Cara a cara #2
La tercera puerta no tenía raya de luz ni olor a nada. Elena giró la llave sin prisa, quitó los pasadores y abrió entera.
La pequeña estaba sentada en el colchón con las rodillas contra el pecho y el abrigo de hombre por encima, igual que la había visto por un tragaluz de Coslada. Alzó la cabeza. Reconoció la capucha antes que la cara y la cara después.
—La del cristal.
—Sí.
—Dijiste que ibas a abrir.
—Y tú dijiste que no.
La pequeña desenroscó la mano de las rodillas y la abrió delante de Elena, como a las doce y cincuenta y dos: tres dedos, con las uñas mordidas hasta la carne.
—Éramos tres —dijo—. Si me sacabas del coche, aquí se quedaban dos.
Elena tardó un segundo en entenderlo. Se había pasado la tarde haciendo cuentas para sacar a una sola, y la chica, en un asiento trasero, con un abrigo encima de la cabeza, había hecho la cuenta de las tres.
Le tendió la mano izquierda, la mala, porque era la que tenía libre. La pequeña se la cogió con la suya y apretó. Dolió hasta el codo. Elena no la retiró.
* * *
Garaje, 15:53.
El móvil del chico vibró contra el cemento, boca abajo, y Elena lo notó en la planta del pie. Valeria le dio la vuelta con la punta de la bota. En la pantalla rota, un número sin nombre y una llave dibujada. Nadie contestó. Se calló.
Medio minuto después empezó a sonar el telefonillo de la pared, un zumbido largo y feo que rebotó en todas las columnas. Las tres mujeres se arrimaron a la pared. Valeria lo descolgó antes del tercer zumbido y se pegó el auricular a la oreja sin decir una palabra.
Elena, a su lado, oyó el graznido aplastado por el cable y después la frase entera, porque el hombre la dijo despacio:
—Abre a los de fuera. Llevan cinco minutos tocando.
Miró a Valeria. La cara no se movió: ni la mandíbula, ni los párpados, nada. Colgó el auricular en su gancho con dos dedos, igual que se cuelga un abrigo, y a Elena le llamó la atención lo quieta que se había quedado, y lo apuntó.
Dos golpes secos y lejanos llegaron desde el final del pasillo, en la puerta pequeña. Y una voz de hombre, ronca de fumar y de reírse de sí misma:
—¡Chaval! ¡Que somos nosotros!
Elena la conocía. La había oído en un mercado de Maravillas, con una rodilla rota y una navaja de muelle en la mano, decir un nombre propio: Era Samuel .
Fue hasta el pasillo con el bastón pegado a la pierna, sin que la bota sin cordón sonara sobre el hormigón, y puso el ojo en la mirilla de latón de la puerta pequeña.
La lente deformaba la calle de atrás y la devolvía entera, abombada: el muro del convento con sus púas de cristal, la persiana a medio subir del taller y, en la puerta, el hombre del mono manchado de masilla y la visera de plástico, fumando.
El mismo que había mirado a Elena hacía cuarenta minutos y había perdido el interés tan pronto.
Ahora lo entendió: no lo había perdido. Había visto lo que necesitaba.
Delante, atravesados en la calzada, un Jeep negro de lunas tintadas y dos coches patrulla de la Policía Nacional, uno de ellos con la luz azul girando sin sirena contra el muro.
Cuatro agentes de uniforme. Y pegado a la puerta, a medio metro de la mirilla, de espaldas, un hombre rapado con una muleta bajo el sobaco y una rodillera sobre el pantalón, con una cicatriz blanca en la nuca.
Detrás de él, el alto, con esparadrapo en la ceja y el antebrazo vendado de la muñeca al codo.
Elena volvió sin hacer ruido.
* * *
Garaje, 15:55.
—Un Jeep y dos patrullas. Cuatro de uniforme. El de la rodilla rota y el alto, que no son policías. —Hablaba rápido y bajo—. Esperan a que el chico les abra. Y no va a abrirles.
—Lo sé —dijo Valeria.
Se quedó callada lo que tardaron en cruzarse dos respiraciones.
Elena la miró mientras pensaba. Tenía en el bolsillo de la sudadera un ticket de supermercado con una lista a lápiz.
1. Sin policía , subrayado hasta rasgar el papel.
3. Una voz que no sea la mía. Estaban en la misma hoja, a dos líneas una de otra, y nunca se le había ocurrido que pudieran acabar siendo la misma persona.
—Salgo yo —dijo Valeria—. Con ellas, por la puerta pequeña, con la placa en la mano y la cara descubierta, delante de cuatro agentes y de todas las ventanas de enfrente.
A un agente le sale barato obedecer un teléfono.
Le sale caro poner la mano encima de una inspectora delante de tres mujeres y de un vecindario.
—¿Y el de la muleta?
—El de la muleta no lleva uniforme. Delante de ellos, no puede.
—Te va a hacer una foto.
—Me la va a hacer. Y esa cámara también, cuando pase debajo. —Se había quitado la bufanda y la doblaba con calma—. Si salgo tapada soy una más de las que vienen a llevárselas.
—Es una mala idea.
—Es la única. ¿Y tú?
Elena miró el hueco del montacargas.
—Los cables van arriba. Tienen que acabar en una polea, y la polea estará en el tejado. Hay pates.
—Eso pasa por delante del 2.º B.
—Por delante. No por dentro.
—Hay alguien arriba.
—Hay un hombre esperando a una chica que no va a subir. —Elena se echó la mochila al hombro y se apretó las correas con la mano buena.
—Tú no has estado aquí —dijo Valeria.
—Nunca he estado.
Valeria se volvió hacia las mujeres.
—Escuchen. Vamos a salir por una puerta. Fuera hay policías de uniforme y dos hombres de paisano. Yo voy delante y hablo yo. Ustedes no dicen nada hasta que yo se lo diga, y no se separan de mí. Luego, un hospital. Después, donde cada una quiera.