Cacería (Elena Malasangre 4) Cuarenta mil
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Cacería (Elena Malasangre 4)

Cacería (Elena Malasangre 4)

Por E Reyes

© inepub.com

Cuarenta mil

El móvil vibró contra el parquet a las siete y cuarenta de la mañana del viernes, y Elena ya estaba despierta.

Llevaba despierta desde las cinco, tumbada vestida sobre el colchón que Nelly le alquilaba a cien euros la semana, con el abrigo por encima y la cuchilla debajo de la almohada.

El cuarto era estrecho, con una ventana a un patio de luces, un armario sin puerta y una silla con una pila de revistas del corazón de hacía tres años.

En el techo había una mancha de humedad con forma de Italia.

Elena la había mirado tanto que ya distinguía Cerdeña.

Siete noches seguidas con las botas puestas.

Los pies ya no se quejaban. La mano izquierda sí: cerrada por los bordes, abierta por el centro, con la gasa pegada a la carne de una manera que Nelly había dicho que era buena y que a Elena le seguía pareciendo un insulto.

No era el móvil de diario. Era el otro, el que solo conocía una persona.

Lo leyó dos veces. Un abrazo. Paco firmaba así, con la misma pluma inclinada con la que había anotado durante años las deudas de media Vallecas.

Y las deudas, cuando llegaba el día, se cobraban.

Una cita en un tanatorio podía ser un favor o podía ser un sitio donde nadie grita. Elena todavía no sabía cuál de las dos.

Se incorporó despacio, apoyándose en los codos, para que las costillas no hicieran ruido.

Desde el sábado pasado se le habían quedado dos nuevas, la izquierda y la de debajo, que le avisaban cada vez que respiraba hondo.

Debajo del colchón estaban el portátil de Iván, el dinero y las dos bolsas de ropa.

Tocó el sitio con el pie, sin mirar. Todo allí.

Se sentó en el borde de la cama y se descalzó el pie derecho. Dentro del calcetín, doblada en cuatro en un trozo de papel de aluminio, seguía la otra media pastilla, la de reserva. Contó los días desde la última. Siete. Volvió a ponerse la bota.

En la cocina olía a arroz con huevo frito, que era como olía el mundo desde que Nelly la había recogido.

Nelly estaba de espaldas junto a la vitrocerámica, con los rulos puestos y una bata de flores, removiendo una olla con la cuchara de madera.

Sobre la nevera, una radio pequeña con la antena sujeta con esparadrapo.

Al lado, un calendario de una funeraria con el seis de noviembre rodeado a bolígrafo, que era el día de la revisión de la tensión de Nelly, y una estampa de la Virgen de la Almudena con una esquina quemada.

—…y la Delegación del Gobierno asegura que la acampada de la Puerta del Sol será desalojada «en cuanto se garanticen las condiciones» —decía la radio—. Los convocantes han anunciado una nueva marcha para el domingo. Y en política, a menos de un mes de las elecciones del veintinueve…

—Mija, siéntese, que se enfría —dijo Nelly sin volverse.

—No puedo. Tengo un entierro.

Nelly se dio la vuelta con la cuchara en alto y apagó la radio de un manotazo. Miró a Elena de arriba abajo: las botas, el abrigo sucio, el pelo castaño pegado a la frente, la mano vendada que Elena llevaba metida en el bolsillo.

—¿De quién?

—De uno que no conozco.

—Esos son los peores. —Dejó la cuchara en el plato y se fue por el pasillo sin decir nada más.

Elena oyó abrirse la puerta de un armario, el ruido de las perchas y un cajón que se atascaba.

Volvió con una chaqueta de punto negra, grande, que olía a naftalina—.

De mi marido. Se la puso en un entierro y en otro entierro, y no se la puso más.

Le va a quedar ancha. Mejor, que se le pueda poner el abrigo encima.

—No hace falta, Nelly.

—Hace falta. Con una chaqueta negra nadie le mira la cara.

Elena la cogió. Pesaba, y no era de lana buena. Se la puso sobre la camiseta, con el brazo izquierdo entrando como un muerto, y Nelly le subió el cuello y le sacudió una pelusa del hombro con dos dedos.

—¿Va a comer algo?

—Luego.

—«Luego» es lo que dicen los que no vuelven. —Nelly se santiguó rápido, para que pareciera una forma de rascarse la frente—. Vuelva.

Elena se puso el abrigo encima. Debajo, en el costado derecho, la cuchilla con la hoja recogida. En el bolsillo de dentro, el bastón extensible que le había quitado al hombre del bigote blanco, plegado, del largo de un bolígrafo grande. Le había cogido cariño. Pegaba más fuerte que ella.

Bajó los cuatro pisos pegada a la pared, parándose en cada rellano a escuchar.

En el primero, un niño llorando y una mujer que le decía que se callara.

En el segundo, nada. En el tercero, un televisor con un programa de la mañana, y el portal, con el buzón de Nelly forzado y vuelto a pegar con cinta.

En la calle se quedó un momento bajo el dintel, mirando los coches aparcados.

Un Ibiza blanco; la matrícula no acababa en KJP.

Una furgoneta de reparto con el motor en marcha y nadie dentro.

Una mujer con carro de la compra discutiendo con el portero de una peluquería.

