Punto azul #2
—Eso digo yo. —La mujer miró la hoja y después miró otra vez a Elena, y se limpió las manos en el delantal—. Es una cara que ha podido tener cualquiera.
Se dio la vuelta y empezó a sacar vasos del lavavajillas. Elena bebió el cortado de dos tragos y se quedó el tiempo justo para que la camarera pensara que no huía. Después pagó con un billete de cinco y salió sin esperar el cambio.
Una cabina de teléfono, una marquesina, una papelera con anuncios de una academia de oposiciones.
Se sentó en el banco de la marquesina, de cara al Altea, con la mochila entre las piernas.
Al otro lado de la calle, entre dos coches, el chico se limpiaba los dedos con una servilleta de papel y la tiraba por la ventanilla.
Cerró la bandeja. Apoyó la cabeza en el reposacabezas y no volvió a moverse.
La mano izquierda le latía bajo la venda con un pulso propio, más lento que el del resto del cuerpo. Se la sujetó con la derecha, apoyó los codos en las rodillas y se obligó a pensar.
Elena la había visto una vez, por un tragaluz de Coslada, con las rodillas contra el pecho. La chica la había mirado y no había dicho nada. Elena tampoco. Esa noche se había quedado mirando en el móvil un camión vacío camino de Valencia, convencida de que miraba lo importante.
Un coche con una chica dentro, aparcado casi una hora en una calle de Chamberí, y un chico comiendo delante, esperando una hora, no a una persona.
Había un sitio al que tenían que llevarla a las tres, o a las tres y diez, y hasta entonces la paseaban por Madrid con un abrigo de hombre en la cabeza.
Jueves, a la hora justa. Para el de siempre.
Un hombre con una cita fija y una cara distinta cada semana, que no iba a venir a por ella en un Seat. Los hombres así llegaban en taxi.
No tenía plan. Tenía un punto azul, una mochila de nueve kilos, una cuchilla en la bota derecha y un cristal que no había roto. Y tres dedos. ¿Tres mujeres? ¿Tres puertas? ¿Tres días? La chica no había dicho de qué. Lo que sí había dicho, con la cabeza, era que no abriera.
Joder.
A las 14:05 apareció un agente de movilidad con una impresora de multas colgada del cinturón.
Se paró junto al Altea, leyó la matrícula, miró la zona de carga y descarga, miró el contenedor de obra y las dos horas que llevaba allí el coche.
El chico bajó el cristal y le dijo algo sin quitarse los auriculares.
El agente se encogió de hombros, cerró la libreta y siguió calle abajo con la impresora balanceándose.
A ese coche no le ponían multas, pensó. Lo anotó, como se anota el precio de lo que ha pagado otro.
A las 14:20 un taxi bajó por la calle y pasó de largo. A Elena se le subieron los hombros solos. Un taxi de tantos, con un cliente que miraba el móvil. Los hombros bajaron más despacio.
* * *
Fernández de la Hoz, 15:09.
El punto se movió a las 15:09.
Elena estaba de pie, apoyada en la marquesina, y lo vio saltar en el mapa antes de que el motor del Altea arrancara: una raya azul que se alargaba hacia el oeste por Fernández de la Hoz y giraba a la derecha.
Se echó la mochila al hombro. Cruzó sin mirar.
Dos manzanas a pie detrás de un punto que iba más deprisa que ella.
A los tres minutos el punto se paró otra vez, a cuatrocientos metros, y ella siguió andando con la boca seca.
Eran las 15:14. Giró por donde había girado el punto.
La calle tenía un muro largo de ladrillo a un lado, con púas de cristal por encima y una cruz de hierro asomando por detrás, un convento al que nadie se había acordado de quitar la tapia.
Al otro, una sola acera estrecha, con una fila de edificios de cinco pisos sin un balcón, y en la planta baja de uno de ellos un taller de chapa y pintura con la persiana a medio levantar, de donde salía el chirrido de una radial y olor a pintura a pistola.
Una furgoneta blanca de reparto, con las letras de una empresa de rótulos, estaba aparcada junto a la acera de los edificios, a doce metros del taller, con el morro hacia Elena.
Un hombre con mono manchado de masilla y una visera de plástico levantada sobre la frente salió a la puerta del taller a encender un cigarrillo, miró calle arriba y calle abajo, y miró a Elena.
Elena sacó el móvil, lo miró con el ceño de quien busca un número de portal y echó a andar hacia la furgoneta.
El hombre dio la primera calada, perdió el interés y volvió adentro. La radial rechinó otra vez.
