Cacería (Elena Malasangre 4) Sótano #2
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Sótano #2

Contó doscientos latidos con los ojos cerrados, que es la manera de acostumbrarlos a la oscuridad sin que se te adelanten. Cuando los abrió, el garaje había vuelto a tener forma: las columnas, la mancha clara del Altea, las tres puertas.

En la penumbra se distinguían cosas que el neón había escondido: un extintor colgado de un pilar, con el precinto roto; una tubería de desagüe que goteaba en un charco junto a la pared; una bicicleta sin ruedas apoyada en el último pilar.

Lo que acaba en un garaje cuando nadie lo usa para guardar coches. Nada que pudiera hacer de palanca.

El hueco del montacargas era una caja de resonancia.

Por los dos cables engrasados bajaban, deformados, los sonidos de arriba: una silla arrastrada, un grifo, una radio con una tertulia en la que alguien repetía que la campaña arrancaba a medianoche.

Tres plantas. Una tos de hombre, seca, que podía ser de cualquiera de los cuarenta mil hombres con corbata de aquel barrio.

Una cisterna. Ninguna voz. Valeria se concentró en no reconocer la que no se oía.

Salió del resquicio, levantó la cadena con dos dedos y cruzó la reja sin ruido.

Fuera, el mismo aire: lejía, grasa, caldo.

Solo la raya amarilla dibujaba el suelo.

Fue a la puerta de la izquierda con el hombro pegado a la pared, se arrodilló y tocó el candado: acero macizo, un cuerpo tan ancho como su palma.

Probó la llave pequeña del aro. No entró.

Probó la grande, la que aquella tarde había abierto una puerta, y tampoco.

Dos llaves del piso de su marido que no abrían nada de lo que tenía delante.

Pegó la oreja a la puerta del medio. Dentro, un grifo que goteaba, dos pasos descalzos y, debajo de todo eso, una respiración que se aguantaba para no hacerse notar. Era la de la voz joven del «es jueves», sin voz ahora: alguien que había oído el ruido de las llaves y no se atrevía a moverse.

Sacó el cuaderno de tapas duras y escribió a ciegas, con la otra mano apoyada en la página para guiar la línea: «15:19 Altea entra por la calle de atrás.

15:22 tres bandejas, tres puertas. 15:28 el chico sale.

16:00 suben a una». Solo hechos y horas.

La conclusión se quedó sin escribir. Hizo también una foto de los tres candados con la raya amarilla por medio, que saldría naranja y movida y no valdría nada ante un juez.

Le quedaban nueve minutos, quizá menos, antes de que el chico volviera con tabaco y un mosquetón de llaves.

No tenía cobertura ni palanca. Y aunque tuviera cobertura, ¿a quién?

A Bravo, que la había dejado fuera; a Nacho, suspendido y con comparecencia cada lunes; a Marisa, a la que había pedido que no contestara.

Salir por la puerta pequeña y dar la vuelta a la manzana en busca de una patrulla no servía de nada: las patrullas de aquel barrio las mandaba, en último término, el hombre que estaba tres plantas más arriba.

Pegó la boca a la chapa.

—Soy… —se calló. Dentro, el murmullo del avemaría se cortó—. No hagan ruido. Voy a sacarlas.

Nadie contestó. La puerta no se movió.

Algo pequeño, frío y exacto se le posó debajo de la oreja izquierda.

No había oído bajar por la rampa ni cruzar el garaje, ni un solo paso a su espalda. Valeria se quedó de rodillas, con las dos manos en la chapa y el candado a la altura de la cara. El filo no apretaba. Solo estaba allí, donde la piel es más fina, para que lo supiera.

—No te levantes —dijo una voz baja, ronca de no usarla.

—No me levanto.

—Las manos.

—En la puerta. Mira. —Las abrió contra la chapa, con los dedos separados—. No llevo nada.

—Eso lo dicen todos.

Olía a agua oxigenada y a ropa de cuatro días.

Se oía el roce de una tela gruesa y, un poco más abajo, el chasquido de la correa de una mochila cargada.

Junto a su hombro, a la altura de la raya amarilla, entró una mano: la izquierda, envuelta hasta la muñeca en una venda que había sido blanca, con los dedos rígidos y a medio doblar, apretada contra las costillas.

La derecha era la que sujetaba la hoja, y estaba quieta.

Valeria reconoció la mano antes que nada.

No tenía cara a la que agarrarse: bajo la capucha solo se veían una barbilla y la curva de un pómulo.

El nombre no se lo había dicho nadie, y lo sabía: Elena Soto Marín, veintiocho años, un nombre que, aparte de la propia Elena, solo sabían dos personas en Madrid: un chico de Hortaleza con una sudadera gris y ella.

La mano venía en la nota 4417, entre la descripción y la gratificación: posiblemente vendada .

Y esa manera de quedarse quieta, calculando lo que cuesta cada centímetro, la había visto andar en el vídeo de una asociación de Carabanchel Alto, con un sobre.

Las rodillas le dolían contra el hormigón frío y el guante de nitrilo se le pegaba a la palma, mojado. Estaba de rodillas, a oscuras, con un filo en el cuello, y detrás tenía a la mujer sobre cuya cabeza había cuarenta mil euros. Ninguna de las dos había dicho cómo se llamaba.

