Mi mujer
Primera parte
Lo malo de salir a la calle con la placa en alto es que luego hay que decir algo.
Valeria había tenido tres segundos en la penumbra del garaje para decidir cómo hacerlo, y había elegido la placa antes que la voz. La voz se discute. Un escudo con un número, puesto a la altura de la cara, se discute más despacio.
Empujó la puerta pequeña del portón con el hombro y salió la primera.
Detrás venían las tres, tan pegadas que parecían una sola persona con seis pies: el roce de unos calcetines de lana gorda contra el cemento, el chancleteo de unas chanclas, y unas zapatillas de felpa blanca, de las de hotel, que no hacían ningún ruido.
La luz de la tarde le dio de lleno y la dejó ciega medio segundo. Llevaba más de una hora a oscuras y se le llenaron los ojos de agua. Cuando volvió a ver, la calle estaba llena de gente que esperaba otra cosa.
El Jeep negro, en doble fila, con el motor en marcha y las lunas tintadas.
Un coche patrulla subido a la acera con el rotativo azul y sin sirena, y otro atravesado detrás.
Cuatro uniformados repartidos entre los dos, con las manos en el cinturón y cara de haber recibido una orden que no entendían.
Enfrente, en la puerta de un taller con la persiana a medias, un tío con visera y un cigarro que se le quedó a medio camino de la boca.
Olía a frito del bar de la esquina y a gasóleo.
Un chaval en bici se había parado en la acera de enfrente con un pie en el suelo, a ver qué pasaba.
Pasó por debajo de la cámara del portón, la de la lucecita verde, y no se tapó.
Había decidido eso abajo, con las manos todavía en el gorro, y se había quitado el gorro y la bufanda y los había metido en el bolsillo del anorak.
Si salía con la cara tapada era una más de las que venían a llevárselas.
Con la cara descubierta era una policía, y una policía es un problema para quien no la espera.
El precio era que su cara se quedaba en una cámara que no era suya. Ya lo pagaría.
No miró hacia los tejados. Era lo único que no se podía permitir mirar.
Se paró a cuatro metros de los uniformados, lo justo para que la placa se leyera desde allí.
—Inspectora Valeria Cortés, Jefatura. —Se lo dijo al más viejo, un oficial canoso con la gorra echada hacia atrás y los pulgares metidos en el cinturón, el único de los cuatro que había mirado la placa en vez de mirarla a ella—.
Necesito una ambulancia para estas tres mujeres, ahora mismo, y que nadie entre en ese garaje hasta que llegue la fiscal.
—¿Qué fiscal?
—La que va a venir. Dígame su número de placa.
El oficial no se lo dijo. Miró por encima de su hombro, y Valeria no tuvo que girarse para saber lo que veía, porque lo llevaba pegado a la espalda.
La mujer de la horquilla rezaba sin voz, solo con los labios, con un jersey morado que le llegaba a las caderas y los pies en calcetines.
La joven tenía el pelo mojado pegado a la nuca, las chanclas llenas de polvo, una camiseta de baloncesto de hombre y la bandeja de plástico agarrada contra el pecho, como si le fueran a quitar eso también.
Y delante de las dos, la pequeña: un abrigo gris de hombre con los puños doblados tres veces, unas zapatillas blancas de hotel y un cardenal en el pómulo de dos semanas, que ya iba por el verde.
El oficial se quitó la gorra y se quedó con ella en la mano, sin saber dónde ponerla.
—Oficial. —Del Jeep se había bajado un hombre con una muleta bajo el brazo y una rodillera por encima del pantalón. Una cicatriz le asomaba por el cuello del plumón. Valeria no lo había visto en su vida—. Esa mujer está de baja. Lo sabe todo el que tiene que saberlo.
Eso fue lo que le dio frío. No el Jeep, ni los coches, ni el tío de la visera. Que un desconocido con una muleta, en una acera de Chamberí, supiera lo que solo se sabía en Jefatura y en su casa.
—De baja médica. —No lo miró—. La placa me la quita un expediente, y no tengo ninguno. Oficial, su número.
—Oiga, ¿usted quién es? —preguntó el oficial al de la muleta.
—Colaboro con Jefatura. Esto es cosa de una brigada, y ustedes están de apoyo. No se líen.
—A mí nadie me ha dicho de qué brigada.
El de la muleta dio otro paso hacia Valeria. Un agente joven se le puso delante con el brazo atravesado, sin mirarlo, como quien corta el paso a un borracho en la puerta de una discoteca, y el hombre tuvo que parar.
Junto al Jeep se había quedado otro, más alto, con un esparadrapo en la ceja y el antebrazo vendado, las manos a la vista y esa quietud de quien está esperando una orden.
Tampoco a ese lo había visto nunca. Valeria sacó el cuaderno de tapas duras del forro del anorak, con la mano libre, y apuntó el número del oficial cuando este, por fin, se lo dio.
Pidió el del compañero de su derecha. Luego el siguiente.
El tercero tardó en dárselo. El cuarto miró al de la muleta antes de darlo, y Valeria escribió también eso, con letra grande: miró a la muleta .
—Voy a llamar a la fiscal Bravo. Usted se pone cuando yo le diga.
