Jueves otra vez
El banco de hierro junto a la verja era el único sitio del Archivo donde el móvil tenía una raya de cobertura, y Valeria llevaba desde el lunes bajando a él cada mañana con una excusa distinta: los guantes de algodón, el café de la máquina, una duda sobre un sello.
Ese miércoles no puso excusa. Se sentó bajo el olivo de su maceta, dejó el prepago boca abajo sobre el muslo y miró la verja.
Al otro lado, en la acera, estaba el León gris de Rivas con el motor apagado y un caramelo de café con leche en el posavasos.
Rivas levantó dos dedos hasta la sien. Ella le devolvió medio gesto.
Por la ventana abierta del cuarto de Garrido salía el transistor, una tertulia que daba por hecho que a medianoche del jueves empezaba la campaña y que los partidos llevaban dos días calentando motores. Valeria no escuchaba. Contaba.
Cuatro días desde el domingo, desde la tira de papel que se había comido en la azotea.
Cuatro días sin una palabra de Marisa, sin un mensaje del número al que había escrito, sin saber si el aviso había llegado a quien tenía que llegar.
Y el lunes por la noche, mientras pelaba una naranja con el cuchillo pequeño y sin levantar la vista, Ramiro había dicho: «Ayer estuvimos a un portal de la del parque.
En Tetuán. Una casera muy simpática, que no sabía nada.
Se nos fue por los tejados». Se había comido un gajo.
Valeria había seguido secando una copa hasta que el cristal chirrió.
Eso quería decir que el mensaje había llegado. También quería decir que a una mujer con una descripción, un retrato y cuarenta mil euros sobre la cabeza le quedaban muy pocos domingos.
A las 10:44 vibró el prepago.
Pedido recibido. Nueve euros, un carné de biblioteca que no es mío y cuarenta minutos de cola. Va en tres mensajes. Léelos y bórralos, que luego te distraes.
Valeria miró la verja. Rivas hacía un crucigrama en el volante, con la cabeza gacha. Bajó la vista.
1/3. Finca registral 11.482. Local en planta sótano, 238 m². Uso: garaje y almacén. Titular: Inversiones Alameda 7, S. L., pleno dominio. Adquirido el 9 de septiembre de 2024. El mismo día que el piso.
2/3. Acceso por la calle de atrás, n.º 9: rampa y puerta de servicio. Y esto no me lo esperaba: inscrita una servidumbre de montacargas privativo entre el local y la vivienda 2.º B. Hasta el Registro los tiene conectados.
3/3. Cargas: ninguna. Licencia de actividad: no la he encontrado. Nadie ha pedido nunca nada de esa finca. No la hagas sola. Sé que la vas a hacer sola.
Los leyó dos veces. Después una tercera, moviendo los labios sin sonido, como quien aprende un número de teléfono: once cuatrocientos ochenta y dos; doscientos treinta y ocho; calle de atrás, nueve.
Borró el primero, el segundo, el tercero.
Escribió Recibido. No me escribas más y lo mandó antes de arrepentirse. La respuesta llegó en veinte segundos.
Mi madre dice lo mismo. Estamos todos de acuerdo.
Borró también ese.
Doscientos treinta y ocho metros bajo un edificio de pisos de Chamberí, sin licencia, a nombre de la sociedad del marido, con un montacargas inscrito hasta la cocina del 2.
º B. Para ella era suficiente. Para un juzgado era un papel que ni siquiera podía enseñar, porque lo había pedido Nacho con un carné de biblioteca ajeno.
Bravo había sido clara: sin denunciante identificada o documento ajeno a Jefatura, ni una diligencia.
Un papel del Registro no metía a nadie dentro de un sótano.
Hacía falta una persona dentro, viva y dispuesta a hablar, o hacía falta que Valeria viera el sótano con sus propios ojos y supiera qué iba a pedirle a la fiscal.
Veintiséis rayas hechas con una uña en el marco de un cuarto. Un cepillo rosa con pelo largo y oscuro. Una puerta de hierro con un motor detrás.
Se levantó. Rivas ni se movió.
* * *
La nave 3, 11:20.
Noelia estaba en el pasillo 14, de rodillas en el suelo de cemento, con una caja de causas del noventa y seis abierta entre las piernas y los guantes blancos ya grises de polvo.
Llevaba el moño tirante y el jersey gris, y desde que había llegado a Alcalá no había olido a vainilla ni una sola vez.
Cuando oyó los pasos de Valeria por el carril metálico, ni levantó la cabeza.
Cogió el sello, miró la hoja que tenía delante y estampó CONSERVAR.
—Tengo una pregunta —dijo Valeria.
—Ya.
—Los primeros jueves. Me dijiste que el chico te llevaba en coche. ¿Adónde te dejaba?
Noelia dejó el sello sobre la caja. Se quitó un guante, despacio, y se miró los dedos.
—Detrás. —Hablaba bajo, en una nave donde no había nadie más que veinte mil cajas—.
Los dos primeros. Me bajaba del coche delante de un portón verde, de cochera, con una puerta pequeña metida en el mismo marco.
