Buscarse problemas (Papis de Hollybrooke nº 2) 10
81%

10

El primer toque sobresaltó a Jordan. El dedo de Blake, rodeando su entrada, resbaladizo y provocador. Sin empujar. Solo... tocando. Conociéndolo.

—Sensible —murmuró Blake, observando su rostro con una intensidad que le daban ganas de esconderse—. Estás temblando.

Por supuesto que estaba temblando. Blake Whitmore tenía la mano entre sus piernas y lo miraba como si fuera algo que estudiar, memorizar, desarmar pieza a pieza. Nunca se había sentido tan expuesto en su vida.

—Lo sé —la voz de Jordan salió ronca—. Solo... hazlo. Necesito...

Blake presionó hacia dentro.

Solo la punta de un dedo, pero Jordan gimió como si le hubieran vaciado los pulmones de golpe.

La intrusión fue lenta, cuidadosa; Blake leía su cuerpo, le daba tiempo para adaptarse.

Su mano libre acarició el muslo de Jordan, calmante y posesiva a la vez.

El toque apaciguó algo en Jordan, lo hizo relajarse alrededor del dedo de Blake, soltarse conscientemente. Lo sintió hundirse más profundo.

Los ojos de Blake se oscurecieron mientras observaba el rostro de Jordan. Su mano libre se apoyó plana contra su estómago: lo anclaba, posesiva.

El dedo de Blake era grueso, más grueso que los suyos.

Jordan podía sentir cada centímetro mientras lo abría, lento y paciente.

Esas manos que habían diseñado edificios, que habían saludado a gente importante, que habían existido en un mundo que apenas podía imaginar...

ahora estaban dentro de él, tocándolo de la manera más íntima posible.

El pensamiento hizo que se apretara alrededor del dedo de Blake.

—Más —jadeó Jordan—. Puedo con más.

Blake añadió un segundo dedo, y la cabeza de Jordan cayó hacia atrás contra el reposabrazos, los ojos cerrados con fuerza.

El estiramiento ardía, pero de forma placentera; de una forma que lo anclaba, que le recordaba que esto era real.

Los dedos de Blake lo abrían con precisión paciente, girando y acariciando, y Jordan se sintió hundirse más profundo en ese espacio mental tranquilo donde no existía nada excepto la sensación.

Los dedos de Blake presionaron más hondo. Entonces el ángulo cambió, y el placer atravesó a Jordan con tanta fuerza que casi lo levantó del sofá.

—Oh, joder... —la maldición se le escapó, aguda y desesperada.

Su polla se sacudió contra su estómago, goteando sin parar, y su entrada se apretó alrededor de los dedos de Blake como si quisiera retenerlos allí para siempre—.

Joder, Blake... —las caderas de Jordan se sacudieron, persiguiendo la sensación—. Eso es... dios...

Un gemido escapó de la garganta de Blake, ronco, involuntario. Sus dedos siguieron moviéndose, implacables, presionando hondo y acariciando hasta que Jordan se retorcía contra los cojines—. Joder, estás tan apretado.

Todo el cuerpo de Jordan se tensó ante el sonido. Blake Whitmore, el Blake Whitmore sereno, controlado, el que siempre sabe qué decir, acababa de gemir como si Jordan lo estuviera destrozando. Como si el cuerpo de Jordan le estuviera haciendo algo que no podía soportar.

Eso era... mucho que procesar.

Jordan levantó la vista y encontró a Blake mirándolo con pupilas oscuras y dilatadas, la mandíbula tensa por la contención.

—¿Te gusta eso? —la voz de Blake se había vuelto más ronca, tanteando—. ¿Te gusta oír lo apretado que estás?

La cara de Jordan se encendió. No debería gustarle. Era crudo, primario, el tipo de guarradas que siempre le había dado vergüenza admitir que quería. Pero oírlo de Blake...

Asintió antes de poder evitarlo.

Algo cambió en la expresión de Blake. Reconocimiento, quizás. Comprensión.

—Tan jodidamente apretado —dijo Blake, deliberado ahora, observando el rostro de Jordan—. No puedo esperar a sentirte abierto alrededor de mi polla en lugar de mis dedos.

Oh, mierda. Jordan gimió. Realmente gimió, como algo salido de su colección de porno. Le ardía la cara pero le palpitaba la polla, y los ojos de Blake se habían afilado con interés.

—Oh, eso te gusta de verdad —la sonrisa de Blake fue lenta, cómplice—. Te gusta que te diga lo que voy a hacerte.

Jordan no se fiaba de sí mismo para responder. Solo sostuvo la mirada de Blake, abierto en torno a sus dedos, dejando que Blake viera lo que quisiera ver. Dejando que Blake lo descifrara.

—Voy a follarte —dijo Blake, la voz volviéndose grave y deliberada—. Voy a abrirte con mi polla. Llenarte hasta que no puedas pensar en nada excepto en lo lleno que estás. —Sus dedos presionaron hondo, y Jordan gritó—. Y vas a portarte bien para mí, ¿verdad? Vas a dármelo todo.

Bien. La palabra encendió algo dentro de Jordan. Sí. Sí, quería portarse bien. Quería aceptar lo que Blake le diera, quería dejar de pensar y solo sentir.

—Tú —Jordan agarró la muñeca de Blake, deteniendo su mano—. Te necesito dentro de mí. Ahora.

