Cacería (Elena Malasangre 4) Punto azul
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Punto azul

—Cabina cuatro. Media hora y se paga ahora.

La dependienta ni levantó la vista del móvil.

Elena dejó dos euros en el mostrador con la mano derecha, cogió la llave de plástico y atravesó la cortina de cuentas, que sonó como una lluvia pequeña.

La cabina cuatro tenía un teclado con las letras gastadas, un cartel de tarifas a Quito y a Bucarest y un cristal por el que se veía entera la acera de enfrente: el toldo verde, el rótulo con la S fundida, TIR O, y las sillas de aluminio apiladas contra la fachada.

Un poco más allá, junto a un bordillo pintado de amarillo, el hueco donde los viernes se paraba un Seat gris en doble fila.

Cerró la puerta de cristal hasta dejarla en una rendija.

Se sentó con la mochila entre las rodillas y la mano izquierda apoyada en el muslo, abierta, porque cerrada no cabía.

La venda se la había puesto el domingo una mujer de setenta y tantos años en una cocina de Móstoles, con agua oxigenada y sin preguntar el nombre; desde entonces la había cambiado ella dos veces, con los dientes.

Doña Remedios, segundo C, bata de cuadros, una cruz de plata y un pastor alemán viejo que la miró entrar y volvió a tumbarse.

Lentejas, una cama con colcha de ganchillo y ninguna palabra sobre Paco.

Elena había dormido allí una noche, la primera entera en una semana, y a las seis de la mañana del lunes se había ido con un bocadillo envuelto en papel de aluminio, porque en el papel de Paco ponía lunes y ella sabía contar.

Desde entonces, una pensión de Vallecas encima de una churrería, a veinte euros la noche, sin DNI y pagando por adelantado.

Tres noches en la misma cama, y la cama con la silla atrancada bajo el pomo.

De Nelly no sabía nada desde el domingo.

El martes había pasado en autobús por el final de su calle, sin bajarse, y había visto la persiana del bar de Chema a medio subir y un coche patrulla aparcado delante, vacío, con el motor frío.

Siguió hasta la cabecera de la línea. No había hecho una sola llamada en cuatro días, y el móvil que solo conocía Paco seguía apagado en el fondo de la mochila, envuelto en un calcetín, porque un teléfono apagado no te dice lo que no quieres leer.

Las costillas le dolían menos que el lunes y más que ayer. La media pastilla seguía en el calcetín derecho; llevaba trece días sin tocarla y los contaba cada mañana, antes de abrir los ojos.

El jueves. Casi un mes con la palabra clavada, desde que la oyó pegada a una puerta de Coslada: hasta el jueves, para el de siempre . El jueves pasado no había podido. El jueves pasado estaba demasiado ocupada en no morirse. Hoy no tenía nada más.

Lo único que tenía era el vídeo de Arturo.

Cuatro minutos y medio de un hombre de ciento diez kilos atado a una silla de oficina, hablando con la lengua pegada al paladar.

Entre el cobro de los viernes y el nombre de quien recogía, Arturo había soltado, por soltar algo, que el chico de los cascos pasaba también los jueves a mediodía a por cuatro menús del día para llevar, que no los pagaba y que nadie se los cobraba.

Cuatro bandejas de aluminio. Elena lo había oído dos veces, la primera sin darse cuenta y la segunda con un boli en la mano.

A las 12:52 llegó el Altea.

Gris, con el golpe de atrás tapado con cinta negra.

Se detuvo en doble fila, delante del toldo, como si la calle tuviera su nombre.

Elena miró el reloj de la cabina y no el móvil.

El chico de los cascos bajó, y era la primera vez que se lo veía hacer: unos veinticinco años, chaqueta de nailon, pelo rapado, los auriculares enormes colgados del cuello.

Cerró con el mando, un pitido y los dos intermitentes, y entró en el bar sin mirar a ningún lado.

Elena contó hasta cinco. Se subió la capucha de la sudadera que llevaba bajo el abrigo, la encajó encima del gorro negro, se puso las gafas de sol de farmacia y salió.

Cortina de cuentas. Acera. Un sol bajo, de noviembre, que daba de lleno en la plaza y en los puestos de flores, y que le hizo agradecer las gafas.

Cruzó en diagonal, por detrás de una furgoneta de reparto que descargaba cajas de refrescos, y llegó al Seat por el lado contrario a la ventana del bar.

Se agachó a la altura del paragolpes trasero como quien se ata una bota.

Lo encontró con los dedos, en el lado del golpe: una caja negra del tamaño de un mechero, con el imán cubierto de una costra de grasa y polvo.

Tiró. Salió con un ruido de pegatina vieja.

Sacó el localizador nuevo del bolsillo del abrigo, quitó el plástico con los dientes y lo pegó veinte centímetros más a la izquierda, en un hueco del paragolpes donde la cinta negra no llegaba.

Apretó con el pulgar bueno hasta notar que el imán agarraba.

Dos golpes, flojos, de nudillo contra cristal.

Elena se quedó quieta, con la mano todavía en el paragolpes. Alzó la cabeza hasta la altura de la luna trasera.

