2. FREDDIE
FREDDIE
Si cerraba los ojos entre las turbulencias que mecían el avión era capaz de volver a aquella tarde, la de la pesadilla.
El sofá blando y acogedor, las enormes piernas de Nate sobre mi regazo, la película de fondo, su sonrisa y mis ganas de lanzarme hacia él y besarle.
Mi madre sentada en el sillón de al lado, impidiéndolo con su presencia.
Llamaron al timbre.
Paramos la película mientras ella iba a abrir y le observé.
Había recibido los guiones de los dos próximos capítulos y parecía alicaído.
Mohíno. Fuera comenzaba a atardecer. Aparté sus piernas por mucho que me apeteciese el contacto y me dispuse a mantener una conversación seria, aunque tratándose de mí, de mi yo de aquel entonces , eso era complicado.
—Está bien, rubio del edén, ¿qué te ocurre?
Nate tardó en contestar. Criticar siempre se le atragantaba.
—Retoman la trama principal.
Ya lo sabía. Todo el mundo lo hacía. La partida de Dacre solo podía significar que el peso del romance volvía a recaer sobre los hombros de Rhett, el personaje interpretado por el chico que tenía a mi lado.
—No pareces especialmente feliz —apunté.
—No lo estoy. El argumento de Ira era más rico en solitario. Tenía arco. Ahora solo es un pecado enamorado. Su única función en la trama es querer a Libe —se sinceró.
Nate era el único actor que conocía capaz de alegrarse por perder protagonismo a favor del enriquecimiento interpretativo, del trasfondo de su personaje.
No supe qué decir y en mi mente no entraba defender lo evidente; con aquel cambio se cargaban la ficción porque, pesara a quien pesase, Jude y Libe eran quienes tenían más potencial en la serie, así que me encogí de hombros y atrapé de nuevo sus musculosas piernas.
—El amor no está tan mal. A nosotros nos divierte bastante.
Le dediqué una sonrisa pícara y mi madre llegó acompañada de un completo desconocido que hizo palidecer de inmediato al actor de casi dos metros que se sentaba conmigo.
Una sacudida azotó otra vez el avión y miré por la ventanilla que tenía al lado.
Minutos atrás habían anunciado el aterrizaje y estábamos bajando.
Atravesamos un banco de densas nubes y el paisaje se mostró diferente al de mi seca y soleada California.
Había llegado a mi destino. Los recuerdos me golpearon durante el último tramo del descenso y no tuve fuerzas para frenarlos.
De nuevo, retrocedí al pasado. Regresé a aquel salón en Santa Bárbara de cuatro años antes.
El chico que se presentó delante de nosotros no destacaba por nada.
Era pelirrojo, pecoso, guapo. Ojos claros, delgado, y sostenía una botella de agua que apretaba sobre el pecho.
Nada en él me llamó la atención. Deduje, erróneamente, que se trataba de un friki, alguno de los pecadores que por culpa del puñetero Dacre Stewart ahora conocían nuestra dirección.
Había engañado a mi hermana y filtrado información sobre mi madre a un periodista que la había puesto en el foco mediático hacía varias semanas.
Como consecuencia, los paparazis se habían apostado en la puerta de su casa durante días enteros.
Su domicilio poco a poco iba dejando de salir en los medios de comunicación, pero aún lo hacía de vez en cuando.
El cuerpo de Nate se puso rígido y traté de tranquilizarle.
—Solo quiere un autógrafo y alguna foto, y, míralo por el lado bueno, estando conmigo no te pedirá que le firmes en las pelotas. —Sonreí, pero él no me devolvió el gesto. Es más, ni siquiera me miró. Mi madre, claramente más perspicaz que yo en esos temas, comenzó a arrugar el ceño.
—Dice que te conoce.
Nate retiró las piernas que tenía sobre las mías, se levantó con mucha cautela y se dirigió al extraño con voz suave.
—¿Qué haces aquí, Rupert?
Reconocí el nombre en el acto. Era su ex, el de la relación tóxica que tanto daño le había hecho. A diferencia de mi novio, el pelirrojo estaba muy alterado.
—Me dijiste que nunca estarías preparado para una relación, que te había incapacitado —escupió mientras Nate se adelantaba unos pasos con los brazos en alto y las palmas extendidas para tranquilizarle.
—Cálmate, ninguno de los dos quiere que hagas una tontería.
Mi madre se separó entonces del pelirrojo y me dedicó una significativa mirada para que me quedase en mi sitio.
No la obedecí.
El tipo no me daba miedo y tampoco me producía la animadversión que había esperado sentir cuando le tuviese delante.
Es más, parecía completamente fuera de sí, desorientado, y supongo, solo supongo, que en el fondo me dio lástima.
La imagen que presentaba era la de alguien que necesita ayuda.
Me encaminé hacia él e ignoré a Nate cuando me pidió que me quedase en mi sitio.
—Freddie...
—Vamos, amigo... —dije. Me disponía a echarle un brazo por encima de los hombros, llevarle fuera, al balancín tal vez, y llamar a las autoridades pertinentes para que se hiciesen cargo.
Si había algo incuestionable en aquel salón era que Rupert no estaba bien.
Paseó la vista desde mi oferta hasta su ex y le quitó el tapón a la botella de agua que custodiaba como si fuera Gollum en El Señor de los Anillos.
Después la separó de su pecho con manos temblorosas—.
Vale, perfecto. Beber te irá bien —le alenté.
En ningún instante tuve sensación de peligro.
—Dijiste que no podrías querer a nadie como me quisiste a mí —recriminó a Nate, y al segundo las facciones se le endurecieron conforme añadía—: Y ahora nadie te va a querer a ti porque todos verán que eres un monstruo.
Creía que el contenido de la botella era agua. De otra forma no sé si me habría interpuesto cuando, en un gesto que en un principio me pareció infantil, le lanzó el líquido a la cara. Pero lo hice. Me puse en medio. Y el chorro aterrizó en mi rostro y lo deformó para siempre.
La sacudida final del avión al tomar tierra me devolvió al presente.
Lo agradecí. El recuerdo del olor a carne quemada y el lacerante dolor que experimenté por el ácido antes de desmayarme no era algo que me apeteciese revivir.
Aguardé hasta que la señal del cinturón se apagó y me puse de pie.
Automáticamente se formó una cola para salir.
Me sumé a ella y el niño que tenía delante se giró.
Al encontrarse con mi rostro, a pesar de tener la cabeza cubierta por una capucha para ensombrecerlo, exclamó entusiasmado:
—¡Te pareces a Deadpool!
Su madre le oyó, se dio la vuelta para pedirme disculpas y al ver mi cara bajó la vista de inmediato.
—Lo siento mucho —me dijo, y se volvió hacia su hijo—. Kevin, no seas maleducado.
A mi antiguo yo aquella situación le habría hecho gracia.
Se habría quitado la capucha y quizá le habría gritado «¡Buuu!
» para asustarle y después se hubiera partido de risa.
Pero no quedaba nada de ese Freddie. Hundí las manos en los bolsillos de mi sudadera negra y aguardé a que la fila avanzase.
No llevaba equipaje. Tampoco me hacía falta.
Pasaría poco tiempo allí. El justo y necesario para volver a verle y exigirle algo a lo que él no se podía negar.