Se metió detrás de la furgoneta. Desde allí, con la espalda contra la chapa y un ojo en el borde, vio la calle entera.
Y al fondo, entre dos pilastras de piedra, un portón de chapa verde de cochera, con una puerta pequeña metida en el mismo marco.
Encima, sujeta a la piedra vieja con dos tornillos nuevos, una cámara blanca del tamaño de un bote de crema.
El Altea estaba en la otra punta de la calle, parado en el cruce, con las luces de posición. El punto azul decía lo mismo.
A Elena le llevó menos de un minuto entender la cámara. Miraba la acera de lado, con el ojo de pez abierto hacia la calle, y la pilastra le dejaba justo debajo un hueco ciego de dos pasos. A cualquier otro le habría parecido una cámara como las demás.
La radial se calló de golpe. Un silencio de pared. Elena oyó su propia respiración y un martillo lejano. Después, otro ruido: un motor eléctrico que arrancaba al otro lado del portón.
Una cadena. El portón empezó a subir.
Era un portón de los de antes, de chapa maciza y contrapesos, y al principio solo dejó una raya negra de unos diez centímetros entre el borde de abajo y el suelo.
Elena se agachó detrás de la furgoneta, con la cara a la altura de las ruedas, y miró por el hueco entre el chasis y el asfalto.
El portón subió veinte centímetros. Treinta.
Por la abertura se veía una rampa de hormigón que bajaba en pendiente, y abajo, a unos quince metros, el suelo de un garaje, y columnas amarillas.
Y botas.
Unas botas planas, de mujer, pegadas a la base de una columna, en el borde de la franja de luz que el portón iba ensanchando sobre el suelo. Las botas se movieron.
La mujer pasó de la columna a la reja del fondo agachada, con el hombro rozando el hormigón.
Elena la vio medio segundo, a ras de suelo, a través de un hueco de cuarenta centímetros: el borde de un anorak azul marino, una bufanda gris subida hasta la nariz, un gorro gris encasquetado, un moño bajo.
No llevaba bolsa. Las manos, vacías y abiertas a los lados, con guantes finos.
Se pegó a una cabina de reja con el cuerpo de lado y desapareció detrás de ella.
Nadie que trabajara allí se escondía de su propio garaje.
Elena no sabía quién era y la reconoció igual. Esa manera de andar la conocía por dentro: la de quien no tiene permiso y calcula lo que cuesta cada paso. Una mujer sola, sin escolta, en un sitio donde todos los que entraban tenían llave y prisa.
Pensó en la policía del tique. Lo descartó por absurdo. Después lo apuntó igual.
El Altea dobló la esquina del fondo, despacio, con las luces de posición, y se acercó al portón por el centro de la calle: el chico al volante, los auriculares puestos, la cabeza ladeada hacia el retrovisor.
Atrás, el abrigo de hombre con las mangas dobladas.
Entró por la rampa con el portón ya arriba del todo, a dos metros del suelo.
Los faros alumbraron las columnas amarillas.
En el techo, junto a la entrada, parpadeaba una lucecita verde. Otra cámara, por dentro.
Elena no esperó a que el Seat parara. Calculó lo que tardaba una chapa de esas dimensiones en bajar.
Doce segundos. Quince, con suerte. Doce metros de acera entre la furgoneta y el portón, una cámara con el ojo de pez abierto sobre todos ellos y un chico que iba a mirar el retrovisor en cuanto apagara el motor.
Se bajó la capucha de la sudadera hasta los ojos, por encima del gorro. Se subió el cuello del abrigo. Sacó el bastón del bolsillo de dentro y lo sujetó pegado al muslo, cerrado.
El portón empezó a bajar.
Salió de detrás de la furgoneta pegada a las fachadas, con la mochila apretada a la espalda y la mano izquierda contra el costado.
Diez pasos agachada, la cara baja, y el último dentro del hueco ciego de la pilastra, justo donde había calculado.
La chapa verde bajaba delante de ella con su chirrido de cadena.
Quedaban dos palmos de abertura, y luego uno.
Se tiró al suelo de lado y rodó hacia dentro, sobre la mochila, con las costillas gritando. Entró la cabeza, luego los hombros. La chapa le pasó rozando los talones y un cierre metálico le atrapó la punta del cordón de la bota izquierda.
Tiró de la pierna. El cordón saltó.
Cuando el portón tocó el suelo ya estaba dentro, boca arriba sobre el hormigón del arranque de una rampa, y una luz verde le parpadeaba en el techo.