Sótano
La raya de luz le había subido de las botas a las rodillas y seguía creciendo, un palmo por segundo.
Arriba no paraba el chirrido de la cadena.
Por la rampa bajaba un aire con gusto a tubo de escape, y Valeria, pegada a la tercera columna con el gorro hasta las cejas, hizo la cuenta que habría preferido no tener que hacer.
Había contado los pasos al entrar: del pasillo a la tercera columna, siete; de la tercera columna a la reja, diez más.
La cámara del techo ya la había visto una vez, de frente, con la bufanda hasta la nariz.
Si corría por la fila de columnas le daría la espalda al ojo, y un anorak azul marino de espaldas no era una cara.
Quedarse quieta era peor: la luz de la calle seguía subiéndole por las piernas, y un coche entero a punto de bajar.
No llevaba pistola. Llevaba un cuaderno, una linterna de tres euros, un móvil de prepago sin una raya de cobertura y la placa cosida en el forro del anorak, donde de nada servía. Se soltó de la columna.
Corrió agachada, pegada a la fila de pilares amarillos, de uno a otro, con el hombro rozando el hormigón y el peso en las puntas de los pies.
La cuarta columna. La quinta. Al llegar al fondo, a la altura de la última puerta, el olor cambió: grasa, cartón húmedo, un fondo de lejía.
A su izquierda, las tres puertas, con una raya de luz solo bajo la del medio. A su derecha, la reja.
Arriba, el motor del coche cogió la pendiente en primera.
La cadena colgaba de un gancho soldado al marco, dada dos vueltas a un barrote y sin candado: la dejaban así los que no se creen vigilados.
Valeria la levantó con dos dedos enguantados y la reja se abrió hacia dentro el ancho de un cuerpo.
Pasó de lado. Cerró tirando de los barrotes y volvió a echar la cadena desde dentro, metiendo el brazo entre las barras, a oscuras, por tacto.
El hueco guardaba una cabina de reja pintada de verde, del tamaño de un armario, con el suelo de tablones manchados de aceite y una pila de cajas de cartón aplastadas en una esquina.
Entre su costado izquierdo y la pared de ladrillo quedaba un resquicio de treinta centímetros, con los carriles de guía y dos cables engrasados que subían hacia la oscuridad.
Se metió de lado, con la espalda contra el ladrillo y el aro de llaves apretado en el puño para que no sonara.
A medio metro de su hombro estaba el panel con sus dos botones, el de subir y el de bajar.
Lo vio entonces, mirando los botones. Si alguien de arriba pulsaba uno, la cabina subiría por su hueco y la dejaría de pie en el fondo de un pozo, con una reja por delante y todo el garaje mirándola. No había otro sitio donde meterse.
Los faros entraron. La luz resbaló por las columnas, una, dos, tres, cruzó la mancha de aceite de la última plaza y se detuvo un segundo en la reja.
Valeria cerró los ojos para que no le brillaran.
Cuando los abrió, el Altea ya giraba hacia la primera plaza, la más cercana a la rampa, y el motor se apagaba con un temblor.
La cadena del portón se puso otra vez en marcha.
La chapa bajó despacio, con todo su peso de contrapesos, y justo antes de tocar el suelo algo hizo clac, arriba: un chasquido seco y corto, de cordón que cede o de muelle viejo.
Después el golpe. Valeria no supo ponerle nombre. Dentro del coche, el chico no se movió.
* * *
Garaje, 15:22.
Bajó del Altea y se quedó junto a la puerta, estirando la espalda.
Veinticinco años, chaqueta de nailon, pelo rapado y unos auriculares enormes colgados del cuello que dejaban escapar un bajo sordo, como un corazón al otro lado de una pared.
No cerró el coche: ya estaba en su casa y no tenía de quién guardarlo.
Abrió la puerta de atrás.
—Venga.
Primero salió una manga: un abrigo de hombre, de lana gris, con los puños doblados tres veces hacia dentro.
Después una mano de uñas mordidas hasta la carne se agarró al marco, y después salió ella.
Pequeña, más aún con el abrigo, que le llegaba por debajo de las rodillas.
El pelo oscuro recogido con una goma, un cardenal amarillo en el pómulo, unas zapatillas de felpa blanca de las que dan en los hoteles, con los pies metidos hasta el talón.
Valeria la conocía sin haberla visto nunca.
Un cepillo rosa con pelo largo y oscuro.
Veintiséis rayas hechas con una uña en el marco de un cuarto.
Todo lo que Nacho había pagado con un carné de biblioteca ajeno estaba allí delante, a tamaño natural: doscientos treinta y ocho metros bajo un edificio de pisos, a nombre de una sociedad cuyo apoderado cobraba seis mil euros al mes, con un montacargas inscrito en el Registro como servidumbre entre aquel sótano y la cocina de un segundo B.
Nadie había pedido nunca una licencia de actividad. Con razón.
Sacó el prepago del bolsillo con la mano izquierda, sin mirarlo.
Lo había puesto en silencio el lunes, pero la pantalla, aun al mínimo, era una luz.
