Capítulo 2 #2
Ginevra se estremeció, enmudecida por la inesperada pulla.
Lady Jayne ahogó un grito, mirando al instante los ofensivos pies de su hija.
Los chicos, junto con lady Isabella, se rieron por lo bajo.
Helena se llevó la mano al pecho con diversión femenina y desdén manifiesto.
El conde frunció el ceño con severidad y el barón disimuló su sonrisa mientras estudiaba a su pequeña marimacho.
Ginevra apretó sus temblorosos labios, sosteniendo la mirada tranquila de su futuro marido. Él arqueó una ceja en un desafío silencioso y una sonrisa se deslizó por un lado de su boca. Entonces, mientras las lágrimas brotaban silenciosamente en sus ojos redondos, salió corriendo del salón.
Una suave brisa primaveral revoloteaba sobre el patio mientras destellos de luz solar danzaban a través del espeso manto de nubes que se extendía majestuosamente por un cielo pálido.
El cálido suelo de tierra del patio bullía de actividad mientras los sirvientes se apresuraban con sus quehaceres.
Algunas mujeres acarreaban cestas de ropa sucia y otras llevaban verduras del huerto a la cocina.
Una sirvienta de cocina llevaba pollos vivos, con dos pares de patas agarradas en cada una de sus curtidas manos.
Las aves se sacudían y graznaban con resentimiento contra su agarre mientras aleteaban para liberarse.
La mañana llegaba a su fin mientras el sol ascendía sobre el muro del patio de armas.
La piedra elevada rodeaba el patio, formando un óvalo de un lado al otro del castillo principal.
En la cara interior del anillo de piedra se encontraban las viviendas y las dependencias de servicio.
Algunas dependencias eran de piedra, como el propio castillo principal y el salón, pero la mayoría estaban construidas con madera.
Sobre el muro, de varios pies de ancho, se encontraba el adarve rodeado de almenas.
Subiendo por cualquiera de las escaleras de caracol de las esquinas se podía llegar a cualquiera de los distintos pisos, al tejado o a las almenas para recorrer la totalidad del muro en un círculo completo, que se hundía bajo un arco al pasar junto al castillo principal.
Una pequeña capilla construida en un lúgubre gris albergaba un patio separado.
Este patio yacía inactivo, con un suelo de piedra dura y un banco circular donde Ginevra solía sentarse.
Sorbiendo por la nariz, se levantó la falda para dejar al descubierto sus pies sucios y los calzones que llevaba debajo del vestido.
Poniendo los pies a su lado en el banco, se recostó y arqueó los dedos contra la textura rugosa de la piedra.
—Te dije que estaría aquí —oyó susurrar a su hermano. Levantó aún más la barbilla, negándose a llorar y fingiendo no oírlo.
Alguien carraspeó detrás de ella. Se giró hasta que sus pies aterrizaron limpiamente en el suelo. Al ver a Wolfe, frunció el ceño.
—¿Qué quieres? Espero que sea para anular nuestro compromiso.
Wolfe pareció incómodo mientras le tendía una flor. Ante sus palabras, un ceño fruncido surcó los lados de su boca. Con un tono nada convincente, dijo:
—Siento haberte mirado los pies.
Ginevra asintió y cogió la flor con mano temblorosa.
Ni siquiera su propio padre le había regalado una flor antes.
Odiando el rubor que amenazaba sus mejillas, miró el bonito detalle con su centro amarillento y sus bonitos pétalos rosas.
Suspirando con forzado desinterés, la arrojó por encima del hombro y se levantó.
Wolfe miró con disgusto su muestra de afecto rechazada.
Abrió la boca para hablar, pero ella lo ignoró girándose en la otra dirección.
Mientras se marchaba furiosa hacia la capilla, él la siguió.
La orden de su padre había sido clara. O se reconciliaba con la chica, o el nuevo palafrén le sería entregado como regalo.
—He dicho que lo sentía —dijo Wolfe mientras la seguía bajo el arco grisáceo. Corriendo, la alcanzó justo a tiempo para ser reprendido.
—¡Chissst! —siseó Ginevra con un gesto de la mano.
Estaban solos en la capilla. Levantó la vista hacia la estrecha ventana llena de gruesos vidrios de colores con la forma del blasón de su familia.
Un rayo de luz azul cayó sobre su pálido rostro infantil.
Susurrando por lo bajo, dijo—: ¡Estamos en una capilla!
Tienes que estar callado o Dios no te oirá.
—No quiero que Dios me oiga. Quiero que me oigas tú. —Wolfe suspiró con exasperación antes de acercarse a ella. Cogiéndola del brazo, tiró de ella suavemente. Ginevra miró su mano. Susurrándole al oído, dijo—: Vamos, entonces. Vayamos al patio.
—¿No te gustan las capillas? ¿O es que adoras al diablo?
—preguntó Ginevra con una sacudida de su cabellera rubio blanquecino.
Las trenzas le llegaban por la espalda hasta las caderas.
La complexión más alta de su prometido empequeñecía su esbelto cuerpo mientras ella lo miraba audazmente.
Su mirada esmeralda no mostraba miedo alguno.
—Vamos —refunfuñó él mientras la arrastraba de nuevo hacia la luz del sol.
