Cacería (Elena Malasangre 4) Fermín #2
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Fermín #2

Hizo el ademán de volverse. Era un truco malo, uno de los pocos que le salían bien: ofrecer irse a quien no quiere que se vaya. Él se rascó la nuca.

—Nombre.

—Lucía Pardo.

—Lucía Pardo —repitió, mientras lo apuntaba en una libreta pequeña con tapas negras—. Cinco minutos. Y la mascarilla puesta. —La miró a los ojos, a los de ella, durante cuatro segundos. Después a las manos. Las dos ocupadas con la bandeja. Después otra vez a los ojos—. Pase.

Elena pasó. No miró atrás. Detrás de ella oyó la silla de plástico crujir, y el mismo vaso de café volver a ocupar su sitio entre los zapatos.

* * *

La habitación 512, 16:05.

Tenía tres camas. En la de la ventana dormía un viejo con la boca abierta y un pañal puesto bajo la sábana, y en la de la puerta no había nadie.

Un televisor sujeto al techo con un brazo de hierro emitía sin voz una tertulia de políticos con corbata.

Fermín estaba en la cama del medio, con la cabecera elevada y una cortina a medio correr.

No lo reconoció enseguida. El bigote entrecano estaba allí, pero debajo había una cara que alguien había rehecho con un trapo mojado: el ojo izquierdo cerrado y violeta hasta la sien, el labio superior abierto con puntos de sutura negros, la nariz en un lado distinto del que le correspondía, la barbilla con una gasa.

La mano derecha, sobre la sábana, tenía dos dedos entablillados, el índice y el corazón, con esparadrapo blanco hasta el nudillo.

Dos dedos. Los mismos.

Elena sintió algo frío bajarle por la nuca, y por un momento no estuvo segura de si era una acusación o un mensaje.

Un hombre de sesenta y pico años con la mano abierta en una clínica privada del norte; un taxista de cincuenta y tantos con dos dedos entablillados en un hospital público.

Alguien llevaba la cuenta, y la llevaba con exactitud.

—Hija —dijo Fermín, de lado, con el labio partido—. Qué cara de entierro traes. Perdona el tuteo, es que con esta cara no me sale el usted.

—Vengo de uno.

Intentó reírse y se le fue la risa en un quejido. Lorena, a los pies de la cama, se tapó la boca. Elena dejó la bandeja en la mesilla y se sentó en el borde del colchón, en el lado de la mano buena.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó.

—El señor de fuera dice cinco minutos.

—Es poco. —Fermín cerró el ojo sano—. Lo grande primero. Tu amigo el comisario no ha estado aquí. Ha venido uno con zapatos buenos y ha mirado la ficha, y se ha ido.

—¿Qué te hicieron?

—Me llamó una mujer. Joven, voz educada, de las que dicen «por favor» a las máquinas.

Quería ir a Barajas y no sabía el número de terminal.

—Fermín tragó—. Me paré en un semáforo de Paseo de Extremadura y se abrieron las dos puertas de atrás.

Dos. Uno olía a colonia de supermercado y el otro a nada.

La mujer ya no estaba: se habría bajado antes.

Un saco en la cabeza. Un golpe en la nuca, muy bien dado.

—¿Adónde te llevaron?

—Una nave. Suelo de cemento, olor a aceite y a cartón mojado. Cuatro o cinco horas. —Movió los dedos buenos sobre la sábana—. No me pegaron mucho al principio. Me hicieron preguntas. Siempre las mismas. Quién te contrató. Dónde la dejaste. Cómo es.

—¿Y tú?

—Les dije lo que vi, hija. —Giró la cara hacia ella, con el ojo sano muy abierto—.

Te tengo cariño, pero no me voy a dejar la mano por ti.

Les dije que eras joven, que tenías el pelo por la barbilla, con un flequillo, negro o casi, que hablabas bajo y que tenías los ojos como de carbón.

Que tenías una mano vendada. Les dije que olías a hospital.

—Hizo una mueca—. Fue entonces cuando me rompieron lo primero.

Elena no dijo nada. No había nada que decir. Había visto a un hombre dar la descripción de otra persona con dos dedos rotos y no tenía una sola palabra de reproche en ninguna lengua.

—¿Dónde dijiste que me dejaste?

—Cuatro Caminos. En la boca del metro. —Respiró con cuidado—.

