Un sitio tranquilo #2
—Cajas. Cada caja una causa de entre 1994 y 1999, prescrita o archivada.
Usted mira el índice, lo coteja con el libro de registro y pone un sello: CONSERVAR o EXPURGO.
Si duda, conserva. Si no duda, conserva igual.
—Alzó un dedo—. El 14 es el pasillo de ustedes, nave 3, sótano.
El volante se gira solo con las dos manos y se mira antes si hay alguien dentro.
Uno al año se queda aplastado. Es leyenda, pero yo me la creo.
—¿Cuántas personas hay en la nave 3?
—Dos. Desde el lunes. La otra chica de Madrid no habla mucho. —Garrido se calzó las gafas y volvió a su periódico—. Hágale compañía. En un sótano se agradece.
—¿Y usted?
—Yo llevo treinta y un años aquí. —Pasó una hoja—. Cuando entré, esto era una promoción. Mire si fue buena.
* * *
La nave 3, 9:40.
Estaba en un sótano al que se bajaba desde el vestíbulo por un pasillo largo, cruzando un patio interior y después una escalera de piedra con barandilla de hierro.
Catorce grados, decía un termómetro de pared con el cristal roto.
Fluorescentes que zumbaban a intervalos, olor a polvo, a tinta vieja, a algo dulce de papel que se pudre despacio.
Filas y filas de estanterías móviles sobre raíles, pegadas unas a otras, con un volante metálico en el extremo de cada una, como el de una caja fuerte.
Cuando Valeria llegó al pasillo 14, la estantería de la izquierda estaba abierta lo justo para pasar.
Noelia estaba sentada al fondo, en una mesa de formica con un carrito de cajas al lado y una lámpara de brazo.
El pelo recogido en un moño tirante, sin coleta larga ni labios rojos; ni siquiera olía a vainilla.
Olía a polvo y a desinfectante. Llevaba un jersey gris de punto que le iba grande, la mascarilla bajada al cuello, los guantes de algodón blancos de los que usan los restauradores.
Parecía diez años mayor que la chica de los probadores del Primark, y al mismo tiempo, por la forma de mirar a la puerta, una niña pillada en falta.
Se puso de pie. Valeria le hizo una seña con la palma hacia abajo.
Cogió una caja del carrito de enfrente y se sentó en la mesa contigua, a tres metros, de espaldas.
Abrió el índice. Diligencias previas 1996/4471: un robo con fuerza en un local de Alcobendas.
Estampó CONSERVAR. Diligencias 1996/4472: lo mismo.
CONSERVAR. Trabajó así cuarenta minutos, con la regularidad de quien cuenta los segundos, mientras Noelia no pasaba ninguna página.
Garrido bajó una sola vez, a las diez y media, a dejar un café en la mesa de Noelia sin decir palabra, y se volvió a subir.
Valeria lo vio mirar de reojo las dos cajas de ella, la tapa abierta y el sello caído sobre el tampón.
Cuando se fue, Noelia dejó el café sin tocar.
A las once menos veinte, arriba, se oyó un chasquido de puerta y unas pisadas que subían: el subinspector, a fumar al patio.
Entonces Valeria se levantó, fue hasta el volante de la estantería de enfrente y la hizo girar con las dos manos.
Los raíles gimieron. Una pared de cajas se deslizó hacia ellas hasta que el pasillo 14 fue un corredor de metro y medio, cerrado por ambos lados, con la mesa al fondo y una única bombilla encima.
—No me mires —dijo Valeria—. Habla con las cajas.
Noelia cogió una. Le temblaban las manos dentro de los guantes.
—No fui el jueves —dijo, en un hilo—. Hice lo que me dijo. Lo tiré todo. El prepago, la tarjeta, el llavero. No fui. Ni el jueves ni nada. El sábado me escribió un corazón y desde entonces no me ha escrito.
—¿Ha llamado?
—No. Ni a mí ni a mi madre. —Pasó un dedo enguantado por el borde de la caja—. Pensé que me llamaría para preguntar por qué no había ido. Nadie pregunta por qué no vas. Entonces pensé que ya lo sabía.
—Tal vez no hace falta que pregunte.
Noelia asintió, sin levantar la cara.
—¿Cómo te tratan?
