Cacería (Elena Malasangre 4) Un sitio tranquilo
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Un sitio tranquilo

Ramiro había hecho el café. Valeria lo supo antes de abrir los ojos, por el olor que subía por el pasillo desde las siete: café de verdad, de la cafetera italiana que él sacaba del armario en Navidad y cuando quería algo.

Ayer había vuelto a casa a las seis y diez, con dos barras de pan de una panadería de la calle de atrás que no era la suya, para que Rivas la contara entrar por el portal de la calle y no por el otro.

Había tirado los guantes de nitrilo en una papelera de Alonso Martínez.

Había puesto la ropa en la lavadora con un suavizante de coco que olía a playa de catálogo, y a las siete estaba cortando cebolla para que la cocina oliera a cualquier cosa menos a ella.

Cuando Ramiro entró, a las once y veinte, no preguntó nada.

Eso le había parecido peor que cualquier pregunta.

Todo en su sitio. Se levantó.

En la cocina había dos platos. Tostadas con tomate rallado, zumo de naranja en vasos, la mantequilla fuera de la nevera desde hacía un rato para que se pudiera untar.

Ramiro estaba de pie junto a la encimera con la camisa azul remangada, recién afeitado, el pelo húmedo peinado hacia atrás.

Parecía un hombre que ha dormido ocho horas.

En la radio de la encimera, bajita, una tertulia matinal discutía sobre las elecciones del veintinueve y sobre cuánto iba a durar la acampada de Sol.

Ramiro la apagó con el codo al ver entrar a Valeria.

—Siéntate, cariño.

Se sentó. Él le sirvió el café con la jarra en alto, sin derramar una gota, y se quedó mirando cómo ella le echaba el azúcar.

—Ibáñez no te prorroga —dijo, mientras untaba su tostada—. Lo he llamado yo ayer. Quince días más ya serían demasiado, empiezan a preguntar en la Mutua y no quiero que nadie te mire el expediente con lupa. Tu baja se acabó anoche. Hoy te incorporas.

Valeria miró la mano con la que untaba. La derecha, la de las yemas anchas y la alianza gastada. Esa mano había firmado, hace veintiséis meses, la compra de un piso en Chamberí, y después había vuelto a casa y le había arreglado el cuello del abrigo.

—¿Dónde?

—En un sitio tranquilo. —Dejó el cuchillo en el borde del plato—.

Archivo General, en Alcalá. Lo he hablado con Personal.

Sin calle, sin guardias, sin nadie que te diga nada.

Dejas que lo de Nacho se enfríe, que la gente se olvide de que estuvieras de baja, y en primavera te traigo de vuelta con un destino mejor.

Valeria mordió la tostada. Estaba buena. Eso la irritó un segundo.

—Alcalá está a treinta y cinco kilómetros.

—Por eso te lleva Rivas. Y te trae.

—Tengo coche.

—Se queda aquí. —Lo dijo con la misma voz con la que se pide la sal—. Hay dinero por una mujer, cariño. Más del que ninguno de los dos ha visto junto. Y cuando hay dinero por una mujer, la gente se equivoca de mujer. No quiero que se equivoquen contigo.

—¿Qué mujer?

—La del parque. —Él sonrió con media boca—. No te hagas la tonta, que no te sale.

Ella cogió el vaso con la izquierda. Ramiro le sujetó la muñeca antes de que lo levantara.

—Estás helada.

No apretó. Puso el pulgar sobre la correa del reloj, justo encima, y lo dejó allí.

Debajo de la correa y de la manga, enroscada en la cara interna del antebrazo, estaba la serpiente que Valeria se había tatuado a los diecinueve años en un local de Lavapiés, con una amiga de la academia.

Llevaba meses sin verla a la luz. Él sabía dónde estaba. Siempre lo había sabido.

—Qué bien te sientan los puños largos —dijo Ramiro—. Alcalá es muy de otra época. La gente de allí se fija en esas cosas.

Le soltó. Valeria bebió el zumo.

—¿Y la pistola?

—En la caja. En un archivo no se dispara a nadie, cariño. A lo sumo a un ratón. —Se limpió los dedos con la servilleta, uno a uno—. Rivas me dice que ayer saliste a por pan a las seis y diez.

—Había que comprar pan.

—Dos barras. Eres una mujer de costumbres. —Rodeó la mesa y se inclinó hacia su cabeza. Respiró cerca del pelo, un segundo largo—. Hueles a otra cosa.

—He cambiado el suavizante. El de siempre se había acabado.

—Me gustaba más el de siempre.

Lo dijo con ternura, casi. Después le dio un beso en la coronilla, cogió el móvil negro de la encimera y salió al recibidor a ponerse el abrigo.

Valeria se quedó mirando la tostada que le quedaba y se la comió entera, despacio, porque desde el recibidor, por el espejo del pasillo, él la estaba mirando.

Dejó de mirarla cuando sonó el móvil. Contestó de espaldas, con la voz baja y plana de los asuntos que no son de casa.

—Dime. —Una pausa—. ¿Y habla? —Otra—. Pues que se quede donde está. Que no le suban nada de fuera. Y que alguien le vea la cara a todo el que entre. —Un tercer silencio, más largo—. El taxista, sí. No, eso no. Eso me lo dices cuando lo tengas.

