Mi mujer #2
—Lo hemos encontrado atado a la reja con su propio cinturón —dijo el agente—. Y amordazado con un calcetín.
—¿Con un calcetín? —repitió el oficial.
—De lana. De los gordos.
—Que conste en el atestado —dijo Valeria—. Con la marca, si la tiene.
El chico la miró al pasar, un segundo, y volvió a mirar el suelo. Veinticinco años. Si lo hubiera visto en un bar, habría dicho que estudiaba algo.
* * *
Portal de Bretón de los Herreros 14, 16:34.
Subió detrás del oficial y de un agente, a pie, porque el ascensor tenía una de esas puertas de madera con cristal que hace ruido de lata cuando se cierra y Valeria no quería anunciarse.
El portal era de los que ya no hay: suelo de mármol gris, buzones de latón, una maceta con un ficus que alguien regaba, y olor a cera.
Un edificio de gente con la vida resuelta.
Debajo de los pies de esa gente, a ocho metros, había tres puertas de chapa con candado.
Bravo había sido clara por teléfono: nadie entraba en ninguna vivienda sin orden de un juez. Llamar a la puerta sí. Mirar, sí. Valeria no iba a tocar nada, y lo dijo en voz alta para que el oficial lo oyera. Iba a mirar.
En el segundo, dos puertas. La A, con un felpudo de «Bienvenidos» y una plantita de plástico.
La B, blindada, gris oscura, sin felpudo ni nombre, con una mirilla redonda y un timbre de los de botón negro.
El agente llamó tres veces con los nudillos, con ese golpe fuerte y seco que ya tiene todo el mundo en el cuerpo.
Nadie contestó.
Detrás de la puerta, a todo volumen, había una radio.
Una tertulia de media tarde, de esas en las que se pisan unos a otros y hablan todos a la vez, y alguien repetía que la campaña arrancaba esa misma noche, a las doce, que se iban a ver caras en cada farola.
Valeria apoyó la oreja en la hoja. La madera de una puerta blindada es fría y le dio un escalofrío en la sien.
Olía a café recién hecho, de cafetera de las de aluminio, y debajo del café, a lejía.
—Está limpiando —dijo en voz baja.
—¿Qué?
—O ha limpiado. Huela.
El oficial olió. Era un hombre grande y se agachó con cuidado, por las rodillas. Hizo un gesto con la cabeza.
—Si quiere, esto lo abrimos —dijo, y miró a su compañero—. Con una palanca, en un minuto.
—No. —Le salió más fuerte de lo que quería—. Sin auto, lo que saque de ahí dentro no vale un duro. Se lo va a comer cualquier abogado de oficio en dos minutos. Y después le abren a usted un expediente por allanamiento.
—¿Y entonces?
—Entonces esperamos al juez.
—Cuando venga el juez no va a haber nadie.
—Ya lo sé.
Lo dijo mirando la mirilla. Alguien estaba mirando por el otro lado, o la había tapado con el dedo, o no había nadie, y Valeria no tenía manera de saberlo.
La radio hablaba sola. Una radio puesta a ese volumen con la casa vacía es la manera más barata de que una casa parezca ocupada, y también la de que una casa parezca que no ha salido nadie.
Alguien había pensado en eso. Alguien con tiempo, en los cuarenta minutos que habían pasado desde la voz del telefonillo.
Se abrió la puerta de la A. Una mujer de setenta y pocos años, con bata de cuadros, zapatillas y la cabeza llena de rulos, asomó un ojo por la rendija sin soltar la cadena.
—¿Es por el ruido?
—¿Qué ruido, señora?
—El de la radio. Hoy la tiene alta, pero normalmente no.
Normalmente no se oye nada. —Miró el uniforme, miró la placa de Valeria, y se le soltó la lengua—.
Yo siempre pensé que eso era una oficina.
Una sociedad, o algo. Viene gente de noche, ¿sabe?
Baja alguien a las tantas con bolsas. Ni un ruido.
Un señor educado, que da los buenos días en la escalera y no te mira.
Yo no he visto nunca a nadie entrar. Solo salir.
—¿Un señor?
—Un señor, sí. De unos cincuenta, o por ahí. —Se encogió de hombros—. Con traje, ya sabe. Hoy no lo he visto.
—¿Tiene otro portal este edificio?
—Por la calle de atrás. El de servicio, que da al patio.
Dos portales. A Valeria le pasó por la cabeza, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, su propia casa, con el Seat gris de Rivas delante y el Renault gris detrás, vigilados los dos y los dos inútiles si alguien sabía por dónde mirar.
Le dio las gracias a la señora. La señora le preguntó si había pasado algo grave y Valeria le contestó que no, que seguramente no, que se metiera dentro y cerrase.
Bajaron por las escaleras. Al pasar delante del buzón del 2.º B, Valeria miró la ranura. Ni nombre. Ni una carta asomando. El apoderado de la sociedad cobraba seis mil euros al mes por un piso donde no vivía nadie.
* * *
Urgencias del Hospital Clínico San Carlos, 17:20.
La llevó en la patrulla el agente joven, el que le había cortado el paso a la muleta, porque el oficial se quedaba en la calle y no quiso que fuera sola en un taxi. No hablaron en todo el trayecto. En un semáforo de Santa Engracia, el chico la miró por el retrovisor y le dijo:
—Dos años en el cuerpo, inspectora. Y nunca me habían mandado a una cosa así.