Negando con la cabeza, frunció el ceño a la joven.
Cuando salieron de la solemne estancia, dijo—: No adoro al diablo.
Algún día iré a Tierra Santa a luchar contra el diablo.
Voy a reclamar Jerusalén de los paganos, igual que los primeros cruzados.
—No sabía que ya fueras caballero —declaró ella con un toque de asombro.
Rápidamente, su opinión sobre él cambió.
Todos habían crecido escuchando historias de las Santas Cruzadas.
Se susurraba que Ricardo, hijo del rey Enrique, iba a terminar algún día lo que los otros cruzados habían empezado—.
¿Me enseñarás a usar tu espada? ¿Puedo ser tu escudera y cabalgar contigo a Tierra Santa?
Me gustaría mucho luchar contra los demonios paganos.
—Todavía no soy caballero —respondió Wolfe, poniéndose a su altura—. Pero lo seré después de que venga el rey. Y entonces iremos todos: mis hermanos, yo ¡y hasta Robert!
—Robert no irá —replicó Ginevra con convicción.
No le gustaba la idea de que su hermano se fuera tan lejos.
Ya había estado fuera mucho tiempo en la casa del conde para entrenarse como caballero.
Aunque el conde le dejara volver a casa para el festín de invierno, no compensaba el resto del año—. No quiero que vaya.
Wolfe se rio entre dientes ante la seguridad de sus palabras, pero no dijo nada.
—Entonces, ¿me llevarás contigo allí?
—La guerra no es lugar para damas —respondió él.
—No soy ninguna dama. —Ginevra arrugó la nariz. Su tono lo desafiaba a contradecirla—. Soy tu escudera y deseo ir contigo.
—Está bien, escudera —dijo Wolfe amablemente—. ¿Qué habilidades tienes para demostrar que eres digna de un viaje tan arduo?
—Puedo correr más rápido que cualquier chico que hayas visto en tu vida.
Y puedo montar el caballo de mi padre a pelo.
Bueno, él cree que tiene que sujetarme las riendas, pero no hace falta.
¡Podría hacerlo yo sola! —Ginevra sonrió con orgullo.
Wolfe asintió con la cabeza en señal de aprobación, pero sus ojos brillaban de regocijo.
Bajando la voz, dijo con confianza—: ¡Y puedo espiar para ti!
Sería una espía muy buena. Una vez, hice una cuerda y me colgué fuera de mi ventana y vi a la cocinera besándose con un caballero que no era su marido.
Ahora, consigo todos los pasteles que quiero de la cocina y no puede decir ni mu para impedírmelo. ¡Ven, te lo enseñaré!
Agarrándolo de la mano, lo arrastró hacia una puerta estrecha.
Luego, deteniéndose, se asomó por la esquina.
Wolfe pudo oír el débil sonido de un murmullo mientras alguien se movía dentro.
Llevándose los dedos a los labios, le indicó que guardara silencio.
Wolfe observó divertido cómo ella se deslizaba por la esquina solo para regresar un segundo después con dos puñados de pasteles de manzana aún calientes y humeantes de la mesa de hornear. Dándole dos, sonrió triunfante.
—Muy ingeniosa —dijo Wolfe, impresionado. Dando un mordisco a una de sus golosinas mal habidas, sonrió satisfecho.
Ginevra lo condujo a un estrechamiento en el muro.
Invitándolo a sentarse a su lado, comieron en silencio.
Luego, lamiéndose los dedos al terminar los pasteles, suspiró y se tumbó en el suelo sin importarle si su vestido se manchaba con la tierra suelta.
Sus piernas cubiertas por los calzones asomaban por debajo de los voluminosos pliegues.
—¿Te acuerdas de cuando nuestros padres firmaron el acuerdo? —preguntó, curiosa. Se incorporó y se abrazó las rodillas contra el pecho—. ¿Qué hicieron?
—No gran cosa. —Los ojos de Wolfe se entrecerraron, concentrado.
Sabía que ella hablaba de su compromiso—.
Se sentaron a la mesa de nuestro salón principal durante mucho tiempo, decidiendo cuánto se darían, dónde viviría cada uno, cuál de nosotros, los hijos, sería adiestrado como caballero en Southaven y que Robert se entrenaría conmigo en Whetshire.
La verdad es que fue un acuerdo bastante aburrido.
—¿Y eso fue todo? —Frunció el ceño—. ¿Se limitaron a hablar y a decir: «De acuerdo, Wolfe se casará con Ginevra y sanseacabó»?
Wolfe se rio de su perfecta imitación de la voz de su padre. —Sí, básicamente fue eso. Después de hablar, firmaron los pergaminos y entonces...
—¿Qué? —preguntó Ginevra cuando él se detuvo, con una mirada perpleja hacia el suelo.
—Entonces me obligaron a besarte —declaró él con sequedad.
—¿Me besaste? —preguntó ella, asombrada. Nunca la habían besado, o al menos eso creía. Se tocó los labios con suavidad—. ¿Dónde?
—En la mejilla —respondió él. Su rostro se volvió inexpresivo—. Solo fue para sellar el acuerdo. Mi padre me obligó a besarte.
—¿Y lloré cuando lo hiciste? —insistió Ginevra—. ¿Intenté pegarte?