Capítulo 15
C ásate conmigo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellos, y la mente de Lydia se quedó en blanco. Completa, devastadoramente en blanco.
Matrimonio. Le estaba proponiendo matrimonio.
El corazón aún le latía acelerado por los besos. Tenía los labios hinchados, hipersensibles. Cada terminación nerviosa de su cuerpo vibraba con las sensaciones, los recuerdos de las manos de él en su cintura, en su pelo, trazando dibujos por su espalda y haciéndole imposible pensar.
Quería más de esos besos. Quería sentir las manos de él sobre su piel. Quería descubrir qué se sentía al ser cortejada, lo que podría significar amar a Dominic.
Quería—
¿Matrimonio? No. Eso no.
La palabra atravesó su deseo como un jarro de agua fría. Ahora era ella quien retrocedía hasta que el escritorio le presionó la cadera.
Distancia. Necesitaba distancia para poder pensar.
Porque el matrimonio significaba renunciar a todo por lo que había trabajado. Lo sabía con brutal certeza, lo había aprendido por las malas.
Al fin y al cabo, Frederick había parecido apoyarla al principio. Había estudiado sus dibujos, había hecho preguntas inteligentes sobre su investigación.
Hasta que se anunció el compromiso. Entonces su trabajo pasó a ser todas esas tonterías científicas que naturalmente dejaría de lado una vez casada. Cuando ella protestó, él se rio. Le dijo que lo entendería cuando tuviera hijos que le ocuparan el tiempo.
Rompió el compromiso de inmediato, y sus actos tuvieron consecuencias. Su madre aún estallaba de furia en los momentos más inesperados. El escándalo siempre se cerniría sobre las dos.
Aquí y ahora, Lydia quería creer que Dominic era diferente. Quería confiar en que cuando él decía cásate conmigo , quería decir cásate conmigo tal como eres , no cásate conmigo y conviértete en otra persona .
Pero ¿qué tipo de matrimonio le estaba proponiendo Dominic?
Cada marinero de este barco dejaba atrás a su esposa, si es que tenía una.
Había escuchado sus historias, entendía que sus mujeres llevaban los hogares solas, criaban a los hijos solas, afrontaban cada crisis solas mientras sus maridos se hacían a la mar.
Mientras tanto, la esposa de Dominic no solo estaría casada con un capitán. Era duque, por mucho que no le gustara hacer valer ese título. Tenía una finca y responsabilidades que iban más allá de este barco... lo que significaba que su esposa tendría que encargarse de esos asuntos en su ausencia.
¿Cómo iba a incluir cualquier versión de ser la esposa de Dominic la recolección de especímenes en el mar de los Sargazos? ¿La publicación de artículos? ¿Todo el trabajo que hacía de Lydia quien era?
Al final, aunque Dominic no le había pedido que renunciara a su vida, tampoco le había asegurado que pudiera seguir trabajando. Y en su experiencia, el silencio en los asuntos importantes significaba que la respuesta era:
—No.
Lydia apenas logró pronunciar la palabra, y Dominic retrocedió como si ella lo hubiera golpeado. La mano que había estado alargando hacia ella le cayó inerte a un lado.
Su voz sonó ronca cuando murmuró:
—No lo entiendo.
—¿Qué significaría el matrimonio? —las palabras le brotaron antes de poder suavizarlas—. ¿Podría continuar con mi investigación? ¿Navegaría contigo?
Observó su rostro, desesperada por respuestas que hicieran posible un sí .
—Yo... —se detuvo. Abrió la boca. La cerró de nuevo—. No estoy seguro...
—¿Dónde viviríamos? ¿Esperarías que me encargara de tu finca? ¿Acaso...?
—No lo sé —la confesión le salió estrangulada—. No he pensado... Lydia, solo sé que quiero una vida contigo. Los detalles podemos resolverlos después...
Un golpe seco en la puerta los interrumpió, lo bastante fuerte como para sobresaltarlos a los dos.
—¿Capitán? —la voz de Bennett llegó a través de la puerta—. Lo necesitamos en cubierta. Si queremos adelantarnos a la tormenta, tenemos que zarpar ya.
Dominic no se movió, no apartó los ojos del rostro de ella.
—Dame un momento.
—Señor, el viento ya está cambiando. En una hora...
—He dicho que me des un momento —su voz sonó más dura, una orden y no una petición.
Los pasos se alejaron, pero la urgencia quedó flotando en el aire. El barco ya se mecía de forma distinta bajo sus pies: ese cambio sutil en el ritmo que anunciaba un cambio de tiempo, el oleaje creciente.
Lydia miró al hombre que tenía delante, la desesperación en sus ojos, y sintió algo quebrarse en su pecho. Dominic no tenía respuestas que darle. Eso estaba claro. Le estaba pidiendo que le confiara todo su futuro sin tener la más remota idea de cómo sería ese futuro.
Y tal vez eso era romántico. Tal vez en las novelas, las mujeres decían sí a ese tipo de propuesta.
Pero Lydia era naturalista. No estaba dispuesta a arriesgar esa parte de sí misma.
Especialmente cuando ya había cometido un error similar una vez.
Así que negó con la cabeza.
—No puedo casarme contigo.
Y Dominic se quedó allí un momento más, mirándola como si estuviera memorizando su rostro. Como si estuviera catalogando aquel momento igual que ella catalogaba especímenes, preservándolo con doloroso detalle para examinarlo después.
Luego se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más. La puerta se cerró tras él con un chasquido suave que sonó como el final de todo.
Y Lydia se quedó sola en la cabina vacía, rodeada de sus especímenes cuidadosamente organizados, sus notas detalladas, la prueba de que era una verdadera naturalista que hacía investigación de verdad.
Todo lo que había protegido al decir que no. Así que ¿por qué sentía que acababa de cometer el mayor error de su vida?