Cacería (Elena Malasangre 4) Retrato #2
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Retrato #2

—No, en serio. —Nacho bajó aún más la voz—. Valeria. Si Ramiro ha puesto precio a esa mujer, y tú tienes el nombre, y ella no lo sabe…

—Lo sé.

—Entonces dime que vas a hacer algo.

—Voy a comprar un disco.

Cogió uno al azar de la caja, uno de Los Panchos con las esquinas gastadas, y buscó un euro. El vendedor de la barba de sal y pimienta lo había visto con el rabillo del ojo desde hacía rato y no dijo nada. Le cobró dos. Valeria se lo tendió a la mujer del mantón, que había vuelto sin hacer ruido.

—Para usted.

—Ya lo tengo —dijo la madre de Nacho—. Pero me lo quedo.

—Se lo guardó en el bolso sin mirarla. Habló sin mover los labios, como su hijo—.

Desde que lo soltaron llega a casa a las siete, con las manos mojadas, y hasta las once no dice palabra.

Si usted va a hacer lo que yo creo, hágalo bien. Solo tengo uno.

—Lo intentaré.

—Se nota. —Y se fue con la espalda recta hacia el tocadiscos.

* * *

Azotea del portal de Valeria, 12:20.

Había vuelto por el mismo camino, a la inversa: la calle de las panaderías, la escalera de las coles, el murete bajo.

La vecina del ático había dejado tendidas unas sábanas blancas con florecillas azules, y Valeria las rozó con el hombro y se quedó un momento dentro de su sombra.

Abajo, muy lejos, se oía el bombo de la marcha.

Después se sentó en el suelo, con la espalda contra la chimenea de ventilación, y abrió el sobre.

La nota informativa ocupaba una página: logotipo, número de referencia, sello digital del Gabinete, el párrafo sobre la gratificación en la última línea, en cursiva. El retrato ocupaba la otra, impreso en blanco y negro, seis centímetros por ocho, en el centro de un folio.

Era una mujer joven, de cara estrecha. El pelo le llegaba a la barbilla con un flequillo ladeado. La boca, cerrada, sin expresión. Los ojos, oscuros y un poco hundidos, miraban a un punto delante del papel. Era la cara de nadie. De alguien. Cualquier camarera de Madrid podía haber posado.

Pero Nacho había escrito debajo, a lápiz, con letra de colegial:

Elena Soto Marín. 28. Empadronada con Iván (Embajadores). Sin antecedentes. Sale en el atestado de Iván como «la novia».

Valeria arrancó la tira con el nombre, la dobló en cuatro y se la metió en la boca.

Mascó el papel despacio, como un chicle, sin quitarle los ojos al retrato.

Sabía amargo, a lápiz. Cuando estuvo blando lo escupió en la palma, lo apretó hasta hacer una bolita y lo echó por la rejilla de la bajada de aguas, que se lo tragó con un sonido pequeño.

La nota y el retrato los rompió en pedazos del tamaño de una uña y los fue soltando por la misma rejilla, uno a uno, hasta que no quedó nada que alguien pudiera volver a juntar.

No tenía un número para Elena. Tenía el de Marisa, que había contestado el lunes a las once y cinco.

Y Marisa tenía el de una amiga que había aparecido y desaparecido en su vida con una goma de pelo y un sobre.

Valeria sabía lo que pasaba si escribía.

Elena sabría que existía alguien dentro de la policía que sabía lo bastante para avisarla.

Era una confianza que Valeria no tenía derecho a pedir, y una trampa perfecta para cualquiera que quisiera usarla.

Si el móvil de Marisa estaba intervenido, Valeria acababa de escribirle a Ramiro una carta con su número y su letra.

Si no lo escribía, Elena se enteraría por el timbre de una puerta.

Escribió con el pulgar tapando la pantalla:

Marisa, soy la del tique. Pase esto a su amiga y a nadie más: «Váyase hoy de donde duerme. Tienen su descripción, un retrato y a un taxista que ha hablado. No es una trampa. Si fuera una trampa, no le diría que se fuera.» Nada más. Y no conteste a este número.

Leyó el mensaje tres veces. Se detuvo en la última frase, la quitó y la volvió a poner. Después pulsó enviar antes de poder quitarla otra vez.

La pantalla se oscureció. En la otra azotea, la vecina sacudía una colcha, y el polvo subía a la luz como una cosa que se hubiera estado escondiendo.

Era la primera vez en su vida que advertía a alguien de que su marido iba a por ella.

Se quedó diez minutos más. Después bajó a casa, cambió el anorak por el chaquetón, el gorro gris por el verde, y a la una y cinco salió por el portal de la calle con una bolsa de tela.

En la panadería de la esquina pidió dos barras, y la dependienta le dijo que hacía días que no la veía, y Valeria contestó que había estado mala.

En la acera de enfrente había un coche con un hombre joven leyendo el periódico.

Lo saludó con la cabeza, y él le devolvió el saludo.

* * *

Piso de Valeria, 14:50.

Ramiro volvió a las tres menos diez. Valeria había puesto la mesa para dos y calentado las albóndigas de su suegra en la misma cazuela, con un poco de agua y cuatro minutos de más para que la salsa quedase como a él le gustaba.

No venía con cara de volver de ningún sitio.

Venía con el pelo peinado y los zapatos limpios y una carpeta de cartón azul debajo del brazo, que no soltó al sentarse.

No olía a hospital ni a perfume. Olía a un sitio con las ventanas abiertas.

—Me dicen que has bajado a por pan —dijo, mientras partía una barra—. Con jaqueca.

—Con jaqueca también se sale a por pan.

—Qué buena es una mujer de costumbres. —Se sirvió dos albóndigas y le tendió el plato—. Hoy no ha pasado nada. Es domingo. Se me había olvidado cómo se está un domingo.

Comieron. Hablaron de la suegra, del suavizante, de una lámpara que Ramiro quería cambiar. Valeria sirvió dos veces. Cuando recogió los platos, él puso la carpeta en la mesa, en el sitio donde antes había estado su vaso, y la abrió con dos dedos.

Sacó un folio. Lo dejó delante de ella, boca arriba.

Era el mismo. La misma mujer de cara estrecha y flequillo ladeado, a seis centímetros por ocho, en el centro de un folio.

Valeria no lo cogió. Se secó las manos en el paño, despacio, un dedo y luego otro, y bajó la vista hasta la cara del papel. La miró lo que podía mirar una mujer a la que le enseñan por primera vez algo que no le importa. Dos segundos. Tres.

—¿Quién es?

—No lo sé. Todavía. —Ramiro se echó hacia atrás en la silla y juntó las puntas de los dedos—. La mujer del parque, cariño. La que le abrió la mano a mi amigo.

—Qué cara más normal.

—Eso mismo he pensado yo. —La miraba a ella, no al papel—.

Lo que no tiene es nombre. Y los nombres se encuentran siempre en el mismo sitio: en algún atestado, en algún padrón, en el cajón de alguien que se olvidó de tirarlo.

Es un trabajo de paciencia. Pero se hace.

—Pasó el dedo por la mejilla del retrato, de arriba abajo, una sola vez—.

¿Tú no tendrás por casualidad un nombre para ella?

Valeria dejó el paño sobre la silla. Lo dobló en dos.

—No.

—No. —Ramiro asintió, y volvió a sonreír, despacio, con la expresión cálida de quien acaba de ganar una apuesta que no se hizo en voz alta—. Lo sé. Te lo preguntaba por si acaso.