Caballero Esmeralda Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—No, me sonreíste y babeaste por toda la barbilla. —Se rio, recordando vagamente a la pequeña a la que le habían obligado a besar. Odiaba admitir que esa imagen le había venido a la mente a menudo a lo largo de los años—. Aunque se suponía que debía ser en los labios. Hice trampa.

—¿Y después?

—Después, me peleé con mis hermanos porque se burlaron de mí —rio Wolfe entre dientes—. Y gané, además.

—Bueno, al menos alguien pudo pelearse por ello.

—Sí —convino Wolfe. Ya podía ver que Ginevra no era como la mayoría de las chicas que había conocido. Su hermana nunca se sentaría en la tierra para hablar de peleas. Odiaba admitir que se alegraba de ello.

—Entonces, si no me besaste en los labios, ¿no tenemos que casarnos? —inquirió ella. A Wolfe le pareció detectar un atisbo de decepción en su voz—. ¿No querías besarme? ¿Era fea? ¿O te avergonzabas de mí por tus hermanos?

—Eras un bebé —dijo él, incómodo por su razonamiento. Cuando sus tristes ojos esmeralda se alzaron hacia él, una pequeña parte de sí mismo se perdió.

—Entonces, ¿no me entrenarás para ser tu escudero? —preguntó ella, abatida—. ¿Con quién te casarás entonces? ¿Con una dama que sepa coser?

—No, mentecata , tendré que casarme contigo —susurró él, sentándose a su lado. Poniéndole una mano en la barbilla, le giró la cara hacia él. Con gran seriedad, le explicó—: El deber exige que así sea. El deber y el honor son todo lo que somos en este mundo.

—Pero...

Wolfe se inclinó hacia delante y apretó sus labios contra los de ella rápidamente antes de apartarse. Con una sonrisa, dijo: —Hala, ya no tienes de qué preocuparte. Está sellado.

Ginevra ahogó un grito de sorpresa. Su rostro se iluminó con un placer vacilante antes de transformarse rápidamente en un ceño fruncido. —¿Por qué tenías que hacer eso?

Wolfe se rio de ella mientras se ponían en pie. Distraídamente, caminaron a lo largo del muro hasta que se acercaron a los tejedores. De repente, él se detuvo y la miró. —¿Por qué tiraste mi flor?

Ginevra lo miró sorprendida mientras sentía que se ablandaba hacia él. No le gustaba. Imaginando que sus labios aún estaban calientes por su rápido beso, los apretó. —No me gustan las flores.

—A todas las chicas les gustan las flores. —Wolfe se puso las manos en las caderas, desafiándola a contradecirle.

—¡A mí no! —espetó Ginevra, con los ojos chispeantes de desafío—. Y odio llevar vestidos y coser y cantar y bailar. Si no me llevas contigo a Tierra Santa, me haré acróbata y viajaré con los juglares.

—No puedes hacer eso —dijo él—. No si vas a casarte conmigo.

—Pues puede que no quiera casarme contigo —sonrió Ginevra al ver su cara de asombro.

—Todas las chicas quieren casarse —replicó él—. Tienes que hacerlo. El trato está sellado.

—Yo no. ¡Voy a ver mundo! —dijo ella con seguridad.

—Las damas no viajan —argumentó Wolfe, frustrado. De repente, una sonrisa de superioridad se extendió por sus facciones mientras declaraba—: ¡Se quedan en casa con los niños!

—Yo no voy a tener hijos —dijo Ginevra, horrorizada por la sola idea. Pisoteó el suelo con rabia.

—Tienes que tenerlos. Mi padre dice que todos los hombres tienen que tener herederos. —Wolfe sonrió de oreja a oreja cuando el rostro de ella se volvió tan pálido como su pelo—. Y yo quiero seis, por lo menos. Cinco niños y una niña.

—Pues dejaré que la nodriza los cuide. Cuando los traigas a casa, pueden irse con ella. Ni siquiera tendré que verlos.

—A los niños no se los trae a casa sin más, mentecata . Tienen que crecer en tu vientre.

Ginevra se miró el vientre plano, hurgándoselo antes de negar cansinamente con la cabeza. —¡Tú no vas a meterme un bebé en la barriga! No me comeré uno. Y no podrás obligarme. Y si lo intentas, te daré una buena tunda y haré que te lo comas tú. ¡Así engordarás tú y podré viajar sin ti!

Wolfe rio entre dientes, molestándola con su seguridad. —Creo que no te gustan las flores porque no eres una niña, sino un pequeño granuja.

—Bueno —balbuceó Ginevra con un bufido exasperado—. ¡A ti te pusieron el nombre de un chucho! Seguramente tus padres te encontraron en un bosque, criado por lobos, y les diste pena y te acogieron. Sí, y además te pareces a uno de ellos.

—¡Retira eso! —exigió Wolfe, abalanzándose sobre ella. Ella esquivó sus brazos con un hábil quiebro a la derecha antes de dirigirse hacia la pila de piedra que se usaba para teñir la tela.

—¡Retíralo tú, niño lobo! —gritó ella obstinadamente, sacándole la lengua. Su voz infantil resonó en la piedra, atrayendo la atención de algunos de los sirvientes—. ¡Niño lobo! ¡Niño lobo! ¡Apestoso chucho niño lobo!

