9
Jordan no sabía cuánto tiempo llevaba allí sentado.
La cabaña estaba a oscuras salvo por el fuego moribundo, las brasas que brillaban anaranjadas en la rejilla.
Se había acurrucado en una esquina del sofá, con las rodillas contra el pecho, los vaqueros todavía húmedos que iban calando poco a poco la tapicería.
Debería cambiarse. Debería ducharse. Debería hacer literalmente cualquier cosa menos quedarse ahí sentado arruinando un mueble caro mientras la voz de Alex le resonaba en la cabeza.
Te quiero, tío.
Se le revolvió el estómago otra vez.
El camino de vuelta desde el spa había sido una nebulosa: dando tumbos por la nieve con la ropa húmeda, como alguien al borde de un colapso.
Muy cinematográfico. Muy estúpido. Si cogía una neumonía y se moría, al menos Alex nunca tendría que descubrir lo que su mejor amigo había estado haciendo con su padre.
El lado positivo.
El fuego crepitó y se fue apagando. Jordan observó cómo palpitaban las brasas e intentó no pensar en nada. Se le daba fatal. Su cerebro nunca se había enterado de que debía callarse cuando callarse habría sido lo más útil.
La puerta de la cabaña se abrió.
Jordan no se giró. Oyó los pasos de Blake, oyó cerrarse la puerta, oyó el golpe sordo de una bolsa al posarse en el suelo.
—Jordan —dijo Blake en voz baja—. Hablemos.
—No creo que haya mucho de qué hablar.
Las palabras le salieron apagadas. Jordan siguió con la mirada fija en el fuego.
Blake cruzó la habitación y se sentó en la mesa de centro, justo enfrente de Jordan. Lo bastante cerca para que sus rodillas casi se rozaran. Lo bastante cerca para que Jordan pudiera oler el cloro, el aire frío y algo más debajo que era simplemente Blake.
—Está claro que hay algo de qué hablar —dijo Blake—, teniendo en cuenta que saliste huyendo de un jacuzzi y volviste andando hasta aquí con los vaqueros empapados.
A Jordan se le escapó algo parecido a una risa áspera.
—Dicho así, parezco un loco.
—Pareces alguien que lo está pasando mal —la voz de Blake era firme, sin rastro de juicio—. Lo cual es comprensible.
—¿Porque me estoy tirando al padre de mi mejor amigo?
Las palabras quedaron flotando en el aire. Jordan por fin miró a Blake, preparándose para una actitud defensiva, enfado, esa distancia cautelosa que la gente adoptaba cuando la habías cagado.
Pero Blake se limitó a sostenerle la mirada.
—Porque te estás tirando al padre de tu mejor amigo. Sí. Yo diría que cuenta.
Algo en lo parejo de su tono hizo que Jordan quisiera reír y llorar a la vez. Ahí estaba Blake Whitmore, sentado en una mesa de centro en una cabaña a oscuras, reconociendo con toda calma que sí, lo que estaban haciendo era monumentalmente complicado, y que no, no iba a fingir lo contrario.
La mayoría de la gente ya habría ofrecido consuelo a esas alturas. Habría dicho algo como «no pasa nada» o «no te preocupes» o «no estamos haciendo nada malo». Palabras vacías para quitarle hierro al asunto.
Blake no estaba suavizando nada. Simplemente estaba ahí, esperando a que Jordan dijera lo que necesitara decir.
—Llamó para ver cómo estaba —la voz de Jordan sonó áspera—. Porque le preocupaba que pudiera sentirme solo. Y yo estaba...
Hizo un gesto vago, incapaz de terminar.
—Lo sé.
Dos palabras. Sin excusas, sin intentar minimizar.
—¿Cómo puede estar bien esto? —Jordan notaba cómo se le quebraba la voz—. ¿Cómo puede estar bien nada de esto?
Blake soltó un suspiro y se le hundieron los hombros. A la tenue luz del fuego, parecía cansado. Como un hombre que llevara mucho tiempo cargando con algo pesado y acabara de echarse otro peso encima.
—No sé si lo está —dijo Blake en voz baja—. No voy a decirte que todo está bien cuando está claro que tú no lo estás.
Jordan no se esperaba eso. Había esperado el consuelo fácil, la mentira piadosa. No que Blake se quedara ahí sentado y admitiera que sí, aquello era un desastre, y que no, no tenía una respuesta sencilla.
Fue la honestidad lo que lo desarmó.
—Te deseo —dijo Jordan, y lo descarnado de sus propias palabras lo sorprendió incluso a él—. Te he deseado durante años, y ahora te tengo, y debería sentirse bien, pero solo se siente...
—Complicado.
—Sí —Jordan se dejó caer contra el respaldo del sofá—. Es una forma de decirlo.
Blake alargó la mano y cogió la de Jordan.
