Cara a cara #3
La mujer de la horquilla asintió sin dejar de rezar. La chica del baloncesto dijo «vale» a la nada. La pequeña se paró un momento delante de Elena y dijo, solo para ella:
—Gracias por no romper el cristal.
Elena no supo qué contestar.
Desde la última columna las vio cruzar el garaje: la mujer del pelo gris, cojeando con los calcetines de Elena sobre los suyos; la chica con la bandeja aún en la mano, que nadie había pensado en quitarle; la pequeña con el abrigo de hombre y las zapatillas blancas, y por delante de todas, Valeria, sin bufanda ni gorro, con el moño bajo y sus canas.
Pasó bajo la lucecita verde. Levantó la barbilla hacia ella, despacio, y siguió andando.
* * *
Hueco del montacargas, 15:57.
El chico tenía los ojos abiertos y la miraba por encima del calcetín. Elena le arrancó del cuello el cable de los auriculares, lo cortó con la cuchilla y se ató con él la bota izquierda, sin cordón desde el portón: tres vueltas y un nudo doble. El chico no se movió.
Abrió la hoja de la reja, entró en el hueco y la cerró por dentro, y echó la cadena a ciegas, por tacto, como había hecho la otra.
Trepó por los barrotes de la jaula, con la mochila colgada del hombro derecho y la mano izquierda hecha un gancho, hasta apoyarse en el techo de barrotes y alcanzar el primer pate.
Hollín y ladrillo húmedo, y el olor a aceite viejo que bajaba de los cables.
Los pates estaban fríos y flojos de óxido.
Los agarraba con la derecha, enganchaba el siguiente con el codo izquierdo y empujaba con las rodillas.
Contaba los hierros para no contar otra cosa.
Diez. Veinte. La mochila rascaba el ladrillo con un ruido de lija y se paraba cada vez que ella lo hacía.
Los hombros le ardían. La mano mala había dejado de dolerle, y eso era peor.
Hacia el pate treinta, en la pared de la izquierda, apareció una puerta de chapa con una rendija amarilla en el borde.
Era el 2.º B. Elena se pegó al ladrillo, a un pate de la raya.
Del otro lado llegaban una radio con un debate de voces cruzadas, una cucharilla contra una taza y la respiración de un hombre que esperaba y no tenía prisa.
Habló en voz baja, hacia un móvil o hacia nadie:
—No. A la fuerza no. Que esperen fuera. Yo no bajo.
Una voz de hombre de mediana edad, serena, de quien reparte órdenes sin levantar el tono. Elena pensó en la R. de la libreta. Lo pensó y lo dejó donde estaba, porque colgada de un pate no tenía manos para sostener también eso.
Subió despacio, un hierro por cada respiración de él. La raya amarilla le cruzó la cara y se quedó debajo.
Otros treinta pates sin una puerta más, entre el ladrillo ciego de los pisos de arriba, hasta que el cuadrado gris se hizo trampilla de hierro, con un borde de luz y un pestillo por dentro.
Lo corrió con el pulgar, empujó con el hombro y salió a cuatro patas a una caseta de ladrillo con una máquina grande, una polea del tamaño de una rueda de camión y los dos cables que corrían por ella. Se quedó de rodillas, resoplando.
Debían de ser las cuatro. La máquina arrancó sin aviso, con un golpe de relé.
La polea empezó a girar, el suelo vibró bajo las manos de Elena y los cables se pusieron a correr por el tambor hacia arriba.
Muy abajo subía una cabina vacía. Elena se apartó de la polea y se quedó mirando el hueco abierto, con una sola idea: un minuto antes.
Tiró de la puerta de la caseta, que tenía un cerrojo por dentro, y salió al sol bajo de noviembre.
Una azotea de grava y betún, con un tendedero sin ropa, tres antenas y un depósito de gasoil. Nadie. Fue hasta el murete de atrás, el que daba a la calle de los coches, y se asomó.
Desde allí la calle era una franja estrecha.
El Jeep negro, los dos coches patrulla, la luz azul girando sin ruido contra las púas del convento, el hombre del mono con el cigarrillo olvidado en los labios.
La puerta pequeña del portón verde estaba abierta.
Delante, en la acera, con el brazo derecho en alto, Valeria; la placa le dio un destello al sol.
Llevaba allí un minuto largo, a juzgar por cómo estaban todos.
Las tres mujeres se apretaban a su espalda.
Los uniformados se habían parado en seco.
El más viejo había dado un paso adelante con la gorra en la mano, y otro se había llevado la mano al cinturón y la dejaba ahí.
Valeria hablaba sin bajar el brazo. Quique intentó adelantarse cojeando con la muleta y un agente le cortó el paso con el brazo extendido, sin llegar a tocarlo.
Elena aguantó la respiración. Nadie miró hacia arriba.
Quique metió la mano en el bolsillo de la cazadora, sacó el móvil y levantó el brazo. Elena no pudo oír el clic. Vio el pulgar contra el cristal y, al otro lado, a una mujer sin bufanda ni gorro, con la placa en alto y la cara entera a la luz, tan pequeña a esa distancia que cabía en una uña.
Dos fotos ya, una del techo del garaje y otra de un bolsillo, y las dos en manos de los mismos. Elena se subió al murete y saltó a la azotea de al lado.