Capítulo 16
E l viento golpeó como un puño.
Dominic había capeado tormentas antes, había sobrevivido a huracanes que convertían el océano en una pesadilla viviente. Pero esta se sentía personal. Como si el Atlántico mismo hubiera decidido castigarlo por desear algo que no tenía derecho a imaginar entre sus brazos.
—¡Controla esa driza! —gritó por encima del aullido creciente del viento, que le desgarraba la ropa y le escocía los ojos con el salitre—. ¡Thompson, riza esas velas antes de que se rasguen!
La tripulación se movía con soltura, confiando en que él sacaría al Intrepid de aquella.
Aunque se había demorado en el mar de los Sargazos por una mujer que no quería un futuro con él.
Aunque había demostrado que en cuanto se permitía desear algo, destruía a todos los que dependían de su liderazgo.
Igual que su padre.
El barco escoró fuertemente a estribor cuando una ola se estrelló contra la proa; el agua helada barrió la cubierta y casi arrastró a un hombre por la borda. Dominic se aferró al timón y sintió al Intrepid estremecerse bajo sus pies mientras el sabor de la salmuera le inundaba la boca.
Su barco se debatía contra las olas. Lo que más orgullo le daba haber construido de la nada tras perderlo todo. Lo mismo que ahora podría perder por haber sido tan egoísta como para enamorarse.
Como otra ola, el recuerdo surgió sin ser invitado.
De pie en el estudio de su padre a los diecisiete años, las palabras del administrador de la finca cayéndole encima igual que ahora le caía el rocío helado del océano.
«No queda nada. Su padre hipotecó la finca para mantener la ilusión de riqueza. Los acreedores ya están a la puerta».
Porque resultó que el jovial y encantador duque de Everleigh había querido aprobación y comodidad más de lo que había querido proteger a quienes dependían de él.
Y cuando la ilusión se hizo añicos, cuando llegó la hora de rendir cuentas, eligió una pistola en lugar de enfrentarse a lo que su egoísmo había causado.
Dominic juró que él nunca sería así. Que jamás permitiría que sus propios deseos destruyeran a quienes dependían de él.
Entonces Lydia lo había mirado con aquellos ojos del color del cristal del mar. Y él había roto esa promesa con la misma facilidad con que su padre había dilapidado siglos de fortuna ducal.
Ahora, sus manos se aferraron al timón hasta que le crujieron los nudillos. Por un momento terrible, quiso soltar. Dejar que la tormenta se llevara el barco, que se lo llevara a él, que se lo llevara todo.
Pero su tripulación...
—¡Capitán! —Bennett apareció a su lado, con la lluvia corriéndole por el rostro curtido y la voz apenas audible por encima del restallido de la lona—. Con este ángulo nos vamos a hundir.
Dominic se pasó una mano por la cara para despejarse el agua y el recuerdo. Luego evaluó las olas, el viento, cómo respondía el Intrepid .
Aquel rumbo era su única esperanza de recuperar el tiempo que había dedicado a Lydia. Pero Bennett tenía razón. Necesitaban virar, aunque eso significara perder horas que no podían permitirse.
—Vira en redondo —ordenó—. Despacio y con cuidado.
Durante un largo momento, no pasó nada. El barco y la tormenta parecían trabados en una batalla en la que los cielos eran los únicos vencedores posibles. Entonces...
—¡Se está moviendo! —gritó Thompson desde la jarcia, con las palabras casi perdidas en un trueno que sacudió el aire y le retumbó en las costillas a Dominic.
El Intrepid giró con un gemido que Dominic sintió en los huesos, mientras todo el casco crujía en protesta.
La lona vibró sobre sus cabezas. La cubierta se inclinó en un ángulo nauseabundo.
Y por un momento todos quedaron suspendidos, vulnerables, mientras el agua helada le golpeaba el rostro, le empapaba la ropa, le llenaba las botas, antes de que...
Las velas se hincharon con un chasquido de látigo. Y lo habían conseguido: corrían por delante de la tormenta.
Por delante de la tormenta, pero en ángulo.
No podrían aprovechar toda la fuerza del viento para impulsarlos directamente hacia Jamaica, lo que les costaría al menos otro día.
Sumado al retraso en el Sargazo y el tiempo dedicado a reparar aquella vela, llegarían a su destino con casi una semana de retraso.
Si la mejor caoba ya se había vendido, tendría que cubrir la parte de la tripulación con sus reservas personales. Algo que había funcionado en el pasado... pero que ahora era una promesa vacía.
—¿Capitán? —Jenkins apareció entre la lluvia torrencial—. ¿Aguanta?
Por primera vez en mucho tiempo, Dominic logró despegar los dedos agarrotados de los radios del timón. La mera existencia de Jenkins demostraba que donde hay vida, hay esperanza.
Además, su tripulación necesitaba ver a un capitán en control. Así que Dominic enderezó la espalda dolorida y asintió.
—Por supuesto —le dijo a Jenkins, y a cualquier otro que pudiera estar escuchando.
Aun así, lo que sus propios oídos captaron fue la voz de Lydia resonando en su cabeza:
«No puedo casarme contigo».
No era de extrañar que Jenkins lo estudiara un momento más. Finalmente, sin embargo, su tripulante se alejó. Y Dominic volvió la mirada al horizonte, ignorando el agua que le goteaba del pelo por la nuca, el frío que se le filtraba en los huesos, el dolor en las manos de luchar contra la tormenta.
El Intrepid estaba a salvo. Su tripulación estaba a salvo, al menos por ahora.
Había hecho su trabajo. Había tomado las decisiones correctas al final, aunque antes hubiera tomado otras catastróficamente equivocadas.
Todo estaba bien.
Salvo que en algún lugar bajo cubierta, Lydia estaba catalogando sus especímenes y planeando su regreso triunfal a Londres. Pronto presentaría sus descubrimientos a la comunidad científica. Construiría la carrera por la que tanto había luchado.
Seguiría adelante, dejando atrás al capitán mercante que había sido tan necio como para creer que merecía tocar algo tan perfecto como su corazón.
Y Dominic le escribiría cartas de recomendación, la ayudaría a establecer su credibilidad, haría todo lo que estuviera en su mano para asegurar su éxito. Porque eso es lo que hacías cuando no podías fiarte de tus propios deseos. Protegías a los demás de tu egoísmo.
Ya lo había hecho antes. Podía volver a hacerlo.
El agua que le corría por el rostro era solo lluvia.
Tenía que serlo.