—¿Quién eres? —preguntó la voz.

—Una mujer con un gorro. Entré antes de que ellos bajaran. ¿Y tú?

—Pregunto yo. ¿Eres de ellos?

—Si lo fuera estaría arriba, comiendo caldo. —Valeria movió un dedo sobre el candado—. No tendría un llavero que no abre nada.

El filo no se apartó. Pero un segundo después Valeria notó, en cómo repartía el peso la mujer que tenía detrás, que se había hecho una cuenta y que le salía.

—¿Policía?

Valeria tardó medio respiro más de lo que le habría gustado.

—De baja.

No hubo comentario. Solo un silencio de quien se guarda una palabra para luego.

—¿Cuántas hay? —preguntó la voz.

—Tres. Dos que ya estaban y una que acaban de meter, la de la derecha. Pequeña, con un abrigo de hombre.

El filo se apartó medio centímetro de la piel y volvió a su sitio.

—La de la derecha —repitió la voz—. ¿Las manos?

—¿Qué?

—Las manos de la pequeña. ¿Cómo las tiene?

—Las uñas mordidas. Hasta la carne.

El filo no se movió, pero la mano que lo sujetaba dejó de ser de piedra durante un segundo.

Valeria lo notó en el cuello, en una vibración mínima.

La mujer de detrás no buscaba a alguien cualquiera: había venido por esa chica y por ninguna otra, y acababa de enterarse de que la tenía a cuatro metros.

—A las cuatro la suben por el montacargas, según el chico. Hay un piso encima.

—¿Quién espera?

—Un hombre. —No dijo el nombre que pensaba. No lo tenía: tenía una sospecha, y una sospecha no es un nombre—. No sé quién.

—¿Cuántos arriba?

—Uno, que yo sepa. Puede haber más. El chico salió a las 15:28 y dijo un cuarto de hora, con el mosquetón de las llaves. Son las 15:36.

—Siete minutos.

—Seis, si es puntual.

La mujer de detrás respiró despacio por la nariz. Valeria contó en ese silencio lo que quedaba y se obligó a no volver a mirar el reloj, porque la hoja estaba muy cerca de la muñeca.

—Tú has entrado antes que yo —dijo la voz, muy bajo—. Pasaste corriendo a la reja. Te vi.

—Y tú entraste por el portón antes de que cerrara. Algo hizo clac.

—Un cordón.

—Creí que era el portón.

Detrás de ella pasó algo que podía ser una risa o la falta de una.

—¿Y las llaves? —preguntó la voz—. Tú, que lo sabes todo.

—Las lleva él. Un mosquetón con cinco, un candado por puerta.

—Entonces vuelve con ellas.

—Y con tabaco.

—Pues le espero. —No lo dijo como una idea. Lo dijo como se dice la hora.

—Si grita, arriba se entera. El hueco del montacargas lo oye todo: yo he oído una silla.

—Entonces que no grite.

—Hay maneras de que no grite que no dejan un cuerpo en el suelo —dijo Valeria—. De las otras tendría que acordarme yo después.

—Tú te acuerdas de lo que quieras. —El filo no se movió—. Decide si estás de un lado o del otro. Si estás en medio, también cuenta.

Valeria pensó en el cuaderno de tapas duras, en la servilleta de Bravo con el nombre de una fiscal, en una micro-SD que no sabía abrir y en una orden de «usted queda fuera» dicha un viernes por la mañana con la puerta cerrada.

Pensó en una chica de pelo oscuro que a las cuatro subiría por un cable engrasado.

La regla de la academia era no actuar sola.

Estaba sola, sin pistola y de rodillas, y la regla no tenía nada que decir al respecto.

—Dime qué necesitas.

—Que no hagas ruido.

—Eso ya lo hago.

—¿Cómo te llamas?

Valeria tenía dos respuestas y las dos eran suyas. Una estaba en la placa del forro: Cortés. La otra, en el libro de familia: Salas.

—No —dijo—. Ni tú a mí, ni yo a ti. Es mejor.

—¿Mejor para quién?

—Para las tres.

La mujer de detrás tardó. Valeria oyó, o creyó oír, un tragar saliva con la boca seca.

—Mejor —dijo la voz.

—La cámara del techo, junto a la rampa —dijo Valeria, sin volverse—. La de la luz verde. Graba la entrada. Yo pasé con la cara tapada.

—Y yo.

—Pues que siga así.

—No necesito que me lo digas.

—Entonces no te lo digo.

El filo se separó de su cuello. No volvió. En la raya amarilla, la mano vendada se movió un par de centímetros y se cerró hasta donde podía, un puño a medias, y se abrió otra vez, temblando. Valeria miró el suelo.

Y entonces, dentro de la puerta del medio, a cuatro pasos de las dos, sonó un ruido: tres golpes de nudillos contra la chapa, secos, con una pausa entre cada uno.

Valeria los había oído hacía una semana, al pasar junto a la caja de un camión frigorífico, en una calle de Villaverde sin salida.