Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 4. DACRE
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4. DACRE

DACRE

El telón de la noche cayó sobre Wisconsin y con él vino un viejo conocido: el frío.

Me senté en el sofá, cerré la chaqueta de cuadros verdes y azules con forro que había encontrado en el armario de mi abuelo y hundí el tenedor en la caja con noodles que había comprado para cenar.

Estaba solo en la casa de mi abuela, que me pertenecía desde hacía bastante tiempo, pero hasta entonces no había prestado la atención necesaria.

Mientras cenaba hablaba por videollamada con los Stanley, mi familia.

—... y al verterlo... ¡Boom! Todo se ha desparramado.

Ha sido realmente asqueroso. —Cody, su hijo, mi hermano, emitió una sonrisa nerviosa.

Nos hablaba de su último experimento de ciencias.

A ese paso, terminaría volando por los aires la casa en la que vivían o coronándose como genio. Ambas opciones me parecían plausibles.

—Cuéntame más.

A modo de resumen, mi relación con los Stanley ya estaba arreglada e iba bien. Cuando Averno terminó para mí, porque el rodaje continuó, regresé al piso que tenía en Venice Beach hasta que no pude permitirme pagarlo. Luego, tras mucho pensarlo, volví a Nueva Orleans.

No me mudé con ellos. Habría sido precipitado y no nos habría ayudado.

Alquilé un apartamento modesto, un tercer piso sin ascensor, aunque los visitaba cuando podía, y acepté el trabajo que Juliette me ofreció en la empresa de su padre para saldar mi deuda, ya que Sky Blue no me dejó irme de rositas.

Me lo hicieron pagar. Aplicaron la cláusula por la que si me marchaba de manera voluntaria debía compensarlos.

Fue un castigo a la altura de lo que les hice perder.

Me valió lo que ya había ganado, renunciar a los royalties en adelante y un préstamo que hasta hacía unas semanas había tenido que devolver mes a mes con parte de mi sueldo.

Pero la condena había terminado y era libre de vengarme rechazando una y otra vez el reencuentro, para el que entonces me necesitaban, y recrearme en el proceso saboreando la palabra: «No».

Devolví la atención a la conversación. Cody continuó hablando de wendigos, los seres mitológicos de Wisconsin que te poseían con su espíritu maligno y te obligaban a llevar a cabo actos tenebrosos, hasta que Ian le interrumpió.

Estaba interesado en la obra que yo iba a llevar a cabo y, concretamente, le preocupaba que me timasen.

Consultaría con un amigo experto en la materia que tenía una empresa de construcción.

Estuve de acuerdo. Cameron, el que fue mi padre de acogida durante una etapa de mi vida, vivía en la casa contigua, y era él quien me había avisado del agujero en el tejado que había desembocado en la contratación de una cuadrilla para llevar a cabo una reforma integral de la vivienda.

Aquella obra me costaría tiempo y dinero, pero no tenía ningún otro plan para mi vida y me parecía un buen inicio.

El sonido del timbre puso fin a la conversación y me dirigí a la puerta.

Di por hecho que se trataba de Logan, el hermano menor de Cameron, uno de mis pocos amigos de Chippewa Falls.

Había sido profesional del baloncesto hasta que una lesión craneoencefálica le había apartado de las pistas.

Trabajaba en las afueras, en un aserradero que años antes había pertenecido a su familia, y desde mi regreso algunas tardes echábamos unas canastas en su garaje.

Abrí, convencido de que se trataba de él, repito, y me topé con un fantasma.

—¿Freddie? —vacilé extrañado.

—Me debes una, Dacre Stewart, y he venido a cobrármela.