Sus dedos estaban cálidos. Firmes. Jordan bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas: la palma ancha de Blake, los callos de años de dibujo técnico, el reloj plateado en su muñeca. Una cosa tan pequeña. Una cosa tan estúpidamente pequeña como para hacerle sentir que podía volver a respirar.
—Esto es lo que sé —dijo Blake mientras le acariciaba los nudillos con el pulgar—. Vamos a decírselo a Alex. No esta noche, no por teléfono. Pero pronto. Juntos. Y ya lidiaremos con lo que venga.
—¿Y si me odia?
—No lo hará.
—No puedes saberlo.
—Conozco a mi hijo —la voz de Blake era firme—. Alex te quiere. Puede que se enfade. Puede que necesite espacio. Pero no te odiará.
Jordan lo miró fijamente. A aquel hombre que se ofrecía a estar a su lado cuando llegaran las consecuencias. Que no huía, que no se andaba con rodeos, que no trataba a Jordan como un problema del que ocuparse.
—No sé lo que estoy haciendo —admitió Jordan—. No sé cómo hacer esto. Nada de esto.
—Yo tampoco —los labios de Blake se curvaron levemente—. Pero prefiero ir descubriéndolo contigo que volver a fingir que no te deseo.
Jordan lo miró. Lo miró de verdad. La luz del fuego arrancaba destellos a las canas de sus sienes, iluminaba las arrugas alrededor de sus ojos, la certeza inquebrantable de su expresión.
Aquel hombre acababa de decirle que lo había deseado durante años.
Había prometido estar a su lado pasara lo que pasara.
Estaba sentado en una mesa de centro en una cabaña a oscuras, esperando a que Jordan decidiera qué pasaba ahora.
Jordan estaba tan cansado de andarse con cuidado.
Besó a Blake.
No fue elegante —más desesperación que destreza—, Jordan se lanzó hacia delante y capturó la boca de Blake como si la necesitara para sobrevivir. Blake emitió un sonido grave contra sus labios, le agarró los brazos con ambas manos y entonces le devolvió el beso, profundo y seguro y real.
Blake pasó de la mesa de centro al sofá en un movimiento fluido y arrastró a Jordan con él.
Jordan acabó en su regazo, a horcajadas sobre los muslos de Blake, con las manos aferradas a su camisa.
El beso se profundizó, la lengua de Blake se deslizó contra la suya, y Jordan se olvidó de todo salvo de aquello.
El calor de la boca de Blake. El agarre de sus manos. La calidez sólida de su cuerpo.
Cuando por fin se separaron, Jordan respiraba con dificultad. Blake también.
—¿Sí? —La voz de Blake sonó ronca.
—Sí.
Las manos de Jordan seguían aferradas a la camisa de Blake.
—Vale.
Algo cambió en la expresión de Blake: calor, hambre y algo posesivo que le revolvió el estómago a Jordan. Las manos de Blake se deslizaron bajo su camisa, las palmas cálidas contra su piel fría, y Jordan se estremeció.
—Estás helado —murmuró Blake.
—Malas decisiones vitales.
Blake le quitó la camisa y de inmediato lo atrajo de vuelta, pecho contra pecho. El calor del cuerpo de Blake lo sacudió, y Jordan se apretó más, ávido. Las manos de Blake le recorrieron la espalda para calentarlo mientras su boca encontraba el cuello de Jordan.
Jordan echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar. Los labios de Blake en su garganta. Las manos de Blake recorriendo su piel. El vaivén lento de las caderas de Blake bajo él, la dureza de su polla presionando contra el culo de Jordan.
Jordan quería eso. Llevaba días pensando en ello —más tiempo, si era sincero consigo mismo—. Había tenido la mano en la polla de Blake, la boca…
Jordan había querido más, pero no había sabido cómo pedirlo.
La cuestión era que ya lo había intentado antes.
Un par de novios, algunos rollos de una noche.
Nunca había funcionado. Siempre se liaban con demasiado lubricante o muy poco, dedos en ángulos incómodos, y Jordan se quedaba ahí tumbado con la sensación de que ambos estaban imitando mal una peli porno.
Siempre acababa poniendo excusas, terminaban con manos o bocas y nunca volvían a hablar del tema.
Había empezado a pensar que quizás él no estaba hecho para eso. Que quizás algunos tíos no lo estaban.
Pero con la polla de Blake dura contra él, con esas manos seguras y firmes en su piel, Jordan sabía que esta vez sería diferente. Algo en la forma en que Blake lo tocaba: sin prisa, seguro de sí mismo, como si supiera exactamente lo que hacía y tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo bien.
Jordan quería descubrir qué se sentía cuando estaba bien.
—Blake.
La voz le salió más ronca de lo que esperaba.
—Quiero…
Las manos de Blake estaban cálidas en sus caderas.
