Cacería (Elena Malasangre 4) Mi mujer #4
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Mi mujer #4

Entró quitándose la corbata. El traje gris, la camisa blanca algo arrugada en el cuello, el pelo peinado hacia atrás con la raya en su sitio.

Le dio un beso en la sien. Olía a vainilla de perfumería barata y a un jabón de hotel, como los jueves de los últimos dos años, y Valeria dejó que le oliera el pelo un segundo más de lo que correspondía, sin mover la cara.

Era jueves. Pensó en una frase escrita en un cuaderno, con una cruz al lado, y se fue a mirar el fuego.

—Dijiste que hoy había lío en la Delegación.

—Y lo hay. —Fue a la alacena, cogió el vaso corto y la botella, y se sirvió de pie, sin hielo, como siempre—. Pero hoy me ha parecido feo dejar a mi mujer cenar sola con jaqueca.

—Es solo un poco de cabeza.

—Te llamé a las cuatro y cuarto. Tres veces.

—Estaba dormida. Había apagado el timbre. —Se volvió hacia el fuego—. Me tomé una pastilla.

—Rivas dice que no has bajado en todo el día.

—No he bajado.

—Qué bien. Tanto descanso. —Se llevó el vaso a la boca, y por encima del borde su mirada fue un segundo hacia el techo, hacia la azotea, y volvió—. Llevas una semana de esas, ¿eh?

Encendió la radio de la encimera. Lo hacía siempre al llegar, sin preguntar, como se enciende una luz: un clic y una tertulia de las de la noche, tres tíos pisándose, hablando de lo que iba a pasar a las doce con la campaña.

Valeria tuvo que mirar el cazo para no mirarlo a él.

Era la misma voz. La misma tertulia, la misma emisora, la misma risa del que siempre hace de listo.

La había oído a las cuatro y media a través de una puerta blindada, y antes, a las tres y media, por el hueco de un montacargas.

Cuarenta emisoras en el dial y las dos pegadas a la misma.

No dijo nada. Puso los platos, la sopa, la tortilla. Se sentaron. Ramiro comió despacio, partiendo el pan con las manos, y de vez en cuando tosía dos veces, seco, corto, con el puño delante de la boca.

Aquella tarde, en el fondo de una cabina de montacargas, Valeria había oído una tos de hombre que bajaba por el hueco entre una pared y otra, y se había concentrado en no ponerle cara.

Se la puso ahora. Tenía la cara delante, con la cuchara en la mano.

La tos de todas las madrugadas, contra la almohada, a un palmo de su oído.

Siguió comiendo. Pelando la mandarina del postre, puso la frase del telefonillo, abre a los de fuera, llevan cinco minutos tocando , aplastada por el cable hasta quedarse sin dueño, al lado de cómo hablaba Ramiro cuando algo le importaba: bajo, sin prisa, con la voz cayéndole al final de cada frase.

Cabían una dentro de la otra. No era una prueba. Para ella bastaba.

La cocina era pequeña y se había llenado de vapor.

La ventana, empañada, goteaba por el cristal, y todo olía a caldo de fideos y a vainilla, las dos cosas peleándose en el mismo aire.

Valeria hizo cuentas mientras se acababa la sopa, como hacía siempre que se sentaba delante de un testigo hostil.

Si él lo sabía todo, no estaría allí cenando.

Si no sabía nada, no estaría tan amable.

Quedaba el medio. Que lo supiera y quisiera verle la cara.

Que supiera y esperase. Que fuera de los que dejan correr el cable para ver hasta dónde llega.

Y para eso había una sola respuesta, la misma de siempre: comportarse como cada jueves, ni mejor ni peor, y que fuera él quien se equivocara.

Ya está, pensó sin poder evitarlo, y le sorprendió lo poco que dolía.

Había creído que, cuando llegara el momento de saberlo, se le caería algo por dentro, que el suelo haría un ruido.

Y el suelo seguía donde estaba. Lo que había era una calma rara, de domingo por la tarde, de tener ya hecha la maleta.

Cinco años de cenas tardías. Cinco años de «Te quiero bien», que le dijo la primera vez en un hotel de Toledo, con el abrigo todavía puesto, a media voz, soltándolo de golpe.

Eso se lo había creído. Le sorprendió pensar que a lo mejor se lo había creído él también.

—Ha sido un día raro —dijo Ramiro.

—¿Sí?

—Un lío en un garaje de Chamberí. Unos compañeros de uniforme se encontraron con una inspectora de baja, con la placa en alto, dando órdenes.

—Se levantó, se sirvió otro dedo de whisky y se quedó de pie junto a la mesa, con la cadera apoyada en el borde—.

Y una fiscal por teléfono. De las de jersey de punto.

La he llamado yo hace un rato, por cortesía.

Me ha dicho que la inspectora se había portado. «Portado». Esa palabra.