Tetuán a las ocho de la mañana: persianas subiéndose, olor a churros viejos, un autobús echando el aire por debajo.

En el escaparate de un bar, un cartel pegado con celo: ALQUILER: NI UN DESAHUCIO MÁS. Domingo, 12:00, Sol.

No cogió el primer autobús. Dejó pasar dos, cruzó la calle, entró en una frutería, salió por la puerta de la trastienda que daba a un patio con cajas de plátano apiladas, y desde allí a la calle de atrás, que desembocaba al otro lado de la manzana.

Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Nadie corría, nadie se paraba a atarse un zapato.

Cuando Iván se lo enseñó, le había parecido un juego.

* * *

Tanatorio de la M-30, 11:40.

Era un edificio de cristal y piedra clara con aparcamiento para trescientos coches y cara de aeropuerto pequeño.

Elena había llegado después de dos autobuses y un trozo a pie por una acera que no iba a ninguna parte, y lo primero que hizo fue contar las salidas: la puerta principal, dos de emergencia en los laterales, una de servicio con un camión de coronas aparcado al lado.

Después contó a la gente. Cuarenta o cincuenta personas en los alrededores, casi todas de negro, casi todas en grupos de cuatro o cinco, fumando con la cabeza baja, hablando con esa voz de cuando uno no sabe cuánto puede reírse.

Nadie la miró dos veces. Nelly tenía razón.

Dentro olía a flores y a café de máquina.

Un pasillo largo con salas numeradas a ambos lados, cada una con un nombre en la puerta y una pantalla que decía a qué hora era la misa.

Sala 3: Don Julián Carrasco Pérez, 13:00.

Sala 4: Doña Amelia Montero. Sala 5, 6, 7.

Elena fue leyendo las pantallas sin parar, como si buscara una en concreto.

La cafetería estaba al fondo, a la derecha, un espacio grande con mesas de formica y sillas de plástico, un televisor en la pared con el sonido quitado y una señora con un abrigo de piel que lloraba en silencio sobre un cruasán.

En la tele, sin voz, una plaza llena de tiendas de campaña y furgonetas de la policía alineadas.

Debajo, un rótulo rojo: ÚLTIMA HORA. DESALOJO INMINENTE.

Paco estaba en la última mesa, pegada a la cristalera, de espaldas a la pared, con una tila delante.

Traje negro. Encima, sobre los hombros, la chaqueta de cuero marrón, demasiado grande para él.

Cuando la vio venir, levantó la mano en una especie de saludo de pésame y se tocó la cadera al empezar a incorporarse.

—No se levante —dijo Elena.

—Si me levanto, me siento mejor. —Se levantó. Le dio la mano. Fría, seca, de profesor. Se la sostuvo un momento de más y bajó los ojos a la venda que asomaba por el puño de la chaqueta de punto—. Qué pena lo de su mano.

—Es la izquierda. Escribo con la derecha.

—Lo sé. Siéntese, por favor. ¿Quiere algo? Aquí el café es una vergüenza, pero el agua es agua.

—Quiero saber qué hace usted en un tanatorio un viernes.

Paco sonrió. Una sonrisa pequeña, con los labios cerrados.

—Vengo a todos. A los que conozco y a los que no.

Desde hace años, una vez por semana, un entierro distinto.

—Se sentó con un poco de esfuerzo y apoyó los dos antebrazos en la mesa—.

Es el único sitio de Madrid donde nadie pregunta por qué está uno.

Se entra, se dice «lo siento mucho», se toma una tila, se sale. Me ha salvado de conversaciones peores.

—¿Quién es el de la sala 4?

—Una señora. No sé más. Ochenta y un años. —Hizo un gesto vago hacia el pasillo—. Tenía un hijo que no vino, y yo he venido por él.

Elena se sentó frente a él, en diagonal para tener la puerta a la vista. Paco lo notó. No dijo nada. Tenía las gafas de montura fina subidas, las cejas blancas, el pelo peinado hacia atrás con agua. Parecía un hombre que acaba de afeitarse para una visita al notario.

Fuera, junto a una corona de claveles, había dos hombres de espaldas, fumando, con las manos cruzadas por delante como porteros de discoteca en misa. Los había contado al entrar. No los conocía.

—Son míos —dijo Paco sin volverse—. Hoy sí me hacen caso.

—Tampoco me gustan míos.

—No lo dudo. —Dio un sorbo a la tila—. Le voy a decir tres cosas, y después usted me dice lo que quiera, o no me dice nada. Ya sabe que no se lo reprocharía.

—Diga.

Paco dejó la taza en el platillo con cuidado, sin ruido.

—La primera. El viernes pasado, un hombre de sesenta y tantos años, que lleva doce recogiendo un sobre, fue a recogerlo y no hubo sobre.

Lo esperó una mujer en un parque, con unas bridas y un cuchillo de los que se compran para abrir cajas.

Le dejó una mano que no va a volver a cerrar.

Le dejó una nota en la muñeca. —Hizo una pausa del tamaño de un sorbo—. Y una goma de pelo.

Elena no movió la cara. Era un truco que le había enseñado la barra de un bar: se puede decir mucho con las manos si la cara no se mueve. Las manos las tenía debajo de la mesa.

—Nunca he usado una goma de pelo en mi vida —dijo.