El chico abría con una llave, entrábamos a un pasillo oscuro que daba a un garaje con columnas, y de ahí a un ascensor de carga de esos de reja, que huelen a grasa.
Subía agachada. Yo pensaba que era romántico.
—Se encogió de hombros—. Para que no me viera la vecina del primero.
Al tercer jueves Ramiro dijo que por el portal, como todo el mundo, que por atrás parecía otra cosa.
—¿Había cámaras?
—Una. Dentro, en el techo, junto a la rampa, con una lucecita verde. Fuera no vi ninguna. —Levantó por fin la vista—. ¿Va a ir?
—Voy a hacer mi trabajo.
—Usted no tiene trabajo. —Noelia lo dijo sin crueldad, con la exactitud de quien tiene veintidós años y ya ha perdido el suyo—. Se lo han quitado. Y me lo está preguntando como lo preguntan los que ya han decidido.
Valeria cogió una caja del estante de la izquierda, la dejó en el suelo y le quitó la tapa. Cartas, atestados, un tacón de aguja dentro de una bolsa de plástico con una etiqueta de 1996.
—Mañana no vengo. Jaqueca.
—Yo no sé nada.
—Tú nunca sabes nada. Es lo mejor que tienes.
Noelia volvió a ponerse el guante. Cogió otra hoja, la miró, y estampó el sello sin leerla, con un golpe seco. Valeria hizo lo mismo con la suya. «Si duda, conserva», decía Garrido. «Si no duda, conserva igual». Fue la primera vez en cuatro días que obedeció esa regla con ganas.
* * *
Piso de Valeria, jueves 12 de noviembre, 7:38.
La jaqueca la había anunciado la noche anterior, durante la cena, con la mano en la sien y sin exagerar.
Ramiro había dejado el tenedor. «Descansa, cariño.
Mañana no madrugues. Le digo a Rivas que se quede abajo por si necesitas algo».
Había sonado a protección. Valeria había contestado que sí a todo y le había servido más pimientos.
Ahora estaba en el recibidor con el abrigo oscuro puesto y las llaves del Audi en el cuenco, sin cogerlas todavía, y la miraba como se mira un mueble que uno ha comprado y que no sabe si vale lo que pagó.
Olía a colonia y a pasta de dientes. Se arregló el nudo de la corbata en el espejo del pasillo.
—Mañana empieza la campaña —dijo—. Va a ser un manicomio. Tendré que dormir en la oficina alguna noche. —Cogió las llaves—. Hoy no me esperes para cenar. Hay lío en la Delegación.
La misma frase. Dos años y pico de jueves con las mismas once palabras, dichas siempre a la altura del cuenco. Valeria las había oído tantas veces que le sonaban a un reloj en otra habitación. Esta vez las contó una a una.
—Vete tranquilo. Me acuesto otra vez.
Ramiro se inclinó y le besó la frente, un beso seco y largo.
—Te quiero bien —dijo.
Cerró con las dos vueltas desde fuera. Valeria esperó con la oreja pegada a la madera hasta oír el ascensor, que tardó cuarenta y un segundos en llegar abajo.
Después fue a la ventana del salón, apartó el visillo y esperó a verle cruzar la acera hasta el garaje.
A las ocho menos veinte, el Audi negro salió marcha atrás y giró hacia Alcalá.
Delante del portal, el León gris. Detrás, donde no se veía desde allí, el Renault con el hombre del periódico.
A las ocho y cinco llamó a Rivas desde el fijo.
—Hoy no bajo.
—Ya me lo ha dicho el comisario. —Se oía el papel del periódico—. Descanse. Yo estoy aquí abajo por si necesita algo.
—No necesito nada.
—Pues entonces aquí abajo.
Colgó. Tenía cinco horas y media por delante y las llenó con lo que haría una mujer con la cabeza partida.
Subió las persianas del salón a las nueve y las bajó a medias a las diez.
Puso la radio de la cocina, una tertulia de la mañana que hablaba de carteles, de recortes y de un cabeza de lista que no había querido decir nada a la prensa, y la dejó bajita.
Encendió la tele del dormitorio sin voz.
A las once abrió la ventana para ventilar.
A la una puso una cacerola con agua a fuego mínimo, para que empañase los cristales de la cocina y alguien que mirase desde la calle viera una casa en la que se guisa.
Dejó el móvil de siempre en la mesilla, boca abajo y con el sonido apagado.
Si Ramiro llamaba al fijo y nadie contestaba, estaba dormida.
A las doce y media se vistió.
Pantalón oscuro, botas planas, un jersey negro de cuello alto con las mangas largas, que le tapaban el reloj y la serpiente que había debajo.
Encima, el anorak azul marino de hace ocho años, el mismo del domingo, y la bufanda gris.
El chaquetón verde se quedó en la percha: Ramiro lo conocía.
Se recogió el pelo en un moño bajo, con las canas que ya no se molestaba en teñir enrolladas hacia dentro, se encasquetó el gorro de lana gris hasta las cejas y se miró en el espejo del recibidor.
Una mujer de su edad, con un gorro, camino de cualquier sitio.