Es verdad. No sé más. No te pregunté dónde ibas.

Les dije eso, y que tenías dinero, y que no sabía cuánto.

Me preguntaron si estabas con alguien. Si había otro en el parque.

Si llevabas auriculares, un aparato, algo atado al brazo. Les dije que no vi nada.

—¿Y te creyeron?

—Un rato. —Fermín se encogió de hombros con la mitad del cuerpo—. Me dejaron en el descampado a las seis, sin cartera, sin llaves y sin taxi. Tienen mi taxi. Con mi licencia pegada. —Soltó una risa fea, de garganta—. Treinta y un años. Me quitan lo que quieren y se llevan lo que no quiero.

—Dijeron algo al soltarte.

Fermín tardó en contestar. A los pies de la cama, Lorena había dejado de mirar el vendaje y miraba la sábana.

—El que no olía a nada. Era el que mandaba. Me agachó, me quitó el saco y me dijo, al oído, muy bajito, como se le habla a un niño que se ha caído: «Dile a tu clienta que cuarenta mil dan para muchos taxistas.»

Elena se levantó.

Fue un movimiento mal hecho; se le volvieron a clavar las costillas. Se apoyó en la baranda de la cama y esperó a que el mundo se pusiera donde estaba. En la ventana, el viejo del pañal se giró en sueños y murmuró un nombre de mujer.

—Dime que merece la pena, hija —dijo Fermín en voz baja.

—No lo sé.

—Pues ya es algo. —Cerró el ojo—. La gente que lo sabe es la que me da miedo.

Elena sacó del bolsillo interior de la chaqueta de punto el sobre que había preparado en el metro: quince billetes de cien, todo lo que llevaba encima, doblados en una servilleta de papel de la máquina de cafés.

Los puso en la bolsa de plástico con el pijama de Fermín que Lorena había traído de casa, debajo de las zapatillas, donde un hombre de azul con una libreta no habría mirado.

—Mil quinientos —dijo—. Es una parte de lo que cuesta.

Habrá más cuando pueda dárselo sin que nadie lo vea.

Cuando salga de aquí, no vuelva a su piso.

Váyase con ella a Alcorcón, o a donde tengan a alguien.

Si no tienen a nadie, cojan un autobús a cualquier sitio donde no conozcan a nadie y no usen el móvil.

—Tengo una hermana en Toledo —dijo Fermín.

—Pues Toledo. —Se giró hacia Lorena—. Y tú no me vuelvas a llamar. Tira la factura. Si pasa algo, no me busques.

—Eso no es así —dijo Lorena.

—Es así. —Elena la miró a los ojos, sin dureza—. Tiene que ser así. Si no, él habrá perdido los dedos para nada.

Se quedó un segundo de pie, con la mano buena en la baranda. Fermín abrió el ojo y le sonrió con medio labio.

—Hija —dijo—. El pelo. Te lo tendrías que haber teñido.

* * *

Bajó por la escalera de servicio, de espaldas a la pared, y no se paró. Le dolía todo. En el segundo rellano se arrancó la mascarilla y la guardó en el bolsillo, junto a la factura. En el primero se quitó la chaqueta de Nelly y se puso el abrigo.

Salió por la puerta de la cafetería, no por la de Urgencias.

Un patio con bancos de piedra, fumadores en bata, una mujer con un carrito de bebé y un goteo de sol en la acera de enfrente.

Empezó a andar hacia el metro sin acelerar, como alguien que sale de un sitio donde ha visto a un pariente que no es de los que se mueren.

Quería saber una cosa y se volvió desde mitad del patio, para mirar a través de la cristalera de la cafetería hasta el vestíbulo y ver si el hombre del periódico había cambiado de sitio.

No había cambiado. Pero junto a los ascensores, al fondo, había aparecido otro.

Un hombre en mangas de camisa, blanca, corta, en noviembre, con las manos en los bolsillos y una cara de no haber dormido.

El de la tableta se la tendía. Él la cogía sin mirarlo, deslizaba el dedo por la pantalla, se detenía.

Luego miraba hacia arriba, hacia las plantas, como quien cuenta pisos.

Elena no lo conocía. No pensó nada.

Lo vio sacar un bolígrafo del bolsillo del pantalón, despacio, y escribirse algo en la palma de la mano.