Cara a cara
Tres golpes de nudillos contra la chapa, con una pausa entre cada uno. Elena supo de qué eran antes de saber por qué lo sabía: tres dedos abiertos contra el cristal de un Seat, hacía menos de tres horas.
La mujer arrodillada delante de ella se encogió un poco, como si los golpes la hubieran alcanzado en la espalda. El filo ya no le tocaba el cuello. Elena lo tenía bajado junto a la cadera, en la mano derecha, que era la que no temblaba.
Llevaba dieciocho minutos dentro. Los primeros, pegada a la caja del motor del portón, en lo alto de la rampa, viendo desde lejos cómo el chico bajaba a la pequeña del Altea y repartía tres bandejas.
Los últimos, bajando pegada a la pared en cuanto se apagó el neón, con la cámara verde encima y la capucha hasta la nariz.
Había visto a una mujer arrodillada junto a una puerta, hablando con la chapa.
No había pensado nada. Había sacado la cuchilla.
—¿Qué es eso? —susurró.
—Una señal. —La otra hablaba hacia la puerta, sin volverse—. Los oí hace una semana en un camión frigorífico, en una calle sin salida de Villaverde. Pasé a un palmo de la chapa.
—¿Y abriste?
—No me dejaron.
Elena había estado en esa misma calle, detrás de un contenedor, y tampoco había abierto nada.
No lo dijo. Cruzó los cuatro pasos hasta la puerta del medio con la mano mala pegada a las costillas y apoyó el puño derecho en la chapa, que estaba fría y con una película de grasa.
Llamó tres veces, flojo, con el nudillo del dedo corazón.
Dentro dejó de gotear el grifo. Pasó un segundo entero y llegaron otros tres golpes, antes de que ella hubiera retirado la mano: rápidos, de quien llevaba días con el puño levantado.
Valeria se había puesto de pie. Se frotaba la nuca, justo debajo de la oreja, y miró la muñeca por debajo del puño del jersey.
—Las 15:38. Cinco minutos, si es puntual.
—Es de los que hacen lo que les dicen. Esperó hora y media dentro de un coche sin moverse.
—Elena recogió la hoja de la cuchilla hasta el tope, la metió en la bota derecha y sacó del bolsillo de dentro el bastón extensible—.
Entrará por el pasillo, encenderá el neón y irá derecho a las puertas con las llaves en la mano.
—Diecisiete pasos desde la entrada del pasillo hasta la reja. Los conté al venir.
—Yo me pongo detrás de la última columna, la de la bicicleta. Cuando pase, un golpe en la corva. —Desplegó el bastón contra el muslo, apretando la punta con la palma para que el acero no chasqueara—. Tú te ocupas de que no grite.
—Y de que siga respirando.
—Eso también.
Valeria miró hacia el fondo de la rampa, donde la lucecita verde seguía parpadeando en el techo.
—La cámara no pasa de la cuarta columna. Más allá es una mancha.
—Entonces tú en la cuarta y yo en la última. Y la cara tapada igualmente.
* * *
Garaje, 15:43.
Primero fue el cerrojo, dos vueltas, al otro lado del pasillo.
Después la puerta pequeña y, ya dentro, el bajo de unos auriculares a pasos cortos.
Elena, de pie contra la última columna, con la mochila entre las botas y el bastón pegado al muslo, dejó de respirar por la nariz. Por la boca hace menos ruido.
Un clic. El neón parpadeó dos veces y el garaje salió entero de la oscuridad: las columnas amarillas, la mancha clara del Altea, las tres puertas grises, la reja. Elena cerró los ojos un segundo y los abrió con la luz ya asentada.
El chico venía andando al ritmo de lo que oía, con un cigarrillo apagado en la boca, un paquete de tabaco en una mano y el mosquetón de las llaves girándole en un dedo de la otra.
Pasó junto al Altea sin mirarlo. Pasó las tres primeras columnas.
En la cuarta estaba Valeria, hecha una con el pilar, y el chico pasó a dos metros de ella sin girar la cabeza.
La última era la de Elena. Cuando la sombra del chico llegó a su altura salió de detrás del pilar y le pegó con el bastón en el hueco de la rodilla izquierda, con todo el brazo derecho y sin soltar el aire.
La pierna se le dobló. Cayó de rodillas sobre el cemento y el paquete rodó por el suelo.
Abrió la boca para lo que fuera a salir de ella y no salió nada: Valeria ya estaba detrás, con el antebrazo cruzado bajo su barbilla y la otra mano empujándole la nuca.
El chico dio una patada al aire. Los talones rasparon el hormigón y el bajo siguió sonando en los auriculares, absurdo, fuera de compás.
Elena contó. A los seis segundos las piernas dejaron de empujar. A los nueve, Valeria aflojó y lo tumbó de lado en el suelo.
—¿Respira?
—Respira. Dos o tres minutos fuera, si no me he pasado.
El mosquetón había caído con un tintineo de cinco o seis llaves. Las dos se quedaron quietas. Por el hueco del montacargas, tres pisos más arriba, una silla raspó el suelo. Después, nada.
Lo arrastraron por las axilas hasta la reja, Valeria de un lado y Elena del otro, con la izquierda de Elena agarrada a la chaqueta de nailon.
Valeria le sacó el cinturón y le ató las muñecas a la espalda, a un barrote fijo de la reja, junto a la hoja de la puerta, con tres vueltas y la hebilla por dentro.
