Mi mujer #3
—Lo sé. Se lo han olido ustedes. —Casi sonrió—.
Pero tengo un detenido en flagrante, tres denunciantes cuando hablen, y un sótano con tres celdas y una reja.
Eso no hay lejía que lo limpie, inspectora.
Con eso abro diligencias, y las abro yo.
Es lo que le dije el martes que necesitaba, y no esperaba que me lo trajera usted el mismo día en que le pedí que se quedara fuera.
—Lo sé.
—Me alegro de que no me hiciera caso. No se lo diré dos veces. —Miró el reloj—. Su nombre va a estar en el atestado. El oficial lo ha apuntado, y ha hecho bien. Y antes de que cenemos, va a tener a su comisario encima, preguntándome por la salud de su mujer.
Valeria no dijo nada. Las palabras «su comisario» se le quedaron pegadas en el pecho. Bravo la dejó callar un rato y luego bajó la voz.
—Si necesita no volver a casa esta noche, tengo un sitio. No es un hotel. —Dudó—. ¿Va armada?
—Mi pistola está en la caja de seguridad de casa. La llave la tiene mi marido.
Bravo se quedó un rato con el café en las manos y no dijo lo que pensaba. Valeria se lo agradeció.
—Si no vuelvo, sabrá que lo sé.
—Ya lo sabe, inspectora.
—Sabe que estuve. —Se levantó—. No sabe lo que sé.
Bravo la miró subirse la cremallera del anorak hasta la barbilla.
No le contestó. Al volverse desde la puerta de las ambulancias, Valeria vio que la fiscal seguía sentada en la silla de plástico, con el segundo café intacto en las rodillas y la tapa puesta, mirando la tele sin sonido, donde una señora seguía hablando con las manos de una campaña que todavía no había empezado.
Segunda parte
Calle de las panaderías, 21:34.
Entre las siete y las nueve y media Valeria no hizo nada que mereciera la pena contar.
Cogió cuatro autobuses que no le hacían falta.
Se sentó en un banco del paseo de las Delicias, con las manos entre las rodillas, a mirar pasar las bicis, y allí lo repasó todo, como se repasa un atestado, por orden y sin adjetivos.
15:19, entra en el garaje. 15:43, el chico.
15:47, la cabina y la cara de la otra. 15:53, la voz del telefonillo.
15:56, la calle. Todo en su sitio y con su hora.
Lo único que no le cabía en ninguna línea era la pequeña, mirando el balcón del segundo, dándole las gracias a una mujer que ni siquiera la había sacado ella.
Se quedó con eso un buen rato. Luego le empezaron a temblar las manos otra vez y se las metió debajo de los muslos y se sentó encima, como cuando era niña y la reñían.
Después entró en un bar de Lavapiés donde no la conocía nadie, pidió una caña y una tapa de tortilla, se comió la tortilla de tres bocados porque llevaba desde el desayuno sin tragar nada, y la caña se quedó en la barra con la espuma ya muerta.
—¿Mala tarde? —preguntó el camarero, un cincuentón con el paño al hombro, que tenía pinta de preguntárselo a todo el mundo.
—Larga.
—Pues aquí para eso hay tortilla. —Se la rellenó con un trozo más, sin cobrárselo, y se fue a atender a un grupo de chavales que pedían raciones a voces.
Valeria se quedó mirando el trozo de tortilla un momento, y se lo comió. En la tele del bar, sin sonido, pasaban imágenes de otras campañas, de otros años, de gente con la mano levantada y un fondo de banderas. Alguien dijo que esa noche empezaba todo. Valeria pagó y se fue.
Tenía que llegar tarde, pero no demasiado. Ramiro llegaba siempre pasadas las diez, y Rivas llevaba ocho horas en el Seat contando ventanas. No hacía falta engañarlos mucho. Solo hacía falta que nadie se hiciera preguntas que no tuvieran respuesta.
Dio un rodeo por una calle paralela y se asomó a la esquina desde un portal, a veinte metros, sin pararse del todo.
Allí estaba el Seat León gris, aparcado donde siempre, con los cristales algo empañados por dentro.
Rivas se veía como un bulto grande en el asiento, la cabeza ladeada, la brasa del cigarro subiendo y bajando a intervalos.
Llevaba una hora larga en esa postura, tal vez más.
Tenía un termo en el salpicadero y un bocadillo a medio comer, y en la cara esa expresión de los hombres que cobran por esperar.
Valeria pensó que no le tenía rencor. Los dos hacían lo mismo, cada uno en su lado: mirar una puerta.
Le pasó por delante la sombra de una señora con un perrito, y Rivas ni se movió. Valeria dio la vuelta.
En la plaza vio una furgoneta blanca con una escalera atada al techo y rollos de cartel envueltos en plástico, aparcada en doble fila a la espera de que dieran las doce.
Dos tíos con chaleco fosforito fumaban apoyados en el capó.
Se acabó el descanso, pensó. Quince días de caras en las farolas, y ella con una cara que ya no era suya del todo, desde las cuatro menos cuatro de aquella tarde.
