Cacería (Elena Malasangre 4) Tetuán #2
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Tetuán #2

Elena subió con la mano buena. La mochila le tiraba de los hombros, las costillas gritaban. Empujó la trampilla con la cabeza y con el antebrazo, y se hizo una luz fría y entró aire. Salió a gatas a la azotea. Cerró la tapa por dentro, con las dos manos, despacio, y se quedó tumbada sobre la grava.

Desde ahí, con la oreja pegada a la chapa, oyó llamar a una puerta. Un golpe seco, tres veces.

Nelly tardó. Elena contó hasta doce. Abrió, y su voz salió por el hueco de la escalera, clara y alta, la voz de quien se ha puesto el delantal para recibir al párroco:

—¿Quién es? ¿Qué quieren a estas horas? ¿Ustedes no saben que es domingo?

—Policía Nacional, señora. ¿Puede abrirnos?

—Yo ya les he abierto. ¿Tienen orden, joven? Porque mi inquilina se fue en octubre y me debe una semana, y si la encuentran, me la traen.

—Queremos ver el cuarto de la chica, señora —dijo la voz cansada, y esta vez Elena oyó debajo el golpe de una muleta—. Solo mirar.

—El del fondo era de ella, sí. Está sin hacer. Pasen, pero con cuidado, que el parquet es de mi marido y él era muy suyo con el parquet.

Pasos que se alejaban hacia el fondo del piso. Golpe, arrastre, golpe. Una puerta de armario, y algo que caía, y la voz de Nelly, por encima de todo:

—¡Eso es del Raúl! ¡Eso no se toca!

Elena no oyó el resto. Ya se había levantado.

* * *

Azoteas de la manzana, 13:34.

Era una azotea de grava con un cuarto de máquinas, un tendedero vacío con las pinzas puestas, dos antenas parabólicas y una caseta de ladrillo con una puerta metálica cerrada.

Hacía viento, un viento limpio de domingo que se llevaba el olor a plátano frito de media calle.

Al fondo, por encima de las antenas, se veían las Cuatro Torres con el cielo detrás, tan limpias y tan lejos que parecían de otra ciudad.

Dos palomas se levantaron de la grava y volvieron a posarse.

Delante, a unos doce metros, una barandilla de hierro bajo, y al otro lado un edificio más bajo, con otra azotea.

Se echó a correr agachada. Se detuvo detrás del cuarto de máquinas y se asomó al pretil de la fachada, un palmo, lo justo para ver con un ojo.

La calle entera, desde arriba. El Jeep. El coche patrulla.

Un agente de espaldas, junto al portal, esperando.

En la acera de enfrente, junto al bar, Chema con su delantal blanco, hablando con un hombre de cazadora azul que le enseñaba una hoja de papel.

Chema, que no conocía a nadie. Negaba con la cabeza, lento, con la boca cerrada y las manos abiertas y vacías.

Y el hombre de la camisa blanca ya no estaba mirando el final de la calle.

Había alzado la cabeza y recorría la fachada de Nelly con los ojos, planta a planta, hasta la cornisa.

Después siguió por la línea de los tejados, de uno en uno, como quien cuenta ventanas.

Elena se pegó al ladrillo sin respirar. Cuando se atrevió a mirar otra vez, el hombre se estaba mirando la palma de la mano izquierda.

Sacó un bolígrafo del bolsillo del pantalón, despacio, y escribió algo en ella.

Elena se apartó del pretil. Notó que tenía los dientes cerrados. Se obligó a abrirlos.

Rodeó el cuarto de máquinas y llegó a la barandilla.

Era un salto de metro y medio hasta el murete del edificio de al lado, y entre uno y otro, cuatro pisos de vacío sobre un patio con una bicicleta sin ruedas y cubos de basura.

Con dos costillas rotas, la mano izquierda sin cerrar y una mochila de nueve kilos.

Lo había hecho antes, con otro pie, con otro cuerpo. En Embajadores, y en un muelle de carga de Maravillas.

Desde una terraza del edificio de enfrente, a la altura del hierro, una vecina en zapatillas tendía unas toallas y la miraba con una pinza en la boca. Se quitó la pinza.

—¿Usted qué hace ahí?

—Comunidad —dijo Elena—. Miro el tejado.

—Pues dígales a los de la comunidad que se dejen de tejados y arreglen el ascensor, que llevamos desde marzo. —Volvió a ponerse la pinza y siguió con las toallas.

Se subió al hierro apoyando el pie bueno. Contó hasta tres sin pensarlo. Saltó.

Aterrizó sobre el murete con las dos botas y el brazo derecho, y la mano izquierda le explotó como si alguien le hubiera cerrado una puerta encima.

Aguantó el grito mordiéndose el labio de dentro.

Se dejó caer a la grava del otro lado y se quedó en cuclillas, con el pulso en los oídos, mirando un trozo de cielo sin nubes.

Notó que la venda estaba húmeda y que no era sudor.

Ya está. Una azotea más.

La segunda azotea tenía una puerta de hierro con el cerrojo oxidado, que cedió a la tercera patada.

Detrás, una escalera de peldaños de terrazo, estrecha, con olor a coles y a gato, que bajaba en caracol.

Elena bajó con la espalda pegada a la pared, contando pisos.

Cinco, cuatro, tres. En el segundo se cruzó con un niño de seis años en pijama, con un patinete, que la miró con mucha atención.

—No me has visto —dijo Elena.

—Vale —dijo el niño.

Primero. Bajo. El portal daba a una calle más estrecha, una calle de talleres cerrados y garajes con las rejas echadas, sin un solo coche patrulla.

Paró en la sombra de la puerta, con la respiración rota, y se apretó la mano izquierda contra el costado hasta que el dolor dejó de ser lo único que había.

Por la venda, entre los dedos, goteaba. Se envolvió la mano con un calcetín gordo de los nuevos y se metió el puño en el bolsillo.

Sacó de la bolsa del chino el otro móvil, el que solo conocía una persona, y lo encendió. Una barra. Dos.

Había un mensaje de las 12:40 que no había oído.

Hoy mejor que mañana. Doña Remedios la espera. Un abrazo. P.

Lo miró más tiempo del que podía permitirse. Un abrazo. Pensó en la mano de Fermín sobre la sábana, en Nelly con el rodillo, en un hombre de camisa blanca escribiéndose algo en la palma. Si Paco lo sabía desde las doce y cuarenta, el lunes ya había empezado.

Borró el mensaje. Apagó el móvil.

En un bazar de la esquina, abierto porque era domingo, compró por cuatro euros un gorro de lana negro y unas gafas de sol de farmacia, y la dependienta, sin levantar la vista de una revista, le dio la vuelta con un «que le aproveche».

Se encasquetó el gorro hasta las cejas, se echó la mochila al hombro, apretó la mano izquierda contra el costado y echó a andar calle abajo, sin correr, hacia la boca del metro.

En el andén de Tetuán había un cartel pegado con celo en la pared de azulejos, una hoja de fotocopia con un teléfono y una cara de mujer, seis centímetros por ocho.

Alguien ya le había dibujado un bigote con rotulador.

Elena se paró un segundo delante, con el gorro hasta las cejas, y la cara de nadie le devolvió la mirada con su bigote nuevo.

Llegó el tren. Entró en el último vagón y se sentó de espaldas a la puerta, con la mochila entre las piernas.