—A mí tampoco.
—Seguro que sí.
—Pues sí. —Le gustó que se riera—. Pero hace mucho.
Desde las cinco y veinte, Valeria estaba en una silla de plástico de la sala de espera de Urgencias, la que queda a la salida de los boxes, justo delante de una tele con el sonido quitado y los subtítulos mal sincronizados.
Una tertulia de las de la tarde, con tres señores y una señora hablando con las manos.
El hospital olía a desinfectante y a abrigos mojados, aunque no llovía.
Tenía enfrente, en una pared, un cartel de lavado de manos, y debajo, un tipo con un brazo escayolado que dormía con la boca abierta.
Tres cortinas verdes, una al lado de otra, y detrás de cada una, una mujer.
Bravo había llegado a las cinco y media con un maletín y una funcionaria de Policía Judicial de las suyas. Había mirado a Valeria un segundo, había dicho «Ahora» sin más, y se había metido tras la primera cortina. Desde entonces no había vuelto a salir.
A las seis y cuarto, la enfermera apartó la tercera para dejar pasar a la joven, la de la camiseta de baloncesto, que salía con una bata de hospital y la bandeja de plástico todavía debajo del brazo. Iba al baño, con la enfermera pegada a su codo. Al pasar delante de Valeria, se paró.
Se miraron un momento. Tenía unos veinte años, el pelo ya seco y revuelto, unas ojeras de las de no dormir hace meses, y los ojos de alguien que lleva mucho tiempo mirando una puerta.
—¿Hoy es jueves?
A Valeria le dio un vuelco algo por dentro, y no supo por qué.
—Hoy es jueves.
—Entonces ya no me toca.
Lo dijo sin pena, sin alivio, como quien lee un papel. Se quedó un segundo más, esperando, por si había una respuesta mejor, y Valeria no la tuvo. Dijo «No», y fue lo único que le salió: «No. Ya no te toca». La joven asintió, apretó la bandeja contra la bata y siguió detrás de la enfermera.
Valeria sacó el cuaderno. Escribió «jueves. Entonces ya no me toca ». Se quedó mirando el papel. Después, sin que nadie se lo pidiera, le puso al lado una cruz, para acordarse de preguntar cuando hubiera alguien que pudiera contestar. Ni se le ocurrió pensar otra cosa. Ni quiso.
El prepago vibró en el bolsillo a las seis y veinte. Nacho: Dime que estás bien. Mi madre dice que le ha dado un pálpito y no para de santiguarse. Contestó con una mano, deprisa, sin mirar a nadie: Estoy bien. Hoy no escribas más. Y lo apagó.
A las seis y cuarenta y dos se abrió la tercera cortina.
Valeria vio a la pequeña sentada en la cama con las rodillas contra el pecho y una pulsera de hospital en la muñeca, todavía con el abrigo gris de hombre por encima, porque no había querido quitárselo.
La pequeña la vio a ella. Movió la cabeza una vez, de lado a lado, despacio.
No. No he dicho nada. Valeria sostuvo la mirada y asintió con la barbilla, y se acabó. Después la cortina se cerró.
Bravo salió con el abrigo mal abrochado, las gafas rojas con su cadena colgándole sobre un jersey con un agujero en el codo, y dos cafés de máquina.
No le dio ninguno a Valeria. Se bebió el primero de pie, de un trago, y se sentó a su lado con el segundo café en las rodillas y cara de esperar un tren que ya sabe que viene tarde.
—Sus fotos llegaron a las cuatro y cinco —dijo—. Con la hora y todo. Me han venido bien.
—¿Qué dicen?
—Las tres, que las sacó una señora de pelo blanco.
Sola, y con una placa. La pequeña lo ha repetido cuatro veces, para que se me quedara.
—Bravo la miró de reojo—. Ninguna ha querido dar todavía su nombre, y no pienso arrancárselo esta noche.
Cuando duerman lo darán, y entonces lo tendré yo y no Jefatura.
—¿Y el chico?
—El chico dice que eran dos. Dos encapuchadas, una con un palo, que le pegaron en la rodilla y lo ataron con su propio cinturón. —Bebió—. Tres mujeres dicen que fue una. Un chico con la rodilla rota, que dos. Hay una discrepancia que no pienso resolver esta noche.
Valeria se miró las manos. Llevaba aún los guantes de nitrilo en el bolsillo del anorak, y los dedos le olían a goma.
—No voy a preguntarle por la tercera persona —dijo Bravo—. Todavía.
Por el pasillo pasó una camilla con las ruedas sueltas y se llevó el ruido consigo.
—El segundo B —dijo Valeria.
—Los agentes subieron a las cuatro y media, ya lo sé, usted iba con ellos.
Llamaron tres veces. Había luz y una radio puesta, y nadie abrió.
—Bravo se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz con dos dedos—.
Para entrar en una vivienda necesito un juez, y el de guardia me ha dado las nueve de la mañana, que es lo mejor que ha podido.
Voy a tener el auto a esa hora y voy a estar en la puerta con él.
—A las nueve de la mañana ese piso va a estar limpio.
—Lo sé.
—Huele a lejía.