En el asiento de atrás había un abrigo de hombre, grande, con las mangas dobladas hacia dentro, tirado de cualquier manera. Debajo del borde del abrigo asomaba una mano con las uñas mordidas hasta la carne. Después, una frente, un pelo oscuro recogido con una goma, y dos ojos.

La pequeña.

Sin tragaluz ni pasillo de Coslada de por medio. A cuarenta centímetros, con un cristal entre las dos. Más delgada. Los labios secos. Un cardenal amarillo en el pómulo que Elena no recordaba.

Probó la manija trasera con la mano derecha.

Cerrada. Probó la delantera. Cerrada. El bastón extensible estaba en el bolsillo de dentro del abrigo y un cristal lateral cedía con dos golpes secos, pero el Altea tenía alarma, el chico tenía el mando en el bolsillo, y cualquiera que saliera del bar vería a una mujer con una porra en la mano delante de un coche cerrado.

—Voy a abrir —dijo Elena, con los labios, sin voz.

La chica negó con la cabeza. Una vez, despacio. Miró hacia la puerta del bar y volvió a mirar a Elena. Levantó la mano mordida y la abrió delante del cristal: tres dedos. Después se tapó la cara con el abrigo.

Tres. Elena no supo de qué.

La puerta del bar se movió. Elena se levantó y se alejó del coche sin correr, dos pasos, cuatro, con la mochila golpeándole los riñones.

Se miró las manos al llegar a la boca de metro.

La derecha estaba quieta, como lo estaba desde octubre.

La izquierda, la mala, temblaba sola dentro de la venda, y no era de frío.

Entonces miró atrás. En el cristal del bar, entre una cortina y una pila de sillas, había una cara que no era la del chico.

Arturo, con la férula de plástico en la mano derecha y el meñique izquierdo atado con esparadrapo. La estaba mirando.

Elena sabía distinguir a alguien que no ha visto nada de alguien que ha visto y se ha quedado quieto. Arturo se quedó quieto. Después se giró despacio hacia la barra, cogió un trapo con la mano buena y se puso a limpiar un vaso. Debía de tener muy presente el vídeo.

El chico salió con una bolsa de papel que pesaba, y el olor a caldo llegó hasta la plaza. La metió en el asiento del copiloto, se sentó, se puso los auriculares y arrancó. Eran las 13:01.

Elena ya había sacado el móvil de los puntos azules, el cuarto de su colección: de segunda mano, treinta euros más una tarjeta de datos, comprado el domingo en un locutorio de Cuatro Caminos junto con el cargador y los calcetines.

Solo servía para eso. La pantalla se abrió en un mapa y, en el mapa, un punto azul que no estaba donde el Altea había estado hacía un minuto, sino donde estaba ahora. Calle de Atocha, hacia Sol.

Bajó las escaleras del metro con el punto delante.

* * *

Metro y Chamberí, 13:09 a 14:20.

Línea 1 hasta Tribunal, un cambio, una parada de la línea 10.

El punto azul no esperó a nadie y a las 13:34 se paró.

Elena lo perdió en el túnel y lo recuperó al salir por la boca de Alonso Martínez, quieto en el mismo sitio desde hacía seis minutos: calle de Fernández de la Hoz, a seiscientos metros.

Echó a andar hacia el norte con el móvil contra el pecho, el gorro hasta las cejas y las gafas puestas.

Pasó junto a una cuadrilla del Ayuntamiento con chalecos naranjas que atornillaba a la acera un panel metálico vacío, de los de pegar carteles, mientras un tercer hombre sujetaba un rollo de papel con cara de no haber pedido el turno.

En la tele de un bar sin cristales un tertuliano repetía que mañana arrancaba la campaña y que las encuestas decían lo que querían los que las pagaban. Nadie levantó la cabeza.

El Altea estaba aparcado en una zona de carga y descarga, entre un camión de reparto y un contenedor de obra, con el morro hacia la esquina.

Elena lo vio desde la otra acera, treinta metros antes, y se metió en el primer bar que tuvo delante, una cervecería de barra larga con una cristalera que daba justo a la zona de carga.

—¿Qué va a ser?

La camarera era una mujer de cincuenta años con un delantal con el nombre de un fabricante de cerveza.

Elena pidió un cortado y se sentó en la mesa del fondo, junto al cristal, con la mochila entre los pies.

Desde allí se veían el coche, la luna trasera y el perfil del chico, que comía de una bandeja de aluminio apoyada en el volante, con un tenedor de plástico y el móvil entre las rodillas.

No se había quitado los auriculares. En el asiento de atrás no se movía nada.

—¿Algo de comer? Tenemos el menú.

—Con el café vale.

La camarera dejó el cortado y se quedó un segundo de más. Después volvió a la barra, y a Elena le llegó un golpe de mirada desde allí, de lado, que subió a la caja registradora y se paró en un papel pegado con cinta junto a una estampa del Pilar. Una hoja de fotocopia. Teléfono y una cara.

—Perdone —dijo la camarera, desde la barra, sin acercarse—. Usted se parece a una.

—A muchas —dijo Elena—. Es lo que me dicen.