—¿Qué quieres?
Joder, ¿por qué era tan difícil decirlo en voz alta? Jordan lo había imaginado mil veces, se había corrido pensando en ello. Pero decírselo a Blake a la cara era como tirarse por un precipicio.
—Te quiero dentro de mí.
Los dedos de Blake se le clavaron en las caderas, y cuando Jordan se echó hacia atrás para mirarlo, los ojos de Blake se habían oscurecido, la mandíbula tensa. Algo voraz cruzó su rostro: la contención que solía mostrar se resquebrajó y dejó ver lo que había debajo.
Jordan había provocado eso. Había conseguido que Blake lo mirara así.
—¿Sí? —La voz de Blake había bajado, se había vuelto ronca y grave—. ¿Quieres eso?
Jordan asintió con la boca seca.
El agarre de Blake se tensó.
—Entonces ven aquí.
Lo tumbó de un movimiento fluido —Jordan boca arriba en el sofá, Blake colocándose sobre él— y a Jordan se le cortó la respiración ante el cambio repentino.
Un segundo antes tenía el control, a horcajadas sobre el regazo de Blake, y ahora estaba inmovilizado debajo de él, con el peso de Blake presionándolo contra los cojines.
Esto era lo que había odiado con los otros tíos. La vulnerabilidad. Estar boca arriba, abierto, dejar que alguien entrara en él. Siempre se había sentido demasiado expuesto, demasiado.
Pero Blake lo miraba como si Jordan fuera algo precioso y obsceno a la vez, y Jordan no quería esconderse. No quería poner excusas y cambiar a algo más seguro. Quería quedarse justo ahí, inmovilizado bajo el peso de Blake, y descubrir qué pasaba después.
Blake lo besó —profundo, posesivo— y luego su boca bajó. Por la garganta de Jordan, por la clavícula, los dientes raspando piel sensible. Las manos de Jordan encontraron el pelo de Blake y se aferraron.
La boca de Blake encontró su pezón, la lengua acariciándolo, y Jordan jadeó.
Blake emitió un sonido de satisfacción contra su piel y lo hizo de nuevo.
Las caderas de Jordan se sacudieron involuntariamente en busca de fricción, pero las manos de Blake lo empujaron de vuelta contra los cojines.
Firme. Deliberado. Sujetándolo exactamente donde Blake lo quería.
Jordan se obligó a quedarse quieto. Cada nervio de su cuerpo estaba en llamas, desesperado por más, pero algo en el peso de las manos de Blake le hacía querer estarse quieto. Le hacía querer portarse bien.
Joder, ¿cuándo había pasado eso? ¿Cuándo se había convertido en alguien que quería portarse bien para otra persona?
Blake le raspó el pezón con los dientes y luego lo alivió con la lengua.
Jordan gimió —gimió de verdad, un sonido que no había hecho en su vida— y notó que se le encendía la cara.
El agarre de Blake se aflojó ligeramente, el pulgar trazando círculos de aprobación en su cadera.
El elogio no necesitaba palabras, pero Jordan lo sintió igual, una calidez que se extendía por su pecho.
Las manos de Blake le abrieron el cinturón, le bajaron los vaqueros y la ropa interior en un solo movimiento. Jordan levantó las caderas para ayudar y, de pronto, estaba desnudo.
El desequilibrio de poder debería haberle resultado extraño. En cambio, le parecía correcto. Blake con el control, Jordan tendido debajo de él, esperando a ver qué haría a continuación.
Blake se echó hacia atrás y lo miró. Solo eso: mirarlo, la mirada recorriendo el cuerpo de Jordan con un hambre evidente, demorándose en su polla erecta, en sus muslos abiertos. Jordan luchó contra el impulso de taparse. Dejó que Blake mirara. Dejó que lo viera.
—Blake…
La voz de Jordan se quebró.
—Por favor.
Blake metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un botecito de lubricante. El clic de la tapa le revolvió el estómago a Jordan. El sonido húmedo de Blake lubricándose los dedos hizo que se tensara, que todo su cuerpo se pusiera rígido por los nervios.
Pero Blake no fue a por él. Todavía no. En cambio, se inclinó y besó a Jordan de nuevo, lento, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Con la mano limpia le acunó la nuca para profundizar el beso, y Jordan sintió que se derretía.
La boca de Blake era cálida y segura, su peso sólido y reconfortante, y Jordan dejó de pensar en lo que vendría después. Dejó de prepararse para la incomodidad. Le devolvió el beso, permitió que la lengua de Blake explorara su boca, que su cuerpo se abandonara suave y dócil bajo él.
Los dedos lubricados de Blake presionaron la parte interna del muslo de Jordan para abrirlo más. Jordan se dejó abrir, dejó que Blake lo colocara exactamente donde quería tenerlo.
Y entonces Blake deslizó la mano entre ellos.