El prepago tenía dos rayas. Las primeras del día.
Marcó la línea directa de la tarjeta, que se sabía de memoria desde el martes, y mientras sonaba oyó que el de la muleta levantaba su móvil de lado, a la altura del pecho, con el codo pegado a la costilla.
Una foto. Siguió mirando al oficial. Si le daba la cara al objetivo, la foto salía mala, y si se la quitaba, salía buena, así que no hizo ninguna de las dos cosas.
Se quedó como estaba. Que sacara la foto de una mujer que espera.
—Bravo.
—Cortés. Bretón de los Herreros, 14, Chamberí.
Tengo conmigo a tres mujeres que estaban retenidas en un sótano del edificio y necesitan una ambulancia.
Hay dos patrullas y cuatro agentes que han llegado con un civil, y no sé quién los ha mandado.
El oficial no sabe a qué viene. Necesito que hable con él.
—Pásemelo.
Le tendió el aparato. El oficial lo cogió con las dos manos y se lo puso en la oreja.
—Sí, señora fiscal. —Escuchó—. Sí, señora. Sí. —Escuchó más. Se había puesto derecho sin darse cuenta—. A sus órdenes.
Valeria dio dos pasos hacia el borde de la acera, sin soltar la placa.
Con el pulgar de la mano libre buscó en el menú la carpeta de fotos y las mandó, una detrás de otra, al correo que ponía en la tarjeta de Bravo.
El chico y el Altea. El chico y la manga del abrigo.
La puerta del medio. La barra de la primera tardó en llegar a la mitad.
A su espalda, la pequeña le había agarrado el puño del anorak con dos dedos, y no lo soltó.
La radio del hombro del oficial carraspeó.
— Zeta cuatro, de Central. —Una voz de mujer, muy tranquila, de las que dan una orden como quien pide la hora—. Zeta cuatro, retírense de esa dirección. El servicio lo lleva Jefatura. Cambio.
El oficial miró la radio. Miró el móvil que tenía en la otra mano. Miró a Valeria, y luego, un segundo más largo, al de la muleta, que había bajado el suyo.
—Central, de Zeta cuatro. —Apretó el botón—. Tengo a la fiscal Bravo al teléfono. Me quedo en la dirección hasta que ella diga otra cosa.
— Zeta cuatro, repita.
—Que me quedo.
La radio no dijo nada más. El de la muleta volvió a montarse en el Jeep sin darse prisa, arrastrando la pierna, y el alto cerró su puerta con mucho cuidado, como si hubiera un niño durmiendo dentro.
El coche arrancó despacio, giró en la esquina y dejó un olor a gasóleo flotando en la calle.
El de la visera tiró el cigarro, se metió en el taller y la persiana bajó entera detrás de él.
Se acabó. Eso fue lo que pensó Valeria, y le pareció una tontería, porque no se había acabado nada. Acababa de empezar. Pero se le aflojaron las rodillas igual.
—Nos llamaron a las tres y veinte —dijo el oficial, ya sin el teléfono, con la gorra todavía en la mano—. Aviso de Central: apoyo a Jefatura, traslado de personas. Ni una palabra más.
—¿Traslado de personas?
—Eso me dijeron.
—Anote quién se lo dijo.
—Ya lo he anotado.
Y la calle, que hasta entonces había hecho como que no veía nada, se puso a mirar.
Se abrió un balcón. Salió una mujer del bar de la esquina con el delantal puesto y una manta de sofá en los brazos, de cuadros, y sin preguntar nada se la echó por los hombros a la del jersey morado.
«Pobrecilla», dijo. «Pobrecillas». Otra vecina bajó con una botella de agua.
El chaval de la bici seguía allí con el pie en el suelo, y a un gesto del oficial se fue.
El oficial mandó a dos agentes al garaje con las linternas y a un tercero a la esquina, a cortar la calle.
Se puso a hablar a gritos con el 112 y se le notó el alivio, porque por fin tenía algo que hacer con las manos.
La ambulancia del SAMUR llegó a las 16:11, con la sirena puesta y sin necesidad.
Valeria entregó a las tres, una por una, a una médica de chaleco naranja que preguntó el nombre de cada una y no consiguió que ninguna lo dijera.
La de la horquilla se dejó sentar en la camilla.
La joven seguía con la bandeja de plástico pegada al pecho, preguntó si podía quedársela y nadie entendió para qué.
Valeria sí, y le dijo que podía. La pequeña soltó por fin el puño del anorak.
—Gracias —dijo, y miró hacia la fachada de ladrillo, al balcón del segundo, con una atención que Valeria prefirió no seguir.
La ambulancia cerró las puertas y giró la esquina.
Solo entonces Valeria notó que le temblaban las rodillas, y que llevaba un buen rato apretando la placa con tanta fuerza que se le había dormido la mano.
Se apoyó en la pared del portal, esperó a que pararan, y el oficial, delante de ella, hizo como que miraba la radio.
A las 16:20 salió del garaje el agente que había bajado primero. Traía al chico del Altea del brazo, cojeando de la pierna izquierda, con las manos esposadas a la espalda y sin los auriculares. Tenía el pómulo hinchado y, en la boca, la marca de una tela.