Elena rebuscó en la mochila, sacó un calcetín gordo de lana, de los de seis euros el par, y se lo metió en la boca hasta que él, medio inconsciente, hizo un ruido de atragantarse.
Valeria la miró por encima de la bufanda.
—Sin estrenar —dijo Elena.
Del bolsillo del nailon salió un móvil con la pantalla rota en una esquina. Valeria lo dejó boca abajo en el suelo, lejos de la mano del chico.
* * *
Hueco del montacargas, 15:47.
—Antes de abrir nada —dijo Valeria—, quiero verte la cara.
—Hay una cámara.
—Ahí no. —Valeria levantó la cadena de la reja con dos dedos, abrió la hoja y señaló con la barbilla la cabina verde—. Dentro de esa jaula no llega.
Entraron de lado, una detrás de otra. La cabina olía a aceite y a cartón mojado, y era tan estrecha que Elena tuvo que apoyar la mochila en la pared de reja y quedarse a medio metro.
Valeria cerró la puerta de barrotes. Sacó una linterna de llavero, tapó el cristal con la palma y la encendió; la luz salió entre sus dedos, roja y gruesa.
—Las dos a la vez.
Elena se quitó la capucha y el gorro negro de un tirón. Valeria se bajó la bufanda hasta la barbilla y se sacó el gorro gris, y la linterna subió desde abajo.
Una mujer de unos cuarenta años. Las ojeras le llegaban casi a los pómulos, y el pelo, recogido en un moño bajo, tenía tantas canas que con aquella luz parecía plateado.
La boca no se movía. Los ojos hacían lo que había hecho el cuerpo entero al cruzar el garaje: calcular lo que costaba cada centímetro.
Recorrían la cara de Elena por orden, flequillo, ceja, pómulo, mandíbula, y volvían al principio a comprobar.
Elena se dejó mirar. Valeria levantó la linterna un poco para ver la venda, y por debajo de la manga y de la correa del reloj asomó la punta de algo oscuro dibujado en la piel. Se estiró el puño del jersey enseguida.
—Estabas en Villaverde —dijo Elena—. Bajaste de un taxi y preguntaste por una nave en alquiler.
Valeria no pestañeó.
—Y tú estabas detrás del contenedor. Había sangre en el suelo.
—Era mía.
—Esa mano necesita un médico.
—Lo sé. —Elena la miró un segundo más—. Y tú eres la del tique.
—Si hubiera sido una trampa, no le habría dicho que se fuera.
—Me fui.
—Entonces sirvió.
Se había ido por los tejados de Tetuán, con la palma abierta contra el parapeto, mientras un hombre de camisa blanca se escribía algo en la mano. Se lo debía a un mensaje y a la mujer que tenía delante. No lo dijo. Echó la cabeza atrás.
Por encima de la jaula, que tenía el techo de barrotes, el hueco seguía hacia arriba: ladrillo negro de hollín, los dos cables engrasados y una hilera de pates, esos escalones de hierro empotrados en la pared del fondo, uno cada palmo.
Muy arriba, a seis plantas, había un cuadrado de un gris más claro que la oscuridad: luz de fuera colándose por una trampilla.
Dos cables que suben tienen que acabar en una polea.
Valeria apagó la linterna.
* * *
Garaje, 15:50.
La primera llave que probó Elena fue la buena. El candado de la puerta de la izquierda cedió con un clic seco; corrió el pasador de arriba, el de abajo, y tiró de la chapa, que chirrió en las bisagras y se quedó a medio abrir.
Una mujer de pie contra la pared del fondo, con las manos juntas a la altura del pecho.
Cuarenta y tantos años, cuerpo ancho, un jersey de punto morado y una horquilla en el pelo gris.
Iba en calcetines, uno de ellos con un agujero en el talón.
Detrás tenía un colchón, un cubo y una bandeja de caldo sin tocar.
—¿Vienen por mí? —preguntó, con la lengua cansada.
—Vamos a salir.
—No tengo los zapatos.
Elena se arrodilló, abrió la mochila y sacó todos los calcetines de repuesto que le quedaban.
La mujer se sentó en el borde del colchón y se los puso encima de los suyos sin discutir, uno sobre otro.
Los labios no habían dejado de moverse, con el avemaría.
Alzó los ojos hacia Valeria, que estaba de pie en la puerta con la cara otra vez tapada.
—¿Policía?
—Policía —dijo Valeria.
La del medio ya estaba junto a la puerta de dentro, con la bandeja de aluminio en las manos, delante del pecho como un escudo.
Veinte años a lo sumo, el pelo mojado, una camiseta de tirantes de un equipo de baloncesto en pleno noviembre y chanclas de ducha.
La habitación estaba caliente. Había una estufa eléctrica en una esquina y olor a champú.
—¿Quién ha llamado? —preguntó.
—Yo.
—Pensé que era una prueba. Que eran ellos. —Tragó saliva—. Nadie contesta nunca.
—Ahora sí.
La chica miró el bastón, la venda, la cara tapada de Valeria. Apretó la bandeja.
—¿Hoy es jueves?
—Es jueves.
—Entonces no me toca a mí. —Se le descompuso la cara, y fue peor que si hubiera llorado, porque se quedó mirando la puerta de al lado, la de la derecha, con los ojos muy abiertos, y una vergüenza que nadie le había pedido—. Perdón.
—Ni a ella —dijo Elena—. Salimos.