Cada maldito segundo (Algo como nosotros 2) 1. SADIE
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1. SADIE

SADIE

La proyección de la película en el festival terminó y las luces de la sala se encendieron.

Tomé una bocanada disimulada de aire durante el parpadeo que duró el silencio.

Luego, quise tirar una pared abajo y huir, pero sonreí.

Me puse de pie, metida en el papel, igual que los espectadores que se levantaron a la par y nos ovacionaron.

El resultado de Libélula , secuela de Caballito de mar , era una basura.

Lo sabía casi todo el equipo, el público e incluso la pantalla en la que se había proyectado.

Todo el mundo menos nuestro flamante director, que sonreía orgulloso de su increíble hazaña.

Había destrozado un proyecto que prometía ser un éxito.

Me mordí la lengua para no decir nada de lo que con total seguridad me arrepentiría y mantuve el gesto.

Habíamos grabado dos finales. El aceptable, que remontaría un poco una producción que por lo demás no había por dónde cogerla, y el presuntuoso, el que finalmente fue seleccionado.

—La crítica nos va a despiezar como a un cerdo en una carnicería —susurró a mi oído Harry Lofland, mi compañero de reparto, con una sonrisa tan ancha y falsa como la mía.

La prensa especializada estaba en esa misma sala, entre las personas que chocaban las manos, y, por sus caras, no tenía ninguna duda de que el actor llevaba razón.

—Hablamos más tarde. —Me cuidé de que ninguna cámara captara mis palabras y trabajé para no alterar la expresión. Que Libélula fuese un fracaso era para mí como un golpe en el bazo.

Continuamos con el protocolo establecido. Es decir, nos dimos la vuelta para devolver los aplausos y cuando me quise dar cuenta estaba allí arriba, en el escenario del inmenso cine, acompañando al director, a Harry y a parte de la productora.

—Les ha gustado —murmuraba el hombre que nos había conducido al desastre.

Nuestra película era uno de los estrenos más esperados de la temporada e iba a pinchar.

En menos de un mes, dos a lo sumo, estaríamos fuera de sala; serían pocas las plataformas que se interesarían en pujar por meterla en su catálogo, y lo harían con ofertas muy bajas.

No habría retorno. El dinero no se recuperaría.

Ni siquiera nos acercaríamos a la cifra que los productores habían invertido.

Y era una cifra de las que mareaban. Así pues, habría que buscar algún culpable. Y yo era una buena candidata.

Sentí un escalofrío gélido y punzante que me llenó de furia, malestar y angustia.

Las últimas dos producciones en las que había participado no habían despegado al ritmo esperado.

Eso situaba una estratégica diana sobre mi cabeza.

Si algo había aprendido a lo largo de los años era que en Hollywood nadie asumía responsabilidades, mucho menos las personas como el satisfecho director que se encontraba a mi derecha.

Los éxitos eran propios y los fracasos, algo que atribuir a otros.

De esta manera, achacar que el naufragio se debía a que la actriz protagonista ya no ejercía el efecto llamada para llenar las salas parecía sencillo, una opción que tener en cuenta si nada mejor se les ocurría.

Me esforcé para que la sonrisa que debía lucir no abandonase mi cara mientras repasaba en mi mente los actos que me quedaban por delante en aquella especie de agonizante tortura promocional.

Asistiría a la fiesta de esa noche, no me quedaba otra, era en nuestro honor, y al terminar me marcharía a la habitación de mi hotel en San Sebastián.

A la mañana siguiente me despediría de España, aunque aún me quedaban quince días más en Europa, luego una semana en Estados Unidos, y podría regresar a la casa que tenía alquilada en Pacific Palisades a lamentarme o a descargar toda mi frustración con el saco de boxeo que Austin, mi novio, se había comprado.

«Aguanta, Sadie, aguanta», me dije.

Después de dos años seleccionando con acierto excelentes papeles, la puntería de Shonda y la mía propia habían fallado.

Varias veces . Y comenzaba a pasarme factura.

El siguiente proyecto que eligiéramos era vital.

Sobre la mesa teníamos varios guiones. La adaptación de una obra clásica, una serie disruptiva y...

Me negaba a hacer el reencuentro de Averno .

Sería algo que jamás sucedería. Podría inventarme un listado de razones, pero la realidad era que no quería ver a Dacre.

La mera perspectiva de hacerlo... me encendía a todos los niveles. Y ninguno era bueno.

Recordaba al actor. Claro que lo hacía. Era una de las imágenes a las que recurría cuando en el set quería traer de vuelta las emociones negativas más profundas y enrevesadas.

Emplearle para mi trabajo estaba bien, le daba un uso a su paso por mi existencia, pero en la vida real le quería lejos.

Por eso me había negado, iba a negarme y me negaría.

El reencuentro no era una opción plausible, aunque Shonda pensase que se trataba de una gran idea que me ayudaría a descansar y a volver a ilusionarme con la profesión.