Caballitos de mar y sensibilidad (Duques deshonrados 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

D ominic la encontró en el castillo de proa dos días después, con el cuaderno en equilibrio sobre una rodilla y el lápiz moviéndose con precisión decidida mientras entornaba los ojos para observar a Jenkins, que trabajaba en el aparejo sobre sus cabezas.

Estaba tan absorta que no lo había oído acercarse, lo que le permitió leer por encima de su hombro:

Algo cálido y complejo se removió en el pecho de Dominic. La Señorita Pemberton no estaba trabajando en historia natural, como él había supuesto. Estaba intentando ganarse a la tripulación.

Él ya había hecho su parte en ese sentido, por supuesto.

Tras explicarle a Bennett que la Señorita Pemberton se quedaba, había suavizado la incomodidad de compartir el Intrepid con una mujer mencionando los fondos que ella aportaba a la expedición.

Y había advertido a cada miembro de la tripulación, con su voz más seria de capitán, de las repercusiones si llegaba a enterarse de la más mínima insinuación de acoso.

Por supuesto, aunque Dominic podía imponer el comportamiento de su tripulación, no podía cambiar lo que albergaban en el corazón.

No era de extrañar que el día anterior hubiera visto a la Señorita Pemberton con el cuaderno apretado contra el pecho como una armadura, los hombros cada vez más encogidos mientras los tripulantes pasaban de largo sin responder a sus intentos de saludo.

Se esforzaba tanto por ocupar menos espacio, por pasar desapercibida para que le permitieran quedarse. Y eso le encogía el corazón a Dominic.

Sin embargo, no se había rendido. Al contrario, parecía haber decidido tomar cartas en el asunto con aquella evaluación extrañamente científica. Al echar otro vistazo a sus notas, le costó disimular la diversión en la voz cuando preguntó:

—¿Haciendo un censo, señorita Pemberton?

Ella se sobresaltó con tal violencia que el lápiz le resbaló por la página. Luego alzó la vista hacia él, con dos manchas de rubor asomando en lo alto de las mejillas.

—Estoy implementando un protocolo de identificación sistemático —replicó ella. Luego, como si se diera cuenta de cómo sonaba aquello, añadió—: Estoy aprendiéndome a la tripulación.

—¿Registrando sus estaturas y calculando sus edades?

—Documentando características observables que facilitarán el reconocimiento futuro —alzó la barbilla—. Es una metodología sólida.

Él se sentó en la cubierta junto a ella, lo bastante cerca para captar aquel tenue aroma floral bajo la sal del aire.

—El nombre del Sujeto Siete es Jenkins —señaló—. Hace cinco años, un aparejo mal asegurado casi le costó la pierna izquierda en una tormenta. Por eso es tan meticuloso con el trabajo de cabos. Y también por eso cojea —hizo un gesto hacia los papeles de ella—. Eso no está en sus notas.

Ella bajó la vista hacia sus cuidadosas observaciones y luego volvió a mirarlo. Un destello de incertidumbre le cruzó el rostro.

—¿Cómo podría haber obtenido esa información mediante observación externa?

—No podría. Tendría que hablar de verdad con sus sujetos.

—¿Está sugiriendo que mi metodología actual es defectuosa?

—Estoy sugiriendo que está incompleta. Puede medir la estatura de alguien desde el otro lado de la cubierta. Pero no puede averiguar qué le hace reír, o qué le da miedo —hizo una pausa—. Y no puede ganarse la confianza de la tripulación tratándolos como peces en una pecera.

Ella se mordió el labio mientras contemplaba su documentación.

—No era mi intención cosificar a su tripulación. Era justo lo contrario de lo que pretendía.

—Lo sé.

Ella cerró el cuaderno con meticulosa precisión, las manos temblándole ligeramente. Y entonces desvió la mirada hacia el océano, como si eso le facilitara hablar.

—No sé cómo conocer a las personas —confesó tras un largo momento de silencio—.

Puedo clasificar, categorizar, medir. Pero la conversación real, entender qué les importa a otros seres humanos…

invariablemente me equivoco en los cálculos.

Digo lo que no debo. Me pierdo las señales sociales más obvias.

Él emitió un murmullo comprensivo, intuyendo que ella tenía más que decir. Deseaba escuchar lo que sospechaba que había contado a muy pocas personas. Y tras otra pausa, ella continuó.

—Una vez pasé veinte minutos en una fiesta al aire libre hablando de biología marina con una mujer a la que tomé por una colega naturalista.

No dejaba de lanzarme miradas extrañas, pero supuse que simplemente estaba confundida por la terminología —sacudió la cabeza—.

