Cacería (Elena Malasangre 4) Tetuán
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Tetuán

El móvil vibró en el bolsillo del abrigo cuando Elena pisaba el rellano del segundo piso, y se quedó con un pie en el aire y la mano buena en la barandilla.

Desde la tarde del hospital habían pasado dos noches y casi dos días en los que no había pasado nada, que era lo que a ella le sonaba peor.

Las dos noches las había dormido en el cuarto de Nelly con las botas puestas.

El viernes, al volver del hospital, le había dicho que se fuera a casa de Wilson, y Nelly había contestado que ella no se movía de su cocina por nadie que no fuera su difunto marido; al día siguiente había vuelto a decírselo y había recibido un plato de arroz.

El sábado se lo había pasado en la otra punta de Madrid, en una tienda de Antón Martín donde un dependiente con la tele puesta en un debate de candidatos le vendió, sin mirarla, un localizador nuevo: veintinueve euros, nueve días de batería, para sustituir al que se estaba muriendo pegado al paragolpes de un Seat.

Esa mañana había salido a las diez, a un locutorio de Cuatro Caminos y a una tienda de chinos, y volvía con una bolsa de plástico con un cargador portátil, tres pares de calcetines gordos y una caja de pilas.

El papel de Móstoles seguía en el calcetín izquierdo.

Era domingo, tenía hasta el lunes, y pensaba irse esa tarde.

El móvil de diario. Lo conocían un taxista, su hija y Marisa. Lo sacó con la izquierda, que no cerraba, y lo sostuvo contra el pecho.

Soy Marisa. Me ha escrito la policía del tique.

Yo no me fío ni de mi sombra pero me dijo que te lo pasara tal cual y que no contestara a ese número.

Tal cual: «Váyase hoy de donde duerme. Tienen su descripción, un retrato y a un taxista que ha hablado.

No es una trampa. Si fuera una trampa, no le diría que se fuera.

» Yo no te he dicho nada. Perdóname por si es mala.

Lo leyó tres veces. Arriba, en el cuarto piso, una puerta se abrió y se cerró, y alguien arrastró una silla.

Un taxista que ha hablado. Eso lo sabían los que le habían roto los dedos a Fermín, los que les pagaban, y ahora una tercera persona con un sitio dentro de todo aquello.

Elena pensó en una voz de mujer pasando por delante de un contenedor en Villaverde, educada, preguntando por una nave que se alquilaba.

Pensó en un chaquetón verde. Pensó que una trampa no necesita decir la verdad sobre Fermín, y que por eso mismo tenía que ser una trampa muy buena o no serlo.

Daba igual. Se iba esa tarde. Solo que la tarde acababa de empezar una hora antes.

El número estaba en el dorso de una factura, en un piso de la avenida de Oporto con una carta del casero sobre la mesa.

Elena sacó la tarjeta del móvil con la uña del pulgar, la partió en dos contra el borde del escalón y metió los trozos en la tierra de una maceta de plástico del rellano, entre las colillas.

Guardó el aparato apagado en el abrigo. Después subió los dos pisos que le quedaban de dos en dos, con las costillas protestando en cada peldaño.

* * *

Piso de Nelly, 12:58.

Nelly estaba en la puerta con el delantal puesto, el rodillo de amasar en una mano y la otra sujetando el marco. Debajo de los rulos le brillaba la frente.

—Mija, entre. Rápido.

Entró. En la cocina había una olla grande a medias, con un sancocho de pollo y plátano que olía a domingo, y la radio de la nevera sonaba bajita: un locutor con voz de feria leía el parte de tráfico y avisaba de cortes en el centro por la manifestación de la vivienda.

Desde la ventana, que daba a la calle, se oían sirenas lejanas, de furgonetas que iban todas en la misma dirección.

—Han pasado por los bares —dijo Nelly. Había bajado la voz aunque no había nadie más en la casa—.

A las doce menos veinte. Dos hombres con una fotocopia.

Uno joven, con unos auriculares enormes colgados del cuello, y otro con una carpeta.

Chema me ha llamado por el interfono. Dice que a él le han enseñado el papel y ha dicho que no conoce a nadie así.

—¿Y lo conoce?

—Chema conoce a todo el mundo. —Nelly respiró—. Pero Chema es honrado. Tiene un cuñado que no.

Elena fue hasta la ventana sin acercarse al cristal. Abajo, en la acera, un perro orinaba en un alcorque. Los coches aparcados en fila. En la esquina, la persiana del bar de Chema medio subida y las sillas de aluminio apiladas contra la pared.

—¿Qué ponía el papel? —preguntó.

—Que si alguien la ha visto, un teléfono. Y una cara. —Nelly dudó—. No se parece a usted. Es una chica con cara de prima de todo el mundo.

—Eso es lo que quieren.

—¿Y qué hace una con eso, mija?

—Irse. —Elena se volvió—. Nelly, usted se va hoy a casa de Wilson. Con la olla y con los rulos. Se va ahora.

—Hoy es domingo.

—Precisamente.

—Domingo es arroz, misa por la tele y el Horizonte por la noche. —Nelly levantó el rodillo, como un cetro pequeño—. Yo de mi casa no me muevo. Esta es mi casa. Aquí murió mi Raúl y aquí me va a enterrar el cura, que para eso no tiene que cruzar la calle.