La tapó con la palma, dejó una rendija para el objetivo entre dos barrotes y apretó.
Otra vez cuando el chico cogió a la chica por la manga y no por el brazo, con la punta de los dedos.
Miró la pantalla un segundo: un cuadro gris con una mancha clara que podía ser un coche o una cara.
Ninguna raya de cobertura. Las fotos se quedarían dentro del aparato hasta que saliera a una calle, y ella no sabía todavía cuándo.
El chico sacó del asiento delantero una bolsa de papel que pesaba y olía a caldo.
De la cintura se descolgó un mosquetón con cinco o seis llaves.
Fue a la primera de las tres puertas, la de la izquierda.
Un candado grueso, un pasador arriba, otro abajo.
Quitó el candado, corrió los pasadores y entreabrió la puerta un palmo.
—La comida.
Una mano de mujer salió a por la bandeja, ancha, con un anillo sin piedra. Valeria vio también una franja de cara, de la barbilla a la nariz, y un pelo gris sujeto con una horquilla.
—Gracias, hijo. —Una voz de más de cuarenta años, con la lengua cansada—. ¿Qué hora es?
—Las tres y pico.
—Dios mío.
El chico cerró, pasó los pasadores y puso el candado. Fue a la del medio, la de la raya de luz, y llamó con los nudillos, dos golpes, antes de abrir. Salió una ráfaga de calor con olor a caldo y a jabón, más fuerte, y alguien dentro cogió la bandeja.
—¿Es jueves? —preguntó una voz joven.
—Es jueves.
—Ya.
Cerró. Valeria contó los pasadores, el candado. Desde la puerta de la izquierda, ya cerrada, subía un murmullo bajo y sin pausas que tardó en reconocer: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo . La mujer de la horquilla.
Quedaba la tercera puerta, la de la derecha, pegada a la reja, a cuatro metros de donde estaba Valeria. Allí no había raya de luz, ni voz, ni olor. El chico la abrió entera. Dentro, una oscuridad con forma de colchón.
—Aquí. —Empujó a la chica con dos dedos entre los omoplatos—. Come, y si quieres te lavas, hay un grifo. A las cuatro te suben. Para el de siempre.
La chica entró sin contestar. Antes de que se cerrara la puerta miró hacia la reja una vez, sin ver nada, como mira quien ha aprendido que mirar sale gratis. Pasadores. Candado.
Tres puertas, tres bandejas, tres mujeres.
Dos que eran un murmullo y una voz joven, y una que acababa de entrar con un abrigo de hombre.
Valeria las tenía a una distancia a la que podía oírlas respirar.
Una persona dentro, viva y dispuesta a hablar, era lo que había ido a buscar. Tenía tres, y ninguna llave.
El chico vino hacia la reja.
Valeria dejó de respirar. En la pared, a la izquierda del marco y a metro y medio de su hombro, colgaba un telefonillo de los de antes, con el auricular de cable enroscado.
El chico lo descolgó con una mano. Con la otra, sin mirar, tiró de la cadena de la reja para ver si estaba en su gancho, como se comprueba una cerradura de casa al salir.
Los eslabones tintinearon a cuarenta centímetros de la cara de Valeria.
La cadena se quedó donde la había dejado ella, a la primera.
Él pulsó el botón y esperó con la cabeza ladeada, los auriculares en el cuello, rascándose la nuca.
—Abajo. —Escuchó—. Ya está. Las tres. —Escuchó más tiempo. Del aparato salió un graznido sin palabras, una voz que el cable había aplanado hasta dejarla sin dueño: de hombre, mayor de veinte, menor de ochenta—. A las cuatro. Vale. Yo voy a por tabaco, que no me queda ni uno. Un cuarto de hora.
Colgó.
Valeria no supo si era la voz de su marido.
Podía serlo, y podía no serlo: aquel aparato le habría quitado el dueño a la voz de su madre.
Se quedó con eso, un graznido en un cable, sin saber qué hacer con las manos.
«Yo no soy la única que va los jueves», le había dicho Noelia en un banco de Alcalá, hacía unas semanas, y Valeria había contestado que lo sabía.
Lo sabía como se sabe el nombre de una calle por la que no se ha pasado nunca.
Tres plantas más arriba, según un zapatero de Chamberí, había un hombre que llevaba dos años de jueves diciendo en el recibidor que tenía lío en la Delegación.
El chico recorrió el garaje con las llaves del coche en una mano y el mosquetón en la otra, pasó junto al Altea sin mirarlo y enfiló el pasillo de hormigón por el que había entrado ella.
Un clic de interruptor. El neón del techo, que Valeria había tomado hasta entonces por una claridad sucia y no por una luz, se apagó, y el garaje se llenó de una oscuridad con tres cosas dentro: la raya amarilla bajo la puerta del medio, la lucecita verde de la cámara y, muy atrás, el contorno gris de la rampa.
Pasos. La puerta pequeña. El cerrojo, dos vueltas, y un silencio de sótano.
Eran las 15:28.
* * *
Garaje, 15:31.