Fermín
La dirección era un tercero sin ascensor entre una tienda de móviles y una funeraria pequeña que anunciaba traslados a todo el país.
Elena había llegado después de un autobús, el metro y siete minutos de acera, y no subió.
Dio la vuelta a la manzana. Después otra vez, en sentido contrario.
Quería saber una sola cosa antes de entrar: si aquello era una casa o una trampa con una casa dentro.
Un coche de autoescuela con el piloto de prácticas apagado.
Una furgoneta de panadería. Dos hombres mayores en la puerta de un bar, con cañas y un periódico deportivo, que no levantaron los ojos.
En el portal de enfrente, un chico de unos veinte años con un casco de moto bajo el brazo hablaba por teléfono y no se movía: lo vigiló diez minutos desde la parada del autobús, hasta que se subió a una moto y se fue.
Cuando por fin cruzó la calle, la mano derecha ya no le temblaba.
La izquierda le dolía a ritmo de latido.
Lorena abrió antes de que llamara. Veinticuatro años, el pelo recogido en un moño de clase de baile, ojeras de tres noches y un forro polar del supermercado donde trabajaba, con la tarjeta de nombre todavía colgada.
—¿Es usted?
—Soy la del teléfono.
—Pase.
El piso olía a café quemado y a ambientador de pino.
Pasillo con una foto de boda en la pared (un Fermín flaco, de bigote negro, con una mujer de cuello largo que miraba a otro lado), salón con un sofá de escay, un televisor con la pantalla negra y un calendario de la cooperativa de radiotaxi colgado de un clavo.
Encima del aparador, enmarcada, la licencia municipal con la fecha de hace treinta y un años.
Elena miró las ventanas antes de mirar nada más: tres, a la calle, ninguna al patio.
Sobre la mesa del comedor, una carta del casero con el membrete de un fondo de inversión, abierta y vuelta a doblar, con una raya de bolígrafo bajo la palabra «extinción».
—No toques nada que parezca importante —dijo Elena—. Y no abras a nadie sin mirar.
—He mirado por la mirilla cuarenta veces desde las ocho.
—Eso está bien.
Lorena le tendió la factura. Papel térmico de gasolinera, medio desvaído, con un número de móvil en el dorso a bolígrafo y debajo, en mayúsculas, tres palabras: SI ME PASA ALGO, LLAMA A ESA. Elena la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo. Lorena no protestó.
—Cuéntame.
—Mi padre llevaba una semana en mi casa, en Alcorcón.
Se había ido a pasar unos días porque le habían pagado una cosa.
—Tragó saliva—. Una cosa que no explicó.
El miércoles se aburrió y dijo que se volvía a su piso, que ya había pasado todo.
Y que además si dejaba el piso vacío una semana, el casero decía que lo había abandonado.
—Señaló la carta con la barbilla—. Le quieren echar desde hace dos años.
Yo le dije que no, que me da igual qué fuera, que se quedara.
Me dijo que a los cincuenta y tantos no se esconde uno de nada, que lo que tiene que pasar pasa en el sitio de uno.
—¿Y ayer?
—Ayer salió a las nueve. A las ocho y cuarenta le sonó el móvil, uno que no era el de siempre, y habló de pie en la cocina, de espaldas, apuntando algo en la mano.
Luego me dijo: «Una carrera a Barajas, doble tarifa, y me acuesto.
» Me mandó un mensaje a las nueve y media.
—Se lo enseñó: Voy para Barajas. No me esperes, que me quedo a dormir en el taxi si me da el sueño.
Una carita guiñando un ojo—. Esa es la última cosa que me ha escrito.
—¿Y el taxi?
—La cooperativa me dijo que el GPS dejó de mandar posición a las diez y siete, en la A-42, a la altura de Villaverde. No había ningún destino puesto. Él no apaga el GPS. Es de los que se enfadan cuando el GPS se queda sin batería.
Elena se sentó en el borde del sofá, con la espalda recta por las costillas. Se dio cuenta de que le sudaban las manos, no de calor.
—¿Mencionó a una mujer?
—Dijo que era una clienta. Que había pedido el taxi por teléfono, para ir a Barajas. Ya está.
Era un buen señuelo. Un taxista que lleva treinta y un años cogiendo carreras de teléfono a una hora tarde no lo piensa dos veces con doble tarifa.
Quien lo había montado sabía dos cosas: que Fermín existía y que Fermín no podía decir que no al dinero.
Las dos las podía saber cualquiera con las cámaras de la M-30 y una lista de matrículas.
El teléfono de Lorena sonó.
Lo cogió como se coge una brasa. Escuchó. «Sí.» «Sí, soy la hija.» «¿Cómo?» Elena vio el color irse de su cara en tres tiempos. «¿En el 12 de Octubre? ¿Desde cuándo?» Una pausa larga. «Voy ahora.» Colgó y se quedó mirando el aparato.
—Está vivo —dijo.
—¿Dónde?
—Lo encontraron esta madrugada en un descampado, detrás de unas naves, junto al hospital. Un barrendero. Dicen que tiene… —Se puso las dos manos en la cara y las bajó muy despacio—. Dicen que está consciente. Que ha preguntado por mí.