Colgó. Se puso el abrigo. Desde la cocina, Valeria oyó cómo giraba la llave de la puerta, desde fuera, con las dos vueltas de siempre.

El taxista. Lo guardó donde guardaba las cosas que todavía no sabía para qué servían.

* * *

El Seat León gris estaba delante del portal a las ocho y veinte, con el motor en marcha y Rivas al volante. Cuando la vio salir se tocó la sien con dos dedos, como en las noches de esa semana.

—Inspectora.

—Rivas.

Subió detrás, con el gorro de lana verde hasta las cejas.

No quiso sentarse delante, y a él pareció darle igual.

Cuarenta y tantos años, la nuca ancha, un anorak azul marino con el cuello subido, un paquete de caramelos de café con leche abierto en el posavasos.

Tenía las manos grandes y limpias y conducía como quien lleva años haciéndolo detrás de otros coches.

En el retrovisor, a cuatro vehículos, un Renault gris con un hombre que fingía leer el periódico arrancó y se puso en la cola.

—Ese es de los míos —dijo Rivas sin que ella preguntara—. El del periódico. Es para que no se acerque nadie mientras usted esté en el coche.

—Qué considerado.

—Es lo que dice el comisario. —Giró hacia la A-2 con el intermitente puesto, como si lo examinaran—. Yo le cuento lo que veo, inspectora, no lo que pienso. Veinte años en Vigilancias y nunca me han mandado cuidar a la mujer de un jefe. Lo normal es lo contrario.

—¿Y qué piensa?

—Que me quedan dos años para la jubilación. —Le tendió el paquete por encima del hombro, sin mirarla—. ¿Un caramelo?

Valeria cogió uno. Lo dejó en el bolsillo.

Subieron por la calle Alcalá y luego por la A-2, con el tráfico de la mañana de viernes pegado al paragolpes del de delante. En una pasarela, a la altura de Ventas, colgaba una sábana blanca con letras rojas pintadas a brocha: VIVIENDA DIGNA YA . Rivas la miró al pasar por debajo.

—Llevo tres domingos sin librar —dijo—. Con lo de Sol, nos han tirado a la mitad de Vigilancias a hacer de antidisturbios. Yo, con la rodilla que tengo. —Se encogió de hombros—. Y mire, con una sábana así a mí me da hasta pena. Pero para mí eso ya no es nada que se pueda arreglar.

Rivas tarareaba bajito una canción de la radio que no estaba puesta.

A la altura de Canillas le preguntó si tenía frío; ella dijo que no.

En San Fernando, si quería parar a desayunar; ella dijo que había desayunado.

Fueron las únicas preguntas de todo el viaje, y las dos tenían la misma respuesta: no te voy a decir nada, Rivas, y tú lo sabes.

Él asintió al retrovisor como si lo hubiera entendido a la primera.

Cruzaron el Corredor del Henares con niebla baja en los campos y naves de logística con camiones en fila.

Valeria miraba por la ventanilla y contaba camiones.

Ayer a esa hora estaba en una azotea de Chamberí, con un barreño de toallas mojadas y las llaves en el bolsillo.

Hoy iba en un coche cerrado, en dirección contraria a todo lo que tenía pendiente, y el hombre que conducía no le había preguntado nada que importara.

Repasó lo que tenía, porque contar era lo único que podía hacer sentada.

El piso de Bretón de los Herreros 14, 2.

º B, con veintiséis rayas hechas con una uña en el marco de un cuarto, y un contrato de compraventa firmado con la R de rabito largo de su marido.

Un Altea gris que había visto doblar hacia ese portal con una bolsa de Mercadona.

Una puerta metálica al fondo del pasillo con un motor detrás, y la sospecha de que debajo había un sótano.

Un chico en libertad provisional, Nacho, que solo podía hablarle por escrito, y una cuesta de Moyano donde ya la había parado Duque.

Y ahora, en vez de todo eso, un coche con un paquete de caramelos y un Renault gris detrás.

El Archivo General de Alcalá era un antiguo cuartel de caballería de ladrillo rojo, con rejas pintadas de verde y un cartel desvaído en la verja: DIRECCIÓN GENERAL DE LA POLICÍA · ARCHIVO GENERAL · ACCESO DE PERSONAL.

Había un patio de adoquines con un banco de hierro junto a la verja, un olivo en una maceta y una puerta de doble hoja al fondo.

Un vigilante de seguridad privada con un crucigrama en el regazo la miró por el cristal de la garita, miró a Rivas, apretó el botón. La verja se abrió con un quejido.

Rivas aparcó de frente a la puerta, de modo que desde su sitio viera la entrada y el patio.

—Yo estaré aquí. Hasta las tres.

—Son siete horas.

—Hay un bar al otro lado de la plaza. Y un baño público. —Se volvió a medias—. Si sale a tomar el aire, avíseme, inspectora. No porque no la vaya a ver.

Ella se bajó sin contestar.

Dentro había un vestíbulo con suelo de baldosa y un mostrador de madera con un timbre.

El jefe del archivo se llamaba Garrido, subinspector, sesenta y dos años, con una chaquetilla beige de lana y las gafas de cerca colgadas del cuello de un cordón negro.

Detrás de él, en una estantería, un transistor murmuraba una tertulia.

Le dio la mano sin levantarse y le dijo lo que había que hacer en cuarenta segundos, con la voz de quien lo ha repetido a mil nuevos: