Retrato
El prepago de Valeria vivía en el cajón de la plancha, dentro de un calcetín de lana que ya no hacía pareja con ningún otro, debajo del cuaderno. Lo sacó a las nueve y diez, con Ramiro todavía en la ducha. Tenía dos cosas que decir y una sola oportunidad de decirlas sin que nadie la oyera.
Había vuelto de Alcalá a las cuatro menos veinte, en el asiento de atrás del León gris, con el tampón de los sellos todavía en la punta de los dedos.
Rivas la había dejado en el portal con un «hasta el lunes, inspectora» que ella no contestó.
Después, el resto del viernes: la compra, que bajó a hacer con el Renault gris pegado a la acera de enfrente; la cebolla otra vez; y a las ocho y media el ruido de las llaves de Ramiro en el cuenco, sin prisa, sin nada de la cara de la noche anterior.
Había cenado con ella. Habían hablado de la lavadora.
En el salón, la tele estaba puesta sin voz: un hombre con corbata ante un atril lleno de micrófonos, y abajo un rótulo sobre la campaña.
Ramiro la miraba de reojo, como se mira a un empleado que llega tarde.
A los postres, él preguntó por Alcalá con la voz con que se pregunta por unas vacaciones.
—Garrido es buena gente. Treinta años en el mismo sótano y sin una queja.
—Hay pasillos de sobra.
—Y Prieto está allí, ¿no? —Cogió una mandarina y empezó a pelarla de una sola tira—. La pobre chica. Me caía bien. Procura que no pase frío.
Valeria dijo que lo procuraría. Él le tendió la mitad de la mandarina y ella la aceptó.
Se encerró en el baño con el grifo del lavabo abierto. Encendió la pantalla con el pulgar tapando la luz. Escribió con una sola mano, despacio, sin errores:
Duque enseñó a la becaria una foto de cámara de noche: mujer, pelo por la barbilla, brazo izquierdo pegado al cuerpo. Habrá retrato o ficha. ¿Puedes verlo? Y necesito otra cosa.
La cobertura del baño era mala, tres rayas que parpadeaban. Pulsó enviar. En la ducha, Ramiro cantaba bajito algo sin letra. Contó hasta ciento cuarenta y cuatro. La pantalla vibró en su mano, y la apagó antes de leer, y la volvió a encender.
Rastro, domingo, 11:00. Calle Carlos Arniches, el puesto de vinilos con el toldo naranja. Voy con mi madre. Lo tengo.
Borró los dos mensajes. Metió el móvil en el calcetín, el calcetín en el cajón, el cajón bajo la plancha. Cuando Ramiro salió del baño, ella estaba doblando una toalla.
—¿Tienes frío, cariño? Te noto tensa.
—Cansada.
—Es Alcalá. —Se sentó en el borde de la cama, con el pelo mojado y la toalla al cuello—. Al principio cuesta. Después te acostumbras a no tener nada que hacer.
Era la frase que un médico le diría a un enfermo con una larga convalecencia. Ella asintió y le dio la espalda para quitarse el reloj.
* * *
Domingo 8 de noviembre, 10:50, Rastro.
Ramiro se había ido a las diez menos veinte, con el abrigo claro y la corbata puesta un domingo. «A ver a un hombre.» No dijo a cuál, y ella no preguntó, y eso fue la mitad de la coartada.
La otra mitad era la azotea. Subió por la escalera de servicio con el anorak azul marino de hace ocho años, el mismo que había sacado del trastero la semana anterior, las gafas de sol demasiado grandes y un gorro de lana gris que no era el verde.
Cruzó el tejado de su portal hasta un murete bajo, lo saltó, pisó la azotea del edificio de al lado entre dos antenas, abrió una puerta metálica y bajó cuatro pisos de una escalera que olía a coles, hasta un portal que daba a una calle de panaderías donde nadie la esperaba.
Para el Seat de delante y el Renault de atrás, la inspectora Cortés tenía jaqueca y llevaba desde las nueve en la cama, con las persianas bajadas.
El Rastro de los domingos empezaba a las nueve y a las once ya era un río.
Valeria bajó por la calle de Embajadores y se metió en la Ribera de Curtidores, donde había cuarenta mil personas comprando lo que nadie necesitaba: lámparas, sillas sin pata, gafas viejas, discos, banderas, herraduras, un maniquí sin brazos con una corbata de la Legión.
Una mujer vendía hierbas en un carro; un hombre, relojes con la correa llena de eslabones, a cinco euros cada uno, y los cinco euros eran el truco.
Desde la plaza de Cascorro llegaba el golpe de un bombo y un coro de voces con megáfono: la marcha de la vivienda, que subía hacia Sol, y algunos puestos ya estaban recogiendo el género por si cortaban la calle.
Valeria se dejó llevar por la corriente, sin mirar nada, con las manos en los bolsillos.
Dio tres vueltas innecesarias: por una calle lateral de anticuarios con las persianas a medio bajar, por un callejón donde un hombre arreglaba bicicletas, y por una plazuela con un puesto de churros.
En el primer cruce miró el cristal de un escaparate.
En el segundo, el reflejo de un camión de reparto.
En el tercero, dos cabezas que llevaban demasiado rato a la misma distancia, y que resultaron ser una pareja de jubilados discutiendo por una lámpara.
En el bolsillo interior llevaba la placa, que no se había atrevido a dejar en casa.
