Capítulo 22
E l almacén estaba vacío.
No solo escaso de existencias. Completa y absolutamente vacío de caoba.
—Se agotó hace tres días —explicó el encargado—. El Chesapeake llegó antes de lo previsto y compró todo el lote. Tengo azúcar si le interesa...
—¿A qué precio? —interrumpió Dominic.
La cifra que mencionó el hombre hizo que a Dominic se le nublara la vista.
La carga sustituta apenas daría beneficios en Londres.
Tendría que cubrir la diferencia de lo prometido a la tripulación con sus propios fondos, fondos que ya había gastado en reparaciones de la finca ducal y en equipar otros viajes.
Cuando había iniciado esta empresa, el Intrepid estaba destinado a producir beneficios, no pérdidas.
Pero el capitalismo siempre parecía pasar a segundo plano cuando había ballenas varadas, esclavos fugitivos y naturalistas polizones, al menos con Dominic al mando.
Así que sus ahorros se habían esfumado, y ahora se veía obligado a ser realista.
Siendo realista, el azúcar pagaría parte del viaje. Aunque se había prometido a sí mismo no transportar nunca carga producida con mano de obra esclava.
Pero no sería suficiente. No podría equipar el Intrepid para otro viaje, lo que significaba que sus hombres quedarían en el aire. Familias hambrientas o separadas. Jenkins tendría que buscar trabajo en otro barco donde el capitán quizá no velara tanto por su seguridad en puertos peligrosos.
Cada hombre a bordo del Intrepid había confiado en que Dominic velaría por ellos. Y Dominic les había fallado.
—Mañana —logró decir a modo de despedida—. Le daré una respuesta mañana.
La luz del Caribe lo envolvió al salir, el calor aplastándole los hombros con tal fuerza que tropezó. El ruido del puerto —comerciantes que gritaban, carga que golpeaba, gaviotas que chillaban— le resultaba demasiado fuerte, demasiado cerca, demasiado.
Aun así, sus botas dieron con los tablones del muelle. Un pie delante del otro. Sigue caminando. No pienses en cómo vas a decírselo.
Casi había recuperado la compostura cuando su mirada se posó en un barco de pasajeros que justo comenzaba a zarpar en el otro extremo del puerto. Allí, en cubierta, estaba Lydia.
Incluso desde esa distancia, podía ver a su madre y a la doncella flanqueándola. Entre ellas, la científica que siempre había parecido acaparar todas las miradas se veía pequeña y demacrada.
Miraba el agua, no como si buscara maravillas, sino como si buscara el olvido. Entonces se volvió hacia el muelle y sus miradas se cruzaron.
Lydia dio un paso adelante, pero la mano de su madre se cerró en torno a su brazo.
Zafarse de ese agarre habría requerido mucho menos esfuerzo del que Lydia solía emplear al izar cubos de agua de mar; sin embargo, se detuvo de inmediato.
Cedió. Volvió a clavar la mirada en la nada del océano mientras el barco comenzaba a ganar velocidad, mientras la alejaban de Jamaica y la devolvían a la vida que su madre quería y ella despreciaba.
La vida hacia la que Dominic había contribuido a empujarla.
El pecho de Dominic se contrajo con tanta fuerza que no podía respirar.
Necesitaba requisar un bote, remar tras el barco de pasajeros y saltar a bordo.
Necesitaba exigir una audiencia privada con Lydia, explicarle que cuando había rechazado su propuesta no había sido porque no la quisiera —se moría por ella— sino porque merecía algo mejor que una elección tomada por desesperación.
Algo mejor que un capitán incapaz de mantener a su tripulación unida y alimentada.
Pero su madre estaba justo allí. Y una carrera desesperada tras el barco de Lydia provocaría exactamente el escándalo que él había sacrificado todo por evitar.
Así que le dio la espalda al puerto. Le dio la espalda a Lydia.
Y regresó al Intrepid solo.