Wolfe la rodeó, con una sonrisita en los labios mientras se agachaba y levantaba las manos en forma de garras amenazadoras. Ginevra gruñó ante el desafío silencioso. Bajó la cabeza como un toro a punto de embestir y gritó mientras corría hacia delante para embestirle en el estómago.

Wolfe gruñó, apartándose en el último momento antes del impacto.

Ginevra pasó de largo, tropezando con el borde de piedra y cayendo en el baño de tinte.

Su grito pasó de la furia a la sorpresa y a la indignación.

Aterrizó en el agua morada con un chapoteo tremendo.

Y, mientras su cabeza se sumergía en el tinte, oyó la carcajada de Wolfe reverberando desde arriba.

—¡Puede que yo sea un lobo, pero tú eres una uva!

Wolfe entró sigilosamente en el salón principal, pateando las piedras cubiertas de juncos.

Apesadumbrado, pensó en su nuevo caballo, ahora propiedad de Ginevra.

Levantó la vista hacia la mesa presidencial y tragó saliva con remordimiento, sabiendo que se iba a meter en un lío.

Su padre lo vio de inmediato. El conde le hizo un gesto para que se acercara a donde estaban los nobles de visita.

—¿Y bien, muchacho? —le preguntó con su voz ronca. Sus ojos castaños se entrecerraron inquisitivamente mientras estudiaba a su joven hijo. El rostro de Wolfe se volvió inexpresivo, un reflejo exacto del de su padre, mientras se movía, culpable, de un pie a otro—. ¿Has hecho las paces con la chica?

Wolfe miró por encima del hombro. De repente, se dio cuenta de que estaba solo. Con un suspiro de exasperación, se dio la vuelta y se dirigió a la entrada de la cocina. Metiendo la mano por la esquina, tiró del brazo de Ginevra para atraerla hacia delante. La niña se resistió.

—No, Wolfe —protestó, mirándolo con pena—. Mi madre se enfadará.

—Vamos —ordenó Wolfe mientras la arrastraba hacia el salón—. Deja que te vean.

Lady Jayne ahogó un grito y casi se desmayó al ver a su única hija. Se dejó caer en su silla. La condesa la abanicó aparatosamente y pidió hidromiel. El conde la miró con silencioso asombro y Lord Richard empezó a reírse entre dientes.

Ginevra se miró los pies descalzos. Estaban teñidos de un morado tan oscuro como el vino de su madre.

Era del mismo tono que la húmeda túnica, antes de color crema, que llevaba puesta.

Al levantar la cabeza ante la exclamación de su madre, dejó que su boca se curvara en una sonrisa culpable.

Sus dientes brillaban blancos bajo su piel de color uva.

Al verle la cara, hasta el conde ocultó una sonrisa divertida tras la mano.

Sabía que tenía mal aspecto. Su piel había adquirido un ligero tono morado y el rubio platino de sus mechones se había teñido de un brillante rosa purpúreo.

Sus ojos verdes contrastaban y brillaban espectacularmente bajo su piel teñida.

Frunciendo los labios, miró a Wolfe, que se limitó a encogerse de hombros.

—¡Oh! —exclamó la baronesa saliendo de su conmoción inicial. Miró impotente a su alrededor en la mesa—. ¡Oh!

Lady Isabella hizo un gesto a un sirviente cercano para que ordenara que llevaran un baño de agua hirviendo a la alcoba de la niña.

Poniéndose de pie, levantó a Lady Jayne con suave insistencia.

—Vamos, Jayne. Limpiémosla. Y estoy segura de que Helena tiene un vestido que puede prestarle para mañana por la noche.

—¡Pero, madre! —protestó Helena.

—¡Helena! —la silenció el conde con un severo gruñido. Frunció el ceño a su hija con desagrado.

La risa del barón no hizo más que aumentar, lo que le valió una mirada de labios apretados de su afligida esposa. Los labios de Lady Jayne se tensaron sobre la piel estirada de sus pómulos. Para hacerle justicia, la carcajada del noble se suavizó hasta convertirse en una risita.

—¡Pero el rey Henry estará aquí mañana! Y estarán todos sus caballeros y los... —la protesta de Lady Jayne se apagó. Se acercó a su hija. Su mano se movió como para tocar a Ginevra, pero la retiró con la misma rapidez—. ¿Qué vamos a hacer con ella?

—Me gusta —dijo Ginevra en voz baja, tocándose los mechones de colores. Compartió una pequeña sonrisa con Wolfe antes de ocultarla bajo una máscara de penitencia.

La baronesa negó con la cabeza mientras miraba al cielo.

Sus labios se movieron como si murmurara una oración.

Lady Isabella le hizo un gesto a Ginevra para que la siguiera, pero Ginevra nunca tuvo la oportunidad de caminar por su cuenta.

Su madre terminó su súplica con el gesto de una cruz sobre su corazón antes de volverse decididamente hacia su hija morada.

Lady Jayne se acercó a ella, con cuidado de mantener la distancia con el vestido empapado, y la sacó del salón tirándole de la punta de su pequeña oreja.

Wolfe parecía desolado mientras observaba el pelo rosa de Ginevra.

Estaba mojado y peinado hacia atrás para que se secara.

Su piel había recuperado su color normal, aunque un poco enrojecida por el agua caliente del baño en el que la habían obligado a estar en remojo durante una hora.

Volvía a llevar calzones y una túnica, mientras esperaba a que su madre terminara los arreglos del vestido de Helena.

Pateando la tierra, Wolfe le entregó las riendas de su palafrén. —Esto es para ti.