—Ve a verlo.
—Venga conmigo.
Elena negó con la cabeza.
—Me está esperando alguien —mintió—. Ya te llamaré yo.
—Me dijo que la llamara a usted si le pasaba algo.
Ya le ha pasado algo. —Lorena la miraba con una rabia limpia, que no tenía nada que ver con ella—.
No se me ponga delicada ahora. Alguien lo ha dejado así por ayudarla, ¿no?
No sé a qué, ni me importa. Pero él quiso hablar con usted.
Lo vi coger el móvil, por una cosa suya, hace una semana, y volver con la cara rara. Ahora venga conmigo.
Elena tardó cinco segundos en contestar. Los usó para pensar en un hombre con bigote entrecano al que había dado quinientos euros de un sobre que no era suyo, en un taxi con las luces apagadas, mientras decía «no se preocupe».
—Voy detrás de ti —dijo—. A diez minutos. No me conoces. Si alguien pregunta, soy una prima de Alcorcón.
* * *
Hospital 12 de Octubre, 15:40.
Era un pueblo. Diecisiete edificios de ladrillo y cristal con pasarelas, parkings por plantas, quioscos de flores, una capilla, un centro comercial pequeño pegado a la entrada de Urgencias.
Elena había bajado en la estación de metro, había comprado una mascarilla quirúrgica en la farmacia de la boca y había cruzado la explanada con el pelo echado hacia delante y la chaqueta de punto de Nelly sobre los hombros, con el abrigo doblado al brazo para que no se viera el bulto del costado.
La cuchilla iba en la caña de la bota derecha, con la hoja recogida; en un hospital nadie mira las botas.
El bastón extensible, plegado, bajo el abrigo.
Lo que quería era sencillo: llegar a la habitación 512 sin que nadie con un sueldo supiera que había llegado.
En la máquina de la entrada compró tres cafés y una bandeja de cartón. Con la bandeja se podían llevar las dos manos ocupadas y la izquierda no necesitaba cerrarse: bastaba con tenerla debajo, abierta, como una pala.
En el vestíbulo había cuarenta personas esperando algo.
Familias con bolsas de plástico, un viejo en silla de ruedas con un gotero, una niña con un osito de peluche mordido que lloraba bajito.
En la mesa de información, un hombre de unos treinta años con una cazadora azul leía el mismo periódico que otro dos asientos más allá, en la sala de espera: era el mismo periódico, la misma página.
Ninguno miraba la página. Los dos miraban las caras de las mujeres que pasaban hacia los ascensores.
Un tercero, junto a los ascensores, con una tableta en la mano.
La sostenía a la altura del pecho, inclinada, como si leyera un mensaje largo.
Elena vio que en la cabecera de la tableta había una lente pequeña.
Cada vez que se abría una puerta de ascensor, el hombre levantaba un poco la tableta, medio segundo, y la bajaba.
Pensó en dar la vuelta. Pensó en las escaleras que tendría que subir con dos costillas rotas, y en Fermín, y en que ella no tenía nada más que ofrecer que su presencia, que es una cosa que a veces vale lo que cuesta.
Entró con un grupo. Ocho personas, dos niños, una abuela con andador.
Se metió en el centro, de espaldas al hombre, con la bandeja a la altura de la cara, y dejó que el andador la empujara hacia el fondo.
Las puertas se cerraron. Le pareció oír el clic de una lente en el último segundo. No supo si lo había imaginado.
Se bajó en la segunda planta, con la abuela del andador, y siguió por un pasillo hasta la escalera de servicio, una puerta cortafuegos con un cartel de «No fumar» y una colilla debajo.
Tres tramos con barandilla de acero y olor a lejía.
La mano izquierda ardía bajo la bandeja.
A mitad del último tuvo que parar, apoyar la espalda en la pared y respirar sin hacerlo hondo, como se respira cuando uno ha aprendido que hondo es una trampa.
Se miró las puntas de las botas. Pensó en la media pastilla del calcetín derecho y se dijo que no, que ahora no, que se necesitaba despierta.
En el pasillo de Traumatología, la quinta planta, había un hombre sentado en una silla de plástico frente a la puerta de la habitación 512.
Cuarenta años, de azul oscuro de arriba abajo, una revista de motos sin abrir en las rodillas y un vaso de café de máquina entre los pies.
Tenía los ojos del que no se ha movido en seis horas y los lleva muy abiertos por orden. Los zapatos eran de policía.
Elena esperó en el rellano, junto a la puerta de la escalera. Dos minutos. La puerta de la 512 se abrió y salió Lorena, con la cara hinchada, y el hombre se levantó:
—Disculpe. Solo familiares y de uno en uno, hasta que el médico lo diga.
—Es mi prima —dijo Lorena—. Viene de Alcorcón. Se va a quedar conmigo esta noche. —Lo dijo con una voz que tenía una grieta pero aguantaba.
El hombre miró hacia el fondo del pasillo, donde Elena acababa de aparecer con una bandeja de cafés y una mascarilla.
—¿Documentación?
—Se me ha quedado en el coche —dijo Elena—. En el parking, que está lejísimos. Si quiere bajo a por ella.