Cuarenta mil #2
—Qué suerte. Yo he visto cuatro, en cuatro sobres de cinco mil euros, repartidos entre gente que lo necesitaba.
Una pena que no lo haya sabido usted antes, porque habría sido una buena historia.
Un fantasma con corazón. Se lo digo en serio.
—Paco bajó la voz, aunque nadie hubiera podido oírlo—.
La segunda: la nota decía que ese dinero no iba a un señor «este mes ni el que viene».
Alguien ha entendido que esa nota era también un precio.
El señor al que se la dirigieron ha reunido el miércoles a las personas que se reúnen cuando se pierde algo.
—¿Quién?
—Usted conoce el mundo. Los que ponen la mercancía. Los que ponen el camión. Y uno, solo uno, que no pone nada y que viene de la parte de la ciudad que tiene coche con cristales oscuros y cámaras en todas las esquinas.
—R.
Lo había dicho sin querer. Paco levantó la cabeza.
—Esa letra —dijo, despacio—. No me gusta que la conozca.
—Está en la libreta. La copié antes de dársela.
—Sí. Eso me imaginé. —La miró un rato largo—. No la ponga en ningún otro sitio. Ni siquiera en su cabeza cuando se acueste.
—¿Y la tercera?
—La tercera es el precio.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta un papel doblado en cuatro y lo dejó encima de la mesa, sin abrirlo, con el dedo encima. Elena no lo tocó.
—Cuarenta mil euros —dijo Paco—. Para quien le entregue a la mujer del parque.
Pagan los de arriba, y una parte la pone la Central, que no lo llamará así.
Para ellos es una «colaboración». Veinte mil si se la entregan viva, otros veinte si lo que lleva encima aparece entero.
—Dio un golpecito con la uña al papel—. Cuarenta mil euros.
En Madrid, en este momento, hay mil personas que por menos que eso entregarían a sus primos.
—Mil, no. Los que me conocen.
—Los que la conocen son pocos. Los que la han visto, más. Y los que pueden fingir que la han visto son todos. —Paco apartó el dedo—. Dentro hay una cosa. No la abra aquí.
—¿Qué es?
—Un número de teléfono y una dirección en Móstoles.
Una señora que vive sola, de mi confianza, con una habitación libre y un perro que no ladra.
Nadie sabe que existe. Yo tampoco tendría que saberlo.
—Cruzó las manos—. Es lo que le ofrezco.
Ni le pido nada ni le pido que me quiera. Le pido que no duerma más en Tetuán.
Elena dejó pasar un segundo. En la tele de la pared, la imagen había cambiado a un hombre con corbata ante un atril lleno de micrófonos.
Después sonrió. Sin ganas.
—No he dicho que duerma en Tetuán.
—No lo ha dicho. —Paco se encogió un poco, como si no pudiera evitarlo—.
Lo sé desde el martes, y no se lo he dicho a nadie.
El martes por la mañana fui a Maravillas, a una pescadería con el muelle de carga todavía húmedo de una pelea.
Su dueño se llama Wilson, y me habló de una señora, Nelly, que vive en Tetuán y alquila una habitación a una chica «muy callada que duerme vestida».
Wilson no sabe mentir. Es una cualidad estupenda en un pescadero y una desgracia en cualquier otro oficio.
Algo se movió en el estómago de Elena. Lo dejó donde estaba.
—Usted ha ido a ver a Wilson.
—Fui. Para pagarle lo que le debía. Le pagué otro sobre. —Levantó una mano—. Y para que me contara. Es lo que haría cualquiera que haya querido protegerla alguna vez: ver quién la protege a usted.
—No necesito protección.
—Usted necesita un par de ruedas y una semana de sueño.
¿Quiere que le diga cómo se organiza una cacería, de las de verdad?
No se hace con perros. Se hace con cámaras.
Ellos tienen en la Central un hombre que se sienta delante de cuarenta pantallas con un termo y busca a una mujer que camina con la mano izquierda un poco rígida.
El otro ojo lo ponen los míos, o los que fueron míos.
Yo pongo la calle. Un cojo, un chico que cojea desde hace cinco días, un hombre alto que no va a volver a ser guapo.
Todos con la dirección de un bar, un nombre, una descripción, un número al que llamar.
Cuando uno de ellos la vea, no se acercará. Llamará.
—¿Y usted?
—Yo estoy a lo que me toque. —Lo dijo sin cinismo—. Si no la entrego yo, la entrega otro, y a ese le pagan igual. Yo preferiría que no la entregara nadie. Es una diferencia pequeña. Para mí, bastante.
Elena miró por la cristalera. Los dos hombres de la puerta habían cambiado de sitio, uno más cerca de la entrada del aparcamiento, el otro de espaldas a la sala 3.
Una mujer salía de una de las salas con la cara hinchada y un pañuelo de papel apretado en el puño.
Detrás, un niño con un traje de adulto que le quedaba corto de mangas, quieto en la puerta, con las manos a los lados.
—¿Y los de arriba? ¿Saben quién soy?