—Nelly.

—Y usted tiene cinco minutos para meter lo suyo en la mochila, que se le pone la cara de cuando no come. —Nelly se secó la mano en el delantal—. Vaya.

Elena fue al cuarto. Seguía igual: la ventana al patio de luces, el armario sin puerta, la silla con las revistas, la mancha de humedad con forma de Italia.

Cerró la puerta con el pie. Levantó el colchón por una esquina y sacó el portátil de Iván envuelto en un jersey, el dinero en un calcetín de hombre atado con una goma, y las dos bolsas de ropa.

Contó los billetes sin sacarlos del calcetín, por el grosor: cinco mil y pico.

Los repartió. Mil en la faja del pantalón, mil en cada bota, el resto en el fondo de la mochila de Iván, bajo el portátil y una sudadera.

La ropa que no cabía fue a una bolsa de basura, y la bolsa, debajo del fregadero de Nelly, entre los trapos.

El bastón extensible, en el bolsillo de dentro del abrigo.

La cuchilla, en la bota derecha, junto al billete.

La media pastilla, en el calcetín, donde estaba, sin tocarla.

Se puso la mochila. Pesaba lo que pesaba su vida entera, que no era mucho. Miró el cuarto una vez, de pie, con la mochila en los hombros, como se mira un sitio donde uno ha dormido ocho noches y no ha soñado nada.

Cuando volvió a la cocina, Nelly tenía en la mano un llavero con una sola llave grande y una cinta roja.

—Del candado de la trampilla. La tengo desde que se murió el presidente de la comunidad y nadie quiso hacerse cargo.

—La puso en la palma buena de Elena y le cerró los dedos encima con las dos manos, apretando—.

Por el rellano de arriba. La escalera de hierro.

Cuando suba, cierre por dentro y no se pare.

—Venga conmigo.

—Mija, he abierto la puerta a un coronel borracho, a dos ladrones y a mi marido muerto, aunque ese ya fue al final. Sé abrir una puerta.

—Si suben…

—Si suben, les enseño la olla. —Nelly le puso la mano en la mejilla, un segundo, seca como un papel—. Y no se despida, que da mala suerte.

Elena iba a contestar cuando oyó el motor.

* * *

Cocina de Nelly, 13:21.

Se acercó a la ventana de lado, con un ojo en el borde de la cortina.

Un Jeep negro, con los cristales tintados, se detuvo en doble fila delante del portal. Detrás, a un metro, un coche patrulla de la Policía Nacional, sin sirena y con las luces apagadas. Con media policía de Madrid en Sol, a la calle de Nelly había llegado uno solo.

Del asiento del copiloto del Jeep bajó primero la muleta.

Después Quique. Cabeza rapada, la cicatriz blanca en la nuca, una rodillera metálica por fuera del pantalón y una cojera que le torcía todo el cuerpo hacia la izquierda.

El alto salió de la parte de atrás, con la mandíbula todavía amarillenta y un esparadrapo en la ceja.

De la patrulla bajaron dos agentes. Uno llevaba una carpeta de plástico bajo el brazo y la abrió contra el capó, con una hoja de papel.

Quique miró la calle, el portal, las ventanas. Subió la cabeza despacio, planta a planta. En el cuarto, Elena sintió que sus ojos pasaban por la cortina sin demorarse.

Un tercer hombre abrió la puerta de atrás del Jeep y se quedó apoyado en ella, de espaldas a la fachada.

Camisa blanca de manga corta. En noviembre.

Las manos en los bolsillos, la cara de no haber dormido.

No se acercó al portal. Miraba para otro lado, hacia el final de la calle, donde se cortaba el cielo con las antenas de los tejados.

Lo había visto dos días antes, junto a los ascensores de un hospital, cogiendo una tableta sin mirar al que se la tendía. El que se escribía en la mano.

Abajo sonó el interfono de la cocina, el viejo, un cacharro beige con un timbre como de colegio, con un zumbido largo.

Nelly miró a Elena.

—No lo coja —dijo Elena.

—No pensaba cogerlo.

Volvió a sonar. En la acera, el agente de la carpeta se había acercado a la botonera.

Alguien en el 2.º A abrió al tercer timbrazo, porque esa puerta no resistía a nadie, y el portal se abrió con un chasquido.

Elena oyó pasos abajo, subiendo muy deprisa un tramo y parando.

Cuatro personas, quizá cinco. Un golpe de muleta contra el primer escalón.

—Vaya —susurró Nelly.

Elena salió de la cocina sin ruido, abrió la puerta del piso y se encontró el rellano vacío.

Dio la vuelta a la barandilla hasta el último tramo: seis escalones más, y una escalera de hierro de peldaños de varilla atornillada a la pared, que acababa en una trampilla cuadrada de chapa con un candado grande.

Metió la llave. Giró. Costó, hasta que cedió con un crujido que le pareció más fuerte que cualquier otra cosa en el edificio.

Abajo, en el segundo, una voz de hombre dijo:

—Tercero y cuarto. Dos puertas por rellano.

Y otra, más baja, con un deje cansado:

—Pregunta primero por la señora de los rulos.