La panadería de los turnos estaba a cinco minutos de su casa y a cuatro de la calle donde no la miraba nadie. Compró una barra. La dependienta le dio el cambio y le dijo que hacía frío. Era lo primero normal que le decían desde las tres.
El portal no cerraba bien desde hacía años y esa noche se lo agradeció.
Cuatro pisos de escalera que olían a coles, con la luz de temporizador que se apagaba justo cuando llegabas al rellano.
Arriba, la puerta de hierro de la azotea, con el cerrojo que ella misma había dejado descorrido por la mañana.
La grava crujió bajo las suelas. Hacía un frío limpio, de noviembre, y desde aquella altura Madrid se veía entero: las grúas con su lucecita roja, la cúpula de la Almudena, miles de ventanas encendidas y en cada una alguien con su cena y su cosa, sin saber nada de ella. Se paró un momento. Nunca se paraba.
Pensó en la mujer del bastón.
Le había visto la cara a la luz de una linterna de tres euros, tapada con la palma de la mano, en el fondo de un montacargas, durante cuatro minutos.
Veintiocho años, el pelo cortado a la altura de la barbilla, unos ojos negros que no se quedaban quietos y una mano izquierda vendada con un trozo de manga.
Una cara de la que no se te olvida nada.
«Y tú eres la del tique», había dicho. Valeria no había entendido hasta ese momento lo del tique.
Ahora sí. Alguien se había quedado con su número en un papelito de aparcamiento y había esperado unos días a ver si servía de algo.
Elena Soto Marín. Lo había dicho entero en su cabeza, y solo en su cabeza, las veces que hizo falta. Era la única persona del mundo, aparte de Nacho, que sabía ese nombre. No lo había pronunciado nunca en voz alta. No pensaba empezar esa noche.
Cruzó el murete bajo con una pierna y luego con la otra.
Al otro lado estaba su azotea, con la ropa de la vecina del ático tendida y tiesa de frío, una sábana que se movía sola.
Abrió la puerta de la escalera con la llave que se había llevado a las diez de la mañana y bajó sin encender la luz, con el pan bajo el brazo.
En el rellano de su casa metió la llave de la puerta, y entró.
En el recibidor colgó la de la azotea en el cuenco de Talavera, junto a la del buzón.
Era el único cuenco que había comprado Ramiro en su vida, en un viaje que hicieron el primer año, y lo había envuelto en tres capas de periódico para que no se rompiera en el coche.
Si Ramiro miraba el cuenco, vería lo que había visto todos los días de los últimos cinco años.
En el dormitorio se quitó el anorak, el jersey y los vaqueros.
Todo fue a la bolsa de la ropa sucia, menos el anorak.
Los guantes de nitrilo, envueltos en papel de cocina, fueron al fondo de la basura.
Cosida en el forro, la placa le pesó un instante en la mano.
La dejó en el cajón de la plancha, debajo del cuaderno de tapas duras, junto a la bolsa de congelación con el pelo largo y casi negro y el sobre con la bolsa del pañuelo.
El prepago lo apagó antes de guardarlo. Se sentó un momento en el borde de la cama con las manos entre las rodillas.
La mujer del bastón estaría ya lejos, o en un portal, o en un autobús, con una bota atada con un cable de auriculares.
No había nada que saber de ella: era lo que habían acordado. Valeria se levantó.
El móvil de siempre seguía en la mesilla, boca abajo, donde lo había dejado a las ocho de la mañana. Cuatro llamadas perdidas. Tres eran de Ramiro, a las cuatro y cuarto. Las dejó en la pantalla.
Ducha. Agua casi hirviendo, el champú dos veces.
Se restregó las manos hasta ponerlas rojas y aun así le olían a goma.
Cuando salió, se miró en el espejo empañado, y con la mano le hizo un hueco en el vaho.
Una cara de cuarenta años, con ojeras y el pelo mojado pegado a la frente.
Probó una expresión. Cara de jaqueca. Cara de haber pasado el día en casa con una pastilla.
Cara de «cariño, ¿qué tal en la Delegación?
». La tercera le salió bien. La primera, no: tenía todo el aspecto de alguien que se ha pasado la tarde en una sala de espera.
Se recogió el pelo en el moño bajo de siempre, se puso un jersey azul de cuello caído, el de los Reyes, y fue a la cocina.
Puso a hervir agua para una sopa de fideos, batió dos huevos para una tortilla francesa, cortó la barra por la mitad.
El cuchillo golpeaba la tabla a un compás que no era el suyo.
Lo dejó. Lo volvió a coger. Cortó tomate.
A las diez y veinticinco oyó la llave en la cerradura.
* * *
Cocina, 22:26.
Las llaves cayeron en el cuenco con un golpe seco.
Valeria escuchó el golpe, y escuchó lo que vino después, que fue nada.
Ramiro no se movió del recibidor. Estaba mirando el cuenco, o no estaba mirando nada.
Pasaron cuatro segundos, que en una casa vacía son poco y en aquella cocina fueron una hora. Después, los pasos por el pasillo.
—Cariño.