—Garrido, bien. Me dio un delantal. —Hizo algo parecido a una risa—. Aquí no hay cobertura, ¿lo sabías? Solo arriba, en el patio, junto a la verja. Hay un banco. Me siento allí cuarenta minutos al día y no miro el móvil.
—¿Qué miras?
—Los coches. —Tragó saliva—. Hay un Altea gris que aparca en la esquina de nueve a doce. Un chico con auriculares que no se baja. Antes me llevaba a sitios. Ahora me mira entrar.
—Rivas está en el patio.
—Al de hoy no lo conocía. —Dejó la caja en la mesa con mucho cuidado—. Inspectora, tengo que contarle una cosa y no sé cómo decirla, porque no sé si importa.
—Importa. Dilo.
—Ayer vino Duque.
Valeria no se movió. En la bombilla había una mosca muerta, dibujada sobre el cristal desde hacía años.
—¿A qué hora?
—A las cinco y diez. Con otro hombre, joven, que no dijo nada ni se sentó.
Garrido les abrió la puerta de la nave y se fue a su despacho sin preguntar.
Duque se puso ahí, donde está usted ahora, y se apoyó en la estantería con las manos en los bolsillos.
Con la camisa de manga corta. En noviembre.
—Noelia se frotó los antebrazos como si aún le diera frío—.
Fue muy amable. Me preguntó cómo me iba, si me trataban bien, si necesitaba algo.
Me dijo que el comisario le había pedido que pasara a ver cómo estaba «su chica».
—¿Su chica?
—Eso dijo.
—¿Y qué más?
—Me preguntó si hablaba con alguien de la Central. Le dije que no. Me preguntó cuándo había hablado por última vez con la inspectora Cortés. —Se mordió el labio—. Dije que nunca, desde que me trasladaron.
—Mentiste.
—Sí. —Los ojos se le llenaron, sin llanto—. Y él sonrió. Y dijo «muy bien». Así. «Muy bien.» Como un profesor cuando ya sabe la respuesta y quiere comprobar que usted también.
El fluorescente de la entrada del pasillo parpadeó y volvió a encenderse. Fuera, en algún lugar del sótano, caía agua de una tubería.
—¿Cómo iba vestido el otro?
—De azul oscuro, con un maletín de aluminio que no abrió. Zapatos buenos. Tenía una tableta en la mano y se la pasaba a Duque sin que Duque se la pidiera. No habló en todo el rato. Se quedó mirando mis zapatillas.
—¿Algo más?
—Sí. —Noelia sacó del bolsillo del jersey un papel doblado, lo desdobló y lo dejó sobre la caja, boca abajo—.
No me lo dejó. Lo dibujé de memoria al salir, porque no quería olvidarlo.
Me enseñó una foto en la tableta, de una cámara de noche.
Una mujer cruzando un camino, bajo una farola, de lejos.
Una cámara de parque, dijo, del viernes pasado, de las diez y pico.
Me preguntó si la había visto alguna vez. Y luego, si la había visto con usted.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no. Dos veces. La segunda más despacio, como se dice cuando una dice la verdad.
—¿Era verdad?
—Sí. No la había visto en mi vida. —Noelia levantó la cara por primera vez—. Pero Duque lo apuntó igual. Con un bolígrafo, en la palma de la mano, no en una libreta. ¿Quién apunta en la palma de la mano?
—Quien no quiere que quede escrito.
Noelia asintió despacio.
—Si vuelve —dijo Valeria—, le dices lo mismo. Nunca. Sin adornos, sin añadir nada. Y no mires el móvil en el patio, ni los coches. Ve al banco, siéntate y mira al suelo.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Clasificar cajas.
Valeria volvió el papel.
Era un dibujo de colegiala, a bolígrafo azul, con trazos cortos y muy apretados: una figura de abrigo largo y oscuro, el pelo por la barbilla con un flequillo de lado, sin cara, solo el óvalo. El brazo derecho se balanceaba. El izquierdo estaba pegado al costado, con el puño medio cerrado.
—No se le veía bien la cara —dijo Noelia—. Pero era la forma de andar. Con un brazo que no iba con ella. Como si llevara algo que no quería que se le cayera.
Valeria no contestó.
Conocía esa forma de andar. La había visto en el vídeo de la cámara de una asociación de Carabanchel Alto, con un sobre en la mano.