Cacería (Elena Malasangre 4) Jueves otra vez #2
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Jueves otra vez #2

En los bolsillos llevaba lo de siempre y algo más.

La placa, en el forro, donde nadie la buscaba.

El cuaderno de tapas duras. El prepago. Dos guantes de nitrilo en una bolsa de congelación.

Una linterna de llavero, de las que cuestan tres euros, comprada el lunes en un chino de Alcalá.

Las dos llaves del 2.º B, la grande y la pequeña, en un aro de alambre.

La pistola seguía en la caja de seguridad del armario, y la llave de la caja colgaba del llavero de Ramiro, en el bolsillo de un abrigo que se había ido a la Delegación.

A la una y media apagó la cacerola. A las 13:40 cogió del cuenco la llave de la azotea y salió por la puerta de servicio, echando las dos vueltas desde fuera.

Subió a pie los cuatro pisos, sin ascensor y sin ruido.

En la azotea hacía frío y entraba una luz blanca que lo aplanaba todo.

Las sábanas de la vecina del ático no estaban: los jueves no eran su día.

Cruzó el tejado de su portal hasta el murete bajo, lo salvó con una pierna y luego con la otra, y pisó la azotea del número contiguo entre dos antenas.

La puerta metálica cedió con el cerrojo corrido por dentro.

Bajó cuatro pisos de una escalera que olía a coles, ancha, de baldosa rota, sin ver a nadie, y salió a una calle de panaderías que a esa hora tenía las persianas a medio cerrar.

En la acera de enfrente, una mujer con un carrito de la compra.

Valeria echó a andar hacia la derecha sin mirar atrás.

Ni el León ni el Renault: dos coches que montaban guardia delante de una puerta por la que no salía nadie.

Cuatro autobuses, un metro con dos cambios, una pausa de seis minutos en el vestíbulo de una estación para ver quién bajaba detrás. Nadie que bajara dos veces.

* * *

Bretón de los Herreros, 14:38.

La calle tenía plátanos casi pelados, un bar con la terraza recogida y, delante de la boca de metro, dos paneles metálicos recién atornillados a la acera por una cuadrilla del Ayuntamiento con chalecos naranjas, todavía en blanco, esperando los carteles de medianoche.

Valeria bajó por la acera de los pares con una bolsa de plástico en la mano y el paso corto de una vecina que va a un recado.

No miró el número 14. Miró las persianas del 2. º B.

Bajadas. Como el jueves anterior. Como los jueves de dos años.

El taller del zapatero estaba tres portales más abajo.

Un cartel de cartón con ZAPATERO · TACONES · LLAVES en la puerta, y dentro olor a betún y a cola, una radio en un estante y, detrás del mostrador, un hombre calvo con un delantal marrón que le había mirado a la cara una vez, hacía tres semanas, y no se la había olvidado.

—Los zapatos están arreglados —dijo, sin saludar—. Desde hace veinte días. Ya los pagó.

Puso los zapatos en una bolsa de papel y se la tendió con las dos manos.

—El señor llegó a las dos y doce —dijo en el mismo tono, mirando la bolsa y no a ella—. En taxi, con gafas oscuras. Como siempre.

—Gracias.

—Atrás han puesto una cámara. La colgó un chico con casco, el lunes. —Se limpió las manos en el delantal—. Y los zapatos de tacón roto, si va a donde creo, no se los lleve. Lleve los suyos. Si hay que correr, que corra con lo que sabe.

No esperó respuesta. Se volvió a sentar en el taburete y subió el volumen de la radio, que daba una canción de los ochenta.

—Guárdemelos otro día —dijo Valeria.

—Los guardo.

Y la bolsa de papel volvió al estante de los zapatos sin dueño, entre un mocasín sin tacón y una bota de agua.

* * *

La calle de atrás, 14:58.

Tardó seis minutos en rodear la manzana: la calle lateral con una tintorería y un contenedor de vidrio en la esquina, un trecho de acera sin comercios y, al final, un callejón sin aceras que desembocaba en la calle de atrás por un extremo, el que quedaba lejos del taller.

Era una calle de una sola acera. En la otra, un muro ciego de ladrillo que rodeaba un convento, con una cruz de hierro encima y unas púas de vidrio roto cementadas en la cima.

De este lado había tres edificios que daban la espalda a la calle: sin balcones, sin portal, con ventanas altas de cristal esmerilado, como si nadie hubiera querido vivir allí.

Un taller de chapa y pintura con la persiana a medio levantar, de donde salía el chirrido de una radial y un olor a pintura a pistola.

Y en el número 9, entre dos pilastras de piedra, un portón de chapa verde de cochera con una puerta pequeña metida en el mismo marco, y encima, sujeta con dos tornillos nuevos a la piedra vieja, una cámara blanca del tamaño de un bote de crema, apuntando a la acera.