El puesto de vinilos estaba en Carlos Arniches, un callejón que subía con cajas de plástico apiladas hasta la altura del hombro.
Toldo naranja, un cartel en rotulador ( 2 € · 5 por 8 € ), un hombre de sesenta años con barba de sal y pimienta contándole una anécdota sobre Camarón a un grupo de turistas.
Y en el extremo, de espaldas, con una sudadera gris y los hombros encorvados, un chico que pasaba una a una las carátulas de un montón de boleros.
A su lado, una mujer pequeña con un mantón granate le sostenía el abrigo.
Valeria se acercó por la derecha y empezó a hojear una caja. Los Panchos. Los Chunguitos. Una mujer con el pelo cardado y una guitarra, en una funda con una mancha de café.
—Inspectora —dijo Nacho, sin volverse.
—No me llames así aquí.
—Perdón. —Se rascó la nuca—. ¿Cómo te llamo?
—Valeria.
—Es raro.
—Es mi nombre.
La mujer del mantón la miró de arriba abajo con unos ojos pequeños y muy despiertos.
—Mamá, esta es una amiga. Mamá, no preguntes.
—Yo no pregunto —dijo la madre, con acento de Cuenca—. Pero me alegro de que tengas amigas que madruguen los domingos. —Cogió una caja y se alejó dos puestos, a mirar un tocadiscos, con la espalda más recta que la de un guardia.
Nacho dejó de fingir que miraba boleros.
—Lo del retrato lo tengo. —Hablaba muy bajo, sin mover la cara—.
El viernes a la una de la tarde salió una nota informativa a todas las unidades de calle, la 4417.
«Búsqueda para identificación.» Mujer de veinticinco a treinta años, uno sesenta y cinco, complexión delgada, cabello castaño oscuro a la altura de la barbilla con flequillo ladeado, ojos oscuros, mano izquierda posiblemente vendada.
Presunta autora de lesiones graves y robo con violencia el 30 de octubre en un parque de la zona norte. Sin nombre. Sin foto. Con retrato.
—¿Quién firma?
—Gabinete de Jefatura. Pero lo ha montado Duque con un programa de esos de retrato robot.
Un compañero de Seguridad me debe un favor desde el año pasado y me lo ha pasado en un PDF.
—Sacó de entre las carátulas, sin mirarlo, un sobre de papel kraft y lo dejó encima del montón de Los Panchos—. Tómalo. Lo demás está dentro.
—¿Lo demás?
—El retrato, la nota, y una cosa que he hecho yo. No me lo agradezcas todavía.
Valeria cogió el sobre y se lo metió bajo el anorak, entre la camisa y el cinturón. Pesaba lo que pesan dos folios.
—Dime lo que tengo que saber antes de mirarlo.
—Que el retrato no se parece. —Nacho tragó—. Quiero decir, se parece lo justo. Es la cara de alguien que ha mirado una descripción durante una hora. Ojos, nariz, boca, todo en su sitio. Pero no tiene la manera. No parece capaz de hacer lo que hizo.
—¿Y lo otro?
—La nota tiene una frase al final. «Se ruega máxima discreción y se informa de que existe una gratificación por información que conduzca a su localización, a tramitar por el canal reservado de la Jefatura.»
—Una recompensa oficial.
—No lo creo. Es la manera de que los de la calle sepan que hay dinero sin que nadie lo diga. Yo he oído en dos bares de mi barrio que alguien paga cuarenta mil. —Se pasó la mano por la cara—. Cuarenta mil, Valeria. En Hortaleza. Donde la mayor emoción es que se averíe el ascensor.
—¿Y lo que has hecho tú?
Nacho giró por fin la cabeza. Tenía las ojeras de un estudiante en época de exámenes, los ojos muy claros y una cosa en la boca que no era un temblor pero lo parecía.
—Cuando lo vi pensé en tu atestado. El de Iván Montero, el de Embajadores.
Un vecino dice que Iván vivía con su novia.
Una chica morena, camarera. Elena. Con el padrón fue fácil: Elena Soto Marín, veintiocho años, empadronada en la misma dirección que el muerto.
Lo hice en veinte minutos desde la biblioteca de Hortaleza.
—Parpadeó—. Duque tardará más, porque no lo está buscando ahí.
Pero si alguien cruza el retrato con el atestado, tienen el nombre en una hora.
—Elena.
—Soto Marín. La que nombró Arturo. La de los sobres.
Valeria no contestó. Pasó una carátula, y otra. Un hombre con bigote de bolero y un sombrero panamá le sonreía desde una funda de 1962.
—Lo otro que necesito es del Registro —dijo—.
El número 14 de Bretón. Necesito saber si hay un local en el sótano, un garaje, un trastero registrado aparte.
En el 2.º B hay un montacargas que baja a alguna parte, y la comunidad no lo menciona en los estatutos.
—Hizo una pausa—. Si lo hay, quiero el nombre del titular.
Nacho sacó una libreta de bolsillo, la abrió por la mitad y la cerró otra vez.
—Necesito la referencia catastral y los asientos de cada finca. Una nota simple cuesta nueve euros. Pagarlo con tarjeta me deja rastro, así que lo hago con una de la biblioteca. Tardo hasta el miércoles.
—Hazlo.
—¿Y tú?
—Yo me voy a quedar en Alcalá clasificando causas del noventa y seis. Es lo único que Ramiro me ha dejado.
—Te veo mala cara.
—Gracias.