Era mi propia prima segunda. La conocía de toda la vida.

Pero se había cambiado el peinado y estaba en un lugar inesperado, y simplemente…

no la reconocí. El silencio cuando intervino mi madre fue…

Lydia respiró hondo y luego buscó la mirada de Dominic.

—He estado intentando resolver esto como un problema de investigación porque es la única manera que conozco de resolver las cosas. Si se requiere algo más, me temo que… no puedo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellos. Algo se resquebrajó en el pecho de Dominic. Como un puerto atrapado en el hielo que se derrite en primavera.

Ella pensaba que estaba rota. Que era inadecuada. Demasiado extraña para conectar con otros.

Cuando todo lo que él veía era a alguien lo bastante valiente para admitir sus dificultades. Alguien que se esforzaba tanto que dolía mirarla. Alguien que merecía amabilidad, no el desdén y el desprecio que claramente había aprendido a esperar de quienes la rodeaban.

Se le hizo un nudo en la garganta. Quería estrecharla entre sus brazos y decirle que no estaba fracasando. Que lo que ella veía como una inadecuación catastrófica, él lo veía como una sinceridad entrañable. Que cualquiera digno de su atención la valoraría tanto como ella valoraba sus notas.

Pero no le salieron las palabras. Y se dio cuenta de que había guardado silencio demasiado tiempo cuando ella lo miró con algo parecido a la desesperación y le exigió:

—Muéstreme. ¿Cómo me documentaría usted? ¿Qué notaría que a mí se me escapa?

La respuesta honesta —que habría descrito cómo se le transformaba todo el rostro cuando hablaba de sus especímenes, el feroz anhelo apenas oculto bajo la jerga científica, la vulnerabilidad que le hacía querer interponerse entre ella y cada persona que la hubiera hecho sentirse inadecuada— parecía peligrosamente reveladora.

Sobre todo cuando sentarse junto a ella le aceleraba el corazón como si volviera a tener diecisiete años.

Así que eligió sus palabras con más cuidado.

—Diría que es una naturalista que se coló en un buque mercante porque su pasión lo superaba todo.

Que se absorbe tanto al examinar especímenes que olvida que existe algo más allá de su microscopio.

Que se acerca al mundo con notable apertura y concentración.

Que es brillante —hizo una pausa, sin apartar los ojos de los de ella—.

Y que en este momento está intentando entender a mi tripulación con un enfoque que funciona de maravilla para los especímenes pero que podría necesitar…

ajustes… cuando se aplica a las personas.

Ella asintió despacio. Los hombros se le encorvaron igual que cuando los tripulantes ignoraban deliberadamente su existencia.

Maldita sea. No había conseguido hacerse entender. No podía dejarla así.

—¿Y si tuvieras ayuda? —se oyó decir.

—¿Ayuda?

—Conozco a estos hombres. Sus historias, sus preocupaciones. ¿Y si yo...?

Trató de expresarlo en términos que ella aceptara, trató de no pensar en cuánto deseaba una excusa para estar con ella, sin más.

—¿Y si hiciera de guía local? Te presentaría como es debido, te ayudaría a entender el contexto que te falta.

—¿Harías eso?

—Lo haría.

Aunque pudiera parecer favoritismo ante una tripulación que ya murmuraba por su presencia. Aunque se arriesgara a sufrir cuando sus sentimientos no eran correspondidos.

—¿Por qué?

Ella lo observaba con esa mirada intensa.

—Lo práctico sería ordenarme que me quedara en el camarote y causara las menos molestias posibles.

Era el momento de advertirle. Las palabras tomaron forma en su mente: «Los hombres quieren que te vayas. Bennett cree que deberíamos trasladarte a un barco de pasajeros en el próximo puerto» .

Pero al mirarla ahora —a la mujer que le había confiado lo que claramente consideraba su mayor defecto— no podía hacerlo. Ella descubriría pronto hasta qué punto la tripulación se resistía a aceptarla. Y para entonces, con suerte, él la habría ayudado a vencer esas reticencias.

—Porque lo práctico no lo es todo —dijo en cambio—. Y sé que puedes lograrlo.

Por un momento, ella se limitó a mirarlo fijamente, con las manos apretadas sobre el cuaderno. Por un momento, él pensó que negaría con la cabeza y repetiría su propio análisis: que la interacción humana estaba fuera de su alcance.

En cambio, su sonrisa irrumpió como el primer amanecer tras una semana de tormentas.

—Si tú crees que puedo hacerlo —dijo ella, con la voz algo temblorosa—, entonces yo también lo creo.