Cuarenta mil #3
—No. —Paco lo dijo con una rapidez que a Elena le gustó menos que lo demás—.
Saben «una mujer joven, con la mano mala, que conoce el nombre de R.
y sabe cuánto cobra». Ninguna de esas cosas es un nombre, pero entre las tres son una descripción.
El día que alguien la ponga a dormir en una habitación en Tetuán, tendrán un nombre.
Un nombre, una cara, y un edificio con cuatro pisos.
—Se detuvo—. ¿Cuántos pisos tiene su edificio?
—Ya lo sabe.
—Sí. Quería comprobar si se lo diría.
Elena no se lo había dicho. Paco lo vio y bajó la barbilla en una forma muy suya de dar por buena una respuesta.
—Hay algo más. —Bajó la voz—. A Z. no lo conozco ni quiero conocerlo.
Al que en los bares llaman el Notario, a ese lo conocí años.
No me coge el teléfono desde el sábado. Está en una clínica privada de la zona norte con la mano abierta, y quien fue a verlo el domingo con un ramo de flores y una cara de pocos amigos no llevaba bata.
Mi consejo es que usted no duerma donde ha dormido, ni coma donde ha comido, ni se acerque a nadie de los que ha querido.
Vuelva a ser una desconocida. Sé que lo ha sido otras veces.
—¿Y si no me escondo?
—Entonces la encontrará otro, y yo me enteraré por el teléfono. —Sonrió sin ganas—. No me haga contarlo.
El móvil de Paco vibró sobre el platillo. Lo cogió, leyó la pantalla, lo dejó boca abajo.
—Tengo diez minutos. Una familia me espera en la sala 4. Quiero que se lleve ese papel. Quiero que lo abra donde nadie la mire, que memorice el número y que lo queme. Quiero que, si no lo usa, sepa que puede usarlo hasta el lunes. El lunes dejaré de ser el único que sabe dónde buscarla.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque cuando esto se acabe, y se va a acabar mal —dijo, con una tristeza que a ella le pareció lo único sincero de todo el rato—, alguien tendrá que acordarse de que yo no la entregué.
Elena cogió el papel. Pesaba menos que el de un recibo.
—Gracias por la tila —dijo.
—No la he tocado. —Paco le acercó la taza—. Pero si quiere, bébasela. Son dos euros con cincuenta y no me van a devolver el dinero.
Elena bebió. Tibia, sin sabor a nada. Se la bebió entera.
* * *
Salió por la puerta lateral, la de las coronas, y se quedó en la acera con las manos en los bolsillos hasta que dejaron de temblarle los dedos de la derecha.
Era la una y diez menos algo. Había salido el sol y calentaba el aparcamiento.
Un hombre en traje negro descargaba de una furgoneta un ramo de gladiolos tan grande que le tapaba la cabeza y los iba pasando uno a uno a una mujer con un delantal.
Abrió el papel dentro del bolsillo, sin sacarlo. Un número de móvil, escrito a pluma, con esa letra inclinada que ya conocía. Debajo, una dirección de Móstoles: calle Lope de Vega, 14, 2.º C. Doña Remedios.
Lo memorizó. Dos veces. Se lo guardó en el calcetín izquierdo, donde llevaba las tres hojas de sitios que a nadie le había interesado ver.
Pensó en Móstoles. Una habitación libre, un perro que no ladra, una señora de la confianza de un hombre que había dejado morir a una chica en un piso de Usera sin mover una ceja.
Pensó en el lunes. Y pensó en Nelly, que le había dado una chaqueta de su marido muerto para que nadie le mirara la cara: cuando Elena volviera a Tetuán a recoger el dinero, el portátil y las dos bolsas, tendría que decirle que se fuera esa noche a casa de su compadre Wilson, con la olla y los rulos. No lo iba a decir bien.
Y pensó en lo que no había dicho Paco. No había dicho nada de la pequeña, la de las uñas mordidas, la que había visto por un tragaluz en una nave de Coslada, con las rodillas contra el pecho y un hombre que decía «hasta el jueves, para el de siempre».
No había dicho nada del piso al que van las que van los jueves.
Él no sabía. O sabía y no lo decía, y cuál de las dos era peor, no habría sabido decirlo.
El móvil de diario empezó a vibrar en el bolsillo del abrigo. Solo tenía ese número un taxista.
Número desconocido. Dejó que sonara tres veces. A la cuarta lo cogió y no dijo nada.
—¿Hola? —Una voz de mujer, joven, apretada—. ¿Es usted la del taxi?
Elena se apartó de la puerta, de los gladiolos, del hombre que descargaba, y se pegó a la pared.
—¿Quién llama?
—Soy Lorena. La hija de Fermín. De Fermín el taxista, el de la A-4.
—Respiró tan fuerte que sonó como un golpe en el altavoz—.
Mi padre salió anoche a las nueve y no ha vuelto.
No ha dormido en casa. El taxi no está en su sitio, ni en la parada ni en el garaje, y no me coge el teléfono.
En la cocina, en el dorso de una factura, había un número apuntado con su letra.
Me dijo, hace una semana, cuando vino con un sobre en el bolsillo y la cara rara: «Si me pasa algo, llama a esa».
Elena miró el reloj de la fachada. La una y diez.
—¿A qué hora salió, exactamente?
—A las nueve. Dijo que iba a hacer la última carrera del día. Con una mujer. —La voz se le rompió y se la ordenó ella sola, en seco—. ¿Le han hecho algo? ¿Usted sabe algo?
Un coche patrulla de la Policía Nacional entró despacio en el aparcamiento, con las luces apagadas, y se detuvo junto a la barrera. Dos agentes dentro. Ninguno miró hacia la acera.
—Voy para allá —dijo Elena—. Dime la dirección.