—Qué cosas.

—Pelo casi blanco, dicen. Recogido bajo. —Le miró el moño, sin prisa, y le tocó la sien con el dorso de dos dedos, donde tenía las canas—. De lejos, por lo visto, se te parecía.

—¿A mí?

—Por el moño.

—Llevo así el pelo desde que nos casamos.

—Lo sé, cariño. —Sonrió con los ojos arrugados—. Te quiero bien. Y el chico detenido, fíjate, jura que eran dos. Dos mujeres, una con un palo. Los de uniforme dicen que una.

Un palo, pensó Valeria. Un bastón. Se mordió la lengua por dentro, con los dientes, hasta notar un poco de sangre, antes de que la palabra le subiera a la boca.

—Alguien se equivoca.

—Siempre alguien. —Cogió un gajo de mandarina del plato de ella—. El viernes llegaré tarde, por cierto. Tengo un compromiso que no puedo mover.

—¿Los viernes también?

—Esta semana, sí.

—¿Y la fiscal qué quería?

—Ser amable. Yo también. Nos hemos dado las buenas noches los dos con mucha educación. —Se limpió los dedos en la servilleta y le puso la palma de la mano en la frente, ancha y tibia, como a una niña con fiebre—. ¿Todavía te duele?

Valeria aguantó. Contó los segundos, uno, dos, tres, mientras los dedos se quedaban donde estaban, sin apretar nada, y pensó que aquella mano había firmado esa misma tarde algo que ya no se podía deshacer.

Y que se lo iba a seguir poniendo en la frente cuando tuviera fiebre.

Las dos cosas eran verdad a la vez, y eso era lo que más le jodía.

—Un poco —dijo.

—Mañana la ciudad va a ser un cartel de arriba abajo. Yo ya tengo ganas de que pase. —Retiró la mano—. Te hace falta dormir.

Se quedó mirándola un momento. Tenía los ojos de siempre, de color de whisky, y esa manera suya de mirar que dejaba a todo el mundo con la impresión de que estaba siendo comprendido.

Valeria se la había visto usar con testigos, con jueces, con la mitad de Jefatura.

Con ella la usaba de otra forma, con un cuidado de cirujano.

Recogieron la mesa juntos. Él secaba, que era lo único que hacía en la cocina, y lo hacía bien, con el trapo doblado en cuatro, plato a plato, sin prisa, y colocaba cada uno en su sitio sin preguntar.

A Valeria le dio por fijarse en eso. En las manos.

Anchas, con el anillo de boda y el reloj de la jura, las uñas cortadas a ras.

Unas manos de las que no se esperaría que hicieran daño a nadie.

Fue a decir algo más, y el móvil negro, sobre la mesa, vibró contra la madera. Una vez, dos. Ramiro lo giró con un dedo, leyó la pantalla sin cambiar de cara y se lo guardó en la mano.

—Es de trabajo. Tengo que contestar.

—Claro.

Salió de la cocina con el vaso en la otra mano.

Valeria oyó sus pasos por el pasillo, el clic de la luz del baño, la puerta que se cerraba.

Nada más. Se quedó con un plato a medio fregar y el agua corriendo.

En la radio, los tres de la tertulia se reían de algo que había dicho uno de ellos.

Los jueves le habían enseñado lo que hacía Ramiro con una puerta cerrada: nada, diez minutos, y luego silbar al salir.

Cuando no sabía qué hacer con las manos, a Valeria le bastaba con hacer lo que hacía siempre.

Cerró el grifo. Se secó con el trapo y salió al pasillo.

* * *

Pasillo, 22:51.

La puerta del baño no estaba cerrada del todo.

Una raya de luz amarilla en el suelo, de un dedo de ancho, y detrás el rumor de la cisterna y la voz.

Ramiro no dejaba nunca la puerta del baño entornada.

No supo si se le había olvidado, o si no.

Se quedó a un metro, pegada a la pared, bajo su abrigo claro colgado de la percha, con el trapo en la mano y el corazón en las orejas.

Desde allí veía, al fondo, la puerta del dormitorio abierta, la cama hecha y las dos almohadas.

Debajo de la de él, cada noche, el móvil negro.

Cinco años durmiendo a cuarenta centímetros de aquella voz sin saber de qué hablaba cuando bajaba el tono.

—Sí, Duque.

Un silencio largo. Ni una tos.

—Ya la tengo. La de la cámara y la de la acera son la misma. —Otro silencio—. Eso ya lo sé. No me hace falta que me lo digas dos veces.

Valeria no se movió. En la cocina, la radio se había quedado sola con su risa. Del otro lado de la puerta, el vaso tocó la loza del lavabo con un tintineo corto. Cuando Ramiro volvió a hablar lo hizo despacio, sin subir la voz, con la tranquilidad con la que se pide un café.

—Sí, mi mujer. El viernes, en Pinto.