Valeria se detuvo en la esquina y se puso a mirar un móvil que no estaba encendido.

Tardó cuatro minutos en entender la cámara.

No miraba hacia abajo: miraba hacia delante, a lo largo de la calle; lo habían colgado con prisa.

Era un ojo de pez barato. A la izquierda cubría hasta la mitad de la calle.

Justo debajo, pegada a la pared, tenía un ángulo muerto de un metro de ancho que empezaba donde acababa la sombra de la pilastra.

Pasó un hombre con un casco de moto colgado del brazo. Entró en el taller de chapa sin mirar hacia ningún lado. La radial paró un segundo y volvió a empezar.

Valeria cruzó la calle por la acera de los pares, fuera del ángulo, y volvió por la otra, pegada al muro del convento.

Cuando estuvo a tres pasos del portón se subió la bufanda gris hasta la nariz, se bajó el gorro hasta las cejas y cruzó de golpe, con la cabeza gacha y el hombro izquierdo rozando la piedra.

Se detuvo bajo la cámara. Notaba su respiración encima del labio, caliente, en la lana.

Sacó el llavero. La grande, la del portal. La pequeña no. Metió la grande en la cerradura de la puerta chica y la sintió entrar hasta el fondo, un cilindro Tesa idéntico al del 14. Nadie había querido llevar dos llaves. A los hombres que no se creen vigilados les da pereza, pensó. Giró.

Un cuarto de vuelta. Resistencia. Una más. El cerrojo se descorrió con un golpe sordo que a ella le sonó a disparo, y la radial del taller mordió algo justo en ese momento y cubrió el ruido.

Empujó. La puerta cedió hacia dentro. Valeria pasó, la cerró a su espalda con las dos manos para que el cierre no sonara, y se quedó quieta en la oscuridad con el corazón en los oídos.

15:09.

Olía a lejía fría, a aceite viejo y a algo más hondo, a ropa que nadie ha tendido.

Encima de ese techo, tres plantas más arriba, estaba su marido.

Llevaba allí cincuenta y siete minutos, según el zapatero.

Valeria levantó la cabeza, esperó unos pasos, una silla, una voz, y no oyó nada.

No había luz. Sacó la linterna de llavero, la tapó con el pulgar para que solo escapara una rendija roja entre los dedos y la encendió.

Un pasillo de hormigón de unos cuatro metros, bajo, con un cable eléctrico grapado al techo.

En el suelo, un felpudo gris sin letras.

A la derecha, un interruptor de luz con temporizador; no lo tocó.

Al fondo, el pasillo se abría en una sala mayor, y desde allí venía una claridad sucia, de neón lejano, que dibujaba el borde de las cosas.

Avanzó pegada a la pared izquierda, con la planta del pie primero y el talón después, como había aprendido de joven en un curso de la academia. Cuatro metros. En el último, se asomó.

Un garaje de techo bajo, con columnas cuadradas pintadas de amarillo hasta la altura de la cintura.

Cinco plazas dibujadas con líneas blancas, vacías, la última con una mancha de aceite del tamaño de un mapa.

A la derecha, en el techo, junto a la rampa que subía hasta el portón, la cámara con su lucecita verde: apuntaba a la entrada y, por lo tanto, también a ella.

Valeria retrocedió medio paso, hasta quedar tapada por el borde del muro, y se bajó más el gorro.

Al fondo del garaje había tres puertas en fila, de chapa gris, y una cuarta más ancha, de reja, con una cadena.

Detrás de la reja, una cabina del tamaño de un armario ropero y un panel con dos botones.

La de en medio tenía una raya de luz amarilla en el borde de abajo, y de ahí venía, mezclado con la lejía, un olor a caldo o a sopa, algo que alguien había calentado hacía poco.

Se obligó a mirar el suelo. Había huellas de neumático seco, ninguna fresca. El Altea no estaba. Ni coches, ni voces, ni nadie. Solo, muy lejos, el zumbido de un motor de montacargas en vacío, subiendo o bajando, que se detuvo con un clac.

En el reloj eran las 15:18.

Valeria apagó la linterna. Calculó la columna más cercana, la tercera, a siete pasos, con un hueco detrás de una tubería. Salió de la sombra del muro, cruzó el cono de la cámara con la cabeza baja y la bufanda en la cara, y se pegó al hormigón.

Entonces, al otro lado del garaje, sobre su cabeza, arrancó un motor eléctrico.

Un chirrido de cadena. El portón empezó a subir, y por el borde de abajo entró una raya de luz de calle, blanca, que se ensanchó despacio sobre el suelo hasta alcanzarle las botas.

Las 15:19. Jueves otra vez, y por detrás.