Capítulo 3
L ydia giró en redondo y se encontró al capitán —Ashworth, según le había dicho un estibador— en la puerta de su camarote.
Bueno, técnicamente el camarote de él . Que ella había requisado. Y ahora la pillaban desprevenida, sin tiempo para preparar sus argumentos.
La situación era, sin duda, poco favorable.
Quizá por eso se quedó mirándolo fijamente.
De cerca, el capitán Ashworth resultaba aún más imponente de lo que había observado desde el muelle.
Alto —un metro ochenta aproximadamente, a juzgar por el marco de la puerta bajo el que había tenido que agacharse para entrar—, con cabello oscuro y rizado más largo de lo que dictaba la moda, y unos cálidos ojos grises que en ese momento la estudiaban con una intensidad que le aceleró el pulso.
Sentía la mirada del capitán en la garganta, en las muñecas, detrás de las orejas...
—Puedo explicarlo —dijo, satisfecha de que la voz le saliera firme.
Una comisura de los labios del capitán se curvó hacia arriba en lo que parecía auténtica diversión. —¿Ah, sí? Me muero por oírlo.
Fascinado . Había dicho fascinado . No con esa inflexión particular que significaba mujercita graciosa . Solo... fascinado .
Lo cual era prometedor o una trampa. Posiblemente ambas cosas.
Se irguió cuan alta era. —Necesito pasaje al mar de los Sargazos. Su primer oficial se negó a reservarme un camarote, alegando una política general en contra de los pasajeros.
—No admitimos pasajeros. —El capitán podría haberse quedado ahí, pero añadió—: Aunque las decisiones de ese tipo suelo tomarlas yo. Sospecho que el señor Bennett intentaba protegerme de mí mismo.
Lydia frunció el ceño. Lo que decía no tenía sentido, así que lo ignoró y prosiguió con la táctica de debate que había preparado.
—Dado que este navío se dedica al comercio y no a operaciones militares, calculé que negociar desde una posición de fait accompli tendría más éxito que seguir cursando solicitudes por los canales oficiales.
El capitán parpadeó. Luego su sonrisa se ensanchó, y había algo en su expresión que ella no lograba clasificar del todo. Diversión, desde luego. ¿Pero también quizá respeto?
—Fait accompli —repitió—. ¿Así es como llamamos ahora a colarse en barcos mercantes?
—Sin duda es más preciso que «colarse» —replicó, sorprendida ella misma de la aspereza de su tono—. Al fin y al cabo, tengo plena intención de autorizar mi presencia de forma retroactiva mediante la compensación correspondiente.
—Retroactivamente. —Se acercó al escritorio con un andar que le recordó a los leones de la Casa de Fieras Real. El espacio pareció encogerse a su alrededor, y ella se concentró en los ojos del capitán para calmar el corazón desbocado.
Eran del preciso gris azulado del océano bajo nubes de tormenta, su color favorito...
Basta.
—¿Y qué es exactamente —dijo, apoyando una cadera en el escritorio en una postura de despreocupada seguridad— lo que planea hacer en el mar de los Sargazos que merezca arriesgarse a provocar la considerable ira de un capitán mercante?
Le sostuvo la mirada sin vacilar. Por fin, una pregunta para la que estaba preparada.
—Investigación. Estoy realizando un estudio exhaustivo de biología marina, con especial énfasis en la distribución de especies y los comportamientos reproductivos en la región de los Sargazos.
La documentación actual es deplorable, basada principalmente en especímenes muertos y relatos de segunda mano de marineros sin la formación taxonómica adecuada.
Mi intención es observar criaturas vivas en su hábitat natural y documentar comportamientos hasta ahora desconocidos, conservando especímenes cuando sea necesario como prueba de hallazgos importantes.
Se oía a sí misma hablar demasiado deprisa, pero parecía incapaz de parar.
—Y el Caribe en sí —continuó— posee especímenes botánicos notables más allá de la vida marina.
Haematoxylum campechianum , el palo de Campeche, produce tintes extraordinarios.
Los árboles crecen silvestres en arboledas ocultas, a disposición de quien quiera recolectarlos.
Aunque tengo entendido que la viabilidad comercial es menor que la de la caoba.
—Se interrumpió—. Pero, obviamente, los especímenes marinos son mi objetivo principal.
La expresión del capitán no cambió. Se limitó a observarla. Pero, de pronto, en su memoria, los ojos de él quedaron superpuestos al gris más apagado de los de George Perry. Las palabras del hombre que había esperado que fuera su mentor científico resonaron en su cabeza:
«Las mujeres carecen del rigor mental necesario para la investigación seria. Sus cerebros, sencillamente, no están hechos para la verdadera indagación científica. ¿Quizá ilustración botánica? Algo más adecuado para señoritas de sensibilidad refinada».
Había querido arrojarle el pez bruja en formol directamente a la cara a Perry.
(Agresión: ilegal; profundamente satisfactorio como fantasía; absolutamente desaconsejable en la práctica).
En lugar de eso, había decidido demostrarle a Perry que estaba tan equivocado que se ahogaría con su propia condescendencia.
Pero primero tenía que conseguir quedarse a bordo de este barco.
Así que esperó, preparándose para las palabras de siempre. Con los contraargumentos listos.
—Recolectar especímenes marinos —dijo el capitán con parsimonia—. Es bastante ambicioso para alguien que acaba de cometer varios delitos con tal de subir a mi barco.
—Técnicamente, solo un delito —lo corrigió, porque la precisión importaba incluso en momentos de humillación inminente—.
Embarque no autorizado. Aunque supongo que podría argumentarse que el allanamiento constituyó una infracción aparte, según cómo clasifique la ley marítima los camarotes privados en embarcaciones comerciales.
Eso requeriría consultar precedentes legales que, lo admito, no he...
—Solo un delito, entonces —la interrumpió el capitán, sin dejar de sonreír—. ¿Y es usted naturalista?
Ya está , pensó. La parte en la que me dice que mis ambiciones son impropias de mi sexo .
—Sí. —Le sostuvo la mirada sin pestañear, negándose a apartar la vista pese a la incomodidad del contacto visual prolongado—.
Aunque ciertos individuos de la comunidad científica cuestionarían esa clasificación basándose únicamente en mi sexo, y no en mis credenciales o en el rigor de mi metodología.
Algo cambió en la expresión del capitán: un cambio sutil en la tensión muscular en torno a los ojos que ella no logró interpretar del todo, pero que volvió a acelerarle el pulso.
—¿De verdad? —dijo en voz baja.
Y luego, en un tono que hizo florecer algo cálido e imposible de cuantificar en su pecho:
—Qué extraordinariamente estúpido de su parte.