta ese momento estaba seguro de que no cedería.
Fue en la ducha cuando las dudas me asediaron.
No era alguien inclinado a plegarme ante los chantajes.
Es más, el efecto que solían despertarme era el contrario.
Si alguien me decía «No hagas esto o...», inmediatamente lo hacía sin darle tiempo a terminar.
Para no arrepentirme. Para marcar mis límites.
Para no dejarme pisar. Que me lo estuviese planteando ya era extraño, que me lo estuviese planteando en serio, casi imposible.
«Porque en el fondo sabes que lo que hiciste no estuvo bien, Dacre».
Había tenido años para pensar en ello. Puede que no fuese mi pensamiento más recurrente. Al menos, no entonces. Sin embargo, al principio, cuando la herida todavía sangraba, era lo único a lo que podía darle vueltas.
Dejar Averno no fue heroico. Los actos heroicos salvan vidas. La gente te admira por ellos. Sadie no me admiraría si conociera la verdad. Tampoco se sentiría halagada. Sadie se sentiría traicionada por mí y por el puñado de personas en las que confiaba y durante años habían mantenido el engaño.
Recordaba aquellas semanas, las que precedieron a mi conversación con Shonda mientras pensaba en la fábula de la rana y el escorpión en aquella cena, cuando lo dejé.
Hubo presión, miedo generalizado por parte del equipo e incertidumbre propia.
Jamás me había sentido así. Tan inestable.
Nunca había experimentado las garras del amor clavándose en mi piel y haciéndome daño de camino al pecho.
Actué de manera precipitada en el poco tiempo del que dispuse.
Puede que si volviese al pasado hiciera las cosas de otra manera.
Puede que no. De lo único de lo que podía estar seguro era de que mi mayor error había sido actuar a espaldas de Sadie.
Debería haberle contado mis intenciones y haberla dejado decidir.
A fin de cuentas, no tendría por qué haber elegido lo correcto.
Podría haberme dicho que adelante, que dejase la producción en su beneficio.
En nuestro último encuentro, aquel que no aconteció en un plató sino en una terraza de Pacific Palisades, me sorprendió, ¿no?
Evité pensar en esa noche.
Salí de la ducha y programé el día.
«Que se lo diga», repetí en mi interior, pero acto seguido algo se quejó dentro de mi pecho, algo tan sencillo como que no quería que lo hiciera. Puede que lo que hubiese hecho estuviese mal. Lo estaba. Pero, con todo, era algo que deseaba proteger.
Querer como la quise me desmanteló por completo e hizo que años atrás actuara en contra de mi propia naturaleza egoísta y ambiciosa.
Amarla me condujo a no dudar en sacrificar mi carrera por salvar la suya.
Y eso era mío, quería cuidarlo, no podía dejar que me lo arrebataran.
Mientras solo fuera mi recuerdo sería bonito; cuando Sadie lo hiciese suyo se convertiría en una equivocación.
En aquel viejo salón me impuse dos condiciones si finalmente accedía. La primera, no cometer el error de volver a enamorarme de ella, y la segunda, no mentirle. Luego, cogí el móvil de encima de la mesa y desempolvé el número de un contacto al que llevaba mucho, demasiado tiempo, sin llamar.
Gascón seguía al pie del cañón. Había continuado trabajando después de Los nueve círculos , siempre en su papel de secundario, con personajes regulares y otros episódicos. Descolgó al cuarto tono.
—¿Te has confundido?
Su respuesta no me extrañó. A pesar de que al principio habíamos mantenido el trato, poco a poco las conversaciones se habían ido espaciando hasta que se contaba en años y no en semanas o meses el tiempo que llevábamos sin saber el uno del otro.
Eso no era sinónimo de que no le hubiese visto.
Gascón era asiduo a las fiestas y cuando le entrevistaban parecía cambiado por completo, muy animado.
—No.
—¿Te estás muriendo? —preguntó.
Gascón no solo se había transformado físicamente, también había asumido la personalidad del graciosillo al que siempre solía interpretar.
—Cuando hablo contigo es probable que tenga un pie más cerca de la tumba.
Escuché su risa de fondo. También música y gente hablando. Estaba acompañado.
—¿Qué querías? A mí se me echa de más, no de menos.
Lo que quería era el consejo de un amigo, de alguien involucrado en Averno , pero tal vez llegaba tarde.
—¿Te han llamado por el reencuentro?
—Sí.
—¿Qué has contestado?
—¿A unas vacaciones pagadas en Oregón? La duda ofende.
—Se hizo el silencio, porque Gascón no sabía cómo continuar.
Él susurró a alguno de sus acompañantes: «Es Dacre Stewart».
Con el apellido, para que me reconociese, así de impersonal.
Después regresó conmigo—. Aunque imagino que tendré que seguir costeándome el ocio porque te vas a negar...
—Vacilé un segundo, no más, y Gascón adivinó lo que sucedía—.
Hostia puta, vas a aceptar, ahora sí que sí te estás muriendo.
O necesitas un trasplante de órganos. O...
—¿Crees que haría bien?
Ignoré al personaje y apelé a que quedase algo de él debajo de ese nuevo cuerpo cubierto de tatuajes que desbordaba un vocabulario obsceno.
Aguardé y por un instante me pareció que reculaba, que aflojaba en la exageración de su caracterización, que incluso cogía aire para modular la voz hacia una tonalidad que yo reconociera.
Sin embargo, en el último momento se arrepintió de lo que estaba haciendo y dio marcha atrás, volviendo a ser aquel extraño gilipollas.
—Y yo qué sé, tío. Hace años que no hablamos. Ahora prácticamente eres un desconocido. Si me preguntas si a mí me vendría bien, la verdad es que la pasta me vendría de lujo. Pero no tengo ni idea de tus movidas.
Mis movidas.
Suficiente.
—Mira, perdona, no tendría que haberte llamado.
—No te disculpes e invítate a algo cuando nos veamos.
Con ese comentario tan frío nos despedimos.
Tomé asiento en el salón y pensé. Pensé, pensé, pensé.
Necesitaba encontrar una razón noble para aceptarlo, algo que no fuera Sadie o yo mismo.
Algo que no me hiciese sentir que con el paso de los años no había aprendido y continuaba siendo el mismo egocéntrico manipulador.
Algo más allá de las putas ganas que tenía de encararla y no dejarme pisotear esta vez, al contrario que la noche que nunca debería haber sucedido.