Blake sacó los dedos, y Jordan siseó ante el vacío repentino.

La pérdida de contacto fue desconcertante; se sentía hueco, dolorido, abierto de una manera que debería haberle dado vergüenza.

Hacía unos días había sido una persona normal con límites normales y ahora aquí estaba, lamentando de verdad la ausencia de los dedos de Blake dentro de él. Su vida había dado un vuelco.

Pero entonces escuchó el sonido húmedo de Blake lubricándose, y todo su cuerpo se tensó de anticipación.

Blake se colocó entre los muslos de Jordan. La cabeza roma de su polla presionó contra su entrada, gruesa y caliente y mucho más grande que sus dedos.

La respiración de Jordan se entrecortó. Se le habían cerrado los ojos sin darse cuenta, pero se obligó a abrirlos, necesitando ver.

Blake estaba apoyado sobre él, cada músculo de sus brazos y hombros tenso por la contención.

La luz del fuego iluminaba los planos de su rostro: la mandíbula fuerte, las canas en las sienes, la intensidad en sus ojos.

Parecía algo salido de sus fantasías, como cada vídeo que había visto a solas en la oscuridad.

Excepto que esto era real. Esto era Blake, mirándolo como si fuera lo único en el mundo que importaba.

—Quiero verte la cara —murmuró Blake—. Cuando entre en ti.

Jordan asintió, sin fiarse de su voz. Sostuvo la mirada de Blake mientras este presionaba hacia delante.

El primer centímetro arrancó un jadeo de la garganta de Jordan. Blake era grande, y el estiramiento era intenso, rozando el límite de lo soportable. Las manos de Jordan volaron a los brazos de Blake, aferrándose con fuerza, y Blake se detuvo.

Blake apretó la mandíbula, cada músculo de su cuerpo en tensión por el esfuerzo de mantenerse quieto.

Jordan se obligó a inhalar. Exhalar. Mantuvo los ojos fijos en el rostro de Blake, observando cómo Blake lo observaba a él: absorbiendo cada microexpresión, cada aleteo de las pestañas de Jordan, cada vez que su respiración se entrecortaba.

Nadie lo había mirado así durante el sexo.

Como si el placer de Jordan fuera tan importante como el suyo propio.

Como si Blake quisiera verlo todo, memorizarlo.

Blake se hundió más profundo.

Jordan sintió cada centímetro. Notó cómo se estiraba alrededor de la polla de Blake, cómo se abría para recibirlo, cómo lo llenaba de una manera que no dejaba espacio para nada más.

Sin culpa, sin miedo, sin pensamientos ansiosos: solo Blake, entrando en él lento e implacable, con los ojos aún clavados en los suyos.

Esto era lo que había querido. Lo que siempre había querido, sin permitirse nombrarlo. Ser tomado. Ser llenado. Pertenecer a alguien que quisiera quedárselo—

Blake llegó hasta el fondo. Sus caderas se apretaron contra el culo de Jordan, y Jordan pudo sentirlo en todas partes: grueso y palpitante y tan profundo que parecía que Blake había recolocado algo dentro de él. Jordan estaba lleno. Completa, abrumadoramente lleno.

—Joder.

La frente de Blake cayó sobre el hombro de Jordan. Todo su cuerpo temblaba por el esfuerzo de mantenerse quieto.

—Te sientes... dios, Jordan. Te sientes increíble.

Jordan no podía hablar. Respiraba en jadeos cortos y superficiales. Blake estaba dentro de él. Dentro de él. Después de años de fantasear, Blake estaba realmente dentro de él, y era mejor que cualquier fantasía que Jordan hubiera tenido.

Porque Blake era real. Blake estaba aquí. Blake lo miraba como si Jordan fuera algo precioso, algo deseado.

Y Jordan quería llamarlo de otra forma. La palabra estaba justo ahí, pesada en su lengua, vergonzosa. Tuvo que apretar la mandíbula para que no se le escapara.

Todavía no. Nunca. Se mordió el labio con fuerza suficiente para saborear el cobre y enterró el pensamiento.

Blake levantó la cabeza. Le sostuvo la mirada. Y entonces—lenta, deliberadamente—se retiró y embistió.

El gemido que escapó de Jordan fue obsceno.

Blake lo hizo de nuevo, más fuerte esta vez, y las piernas de Jordan le rodearon las caderas por instinto, atrayéndolo más adentro.

El nuevo ángulo fue devastador: la polla de Blake rozando algo dentro de él que hizo que le estallaran chispas en la visión.

—Eso es.

La voz de Blake era baja, ronca.

—Tómalo.

Estableció un ritmo: lento al principio, luego más intenso.

Cada embestida le vaciaba los pulmones a Jordan, lo llenaba tan completamente que no podía pensar.

El chasquido de piel contra piel. La respiración entrecortada de Blake.

Los propios sonidos de Jordan, que le salían con cada embestida: gruñidos y gemidos que no habría podido contener aunque lo hubiera intentado.

Blake cambió de posición, apoyó una mano junto a la cabeza de Jordan y empezó a follarlo en serio. Embestidas profundas y constantes que Jordan sintió hasta en los dientes. Su polla estaba atrapada entre sus cuerpos, resbaladiza de líquido preseminal, frotándose con cada embestida.

—Dios, qué bien estás.

La mandíbula de Blake estaba tensa, su ritmo implacable.